El hijo de la tecnología

Supongo que, desde la perspectiva de los actos ocurridos milenio tras milenio, no pasa inadvertida una falsa sensación de coherencia. Casi como si hubiese un plan maestro tras todo este desconcierto. Como si el caos estuviese organizado. Casi como si hubiéramos seguido una senda a través del flujo del tiempo, actuando aquí y allí con el propósito de llegar al futuro del que tratamos de partir.

Por supuesto, nada más lejos de la realidad. No hay propósito. Las conexiones que cualquier mente puede deducir son falsas, y toda casualidad mera coincidencia. Tras una vida corta de vagar por el río, confieso que no había más senda que la que abríamos con nuestros saltos.

El hijo de la tecnología

Llevo apenas unas semanas aquí (ahora), y hoy en día todos se sorprenden de no ver un arma en casa, como si aquello fuese algo del pasado en lugar del futuro. Camino entre las casas de paja y adobe mientras escucho disparos lejanos. Saltar de un lado a otro iba a tener sus consecuencias pronto, y al tercer salto lo supe.

Alguien, en algún momento, se salta las reglas. Alguien usa otra máquina para cambiar algo. Quizá inspirada por la que yo tengo insertada en mi código genético. Y empieza a saltar loco, como la aguja de un marcapasos. A difundir tecnología y conocimiento. A cambiar el mundo a su voluntad.

Son las seis de la mañana en Ístanbul. Así es como le dicen las gentes de aquí a su hogar. El Sol ha empezado a alzarse por el este, y puedo observar cómo se refleja en el mar de Mármara. Me encuentro en el cabo de la ciudad donde dentro de quinientos años se levantará el templo de Santa Sofía. Ahora no es más que un conjunto de cabañas de pescadores, y me pregunto qué sabrán ellos del futuro, si es que saben algo. Si alguien les ha hablado de la guerra milenaria que estallará este siglo y se extenderá por su pueblo como la pólvora.

Si estalla…, medito.

Es la tercera vez que estoy en este pueblo en menos de siete semanas. Hace diez días viajé a dentro de quinientos años de ahora, a ver cómo empezaban la construcción de la basílica. Como estudiante, era algo que no podía perderme. Habían empezado el marco cuadrado sobre el que reposa la cúpula central. Piedras en la arena, nada más. Pero ya entonces se sabía que iba a ser imponente. Ese había sido mi primer salto. ¿Qué mal puede hacer un vistazo al pasado?

En aquél momento no percibí nada, aunque quizá lo hubiese en el ambiente. Absorto como estaba en la construcción de la futura mezquita, seguramente no presté atención al modo en que se comportaba la gente. Quizá un cambio en su modo de ver el mundo, una inflexión en el idioma. Algo que me dijese que, ya entonces, habían empezado los cambios de la historia. O quizá no hubiese nada, y los cambios empezaron más tarde. No estoy seguro, he empezado a ver fantasmas.

Luego viajé a hace doscientos, cuando ni siquiera los pescadores estaban aquí. Una planicie desierta en un cabo sin importancia. El budismo ni siquiera era un concepto, y la humanidad tan solo conocía las guerras de tribus. Fue cuando viajé al ahora en el que me encuentro en que lo descubrí, hace tres semanas.

Ametralladoras en las calles, trajes de guerra pertenecientes al siglo XX, rodeados por chabolas de barro. Sí, la guerra había empezado, pero no era la guerra que debería haber surgido aquí. La religión importa poco a estas gentes. Tras esto, fui consciente de que el presente del que surgí ya no existía. No si el pasado había cambiado tanto.

Hay armas en todos los hogares. Las almacenan, ajenos al hecho de que no estuvieron aquí la primera vez que este pasado ocurrió, ignorantes a lo que vendrá luego y al daño que estas generarán en un mundo ya muerto que no se conoce a sí mismo.

Porque no se conoce a sí mismo, o de lo contrario Bogel nunca habría nacido en él. Un mundo que se conoce a sí mismo no deja nacer señores que luego van a llenar el mundo de guerra. Y la guerra estaba a punto de empezar cinco meses después de que Bogel ya fuese todo un adulto.

Lo consiguió mucho más rápido que nadie en toda la historia de la humanidad, pero algo me dice que Bogel hizo trampas. Veo sus dibujos y carteles por las calles, encumbrándole como el nuevo señor del mundo, aquél hijo cuyo padre trajo la tecnología al mundo, y cuyo rostro permanece en el anonimato.

Gios tis technologías. El hijo de la tecnología, le llaman. Y yo no puedo evitar el parecido de sus ojos cuando me encuentro con sus carteles. Casi estoy tentado de dar un último salto hacia atrás para hacerle nacer. Casi.

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