El huevo del dragón

El huevo del dragón

El huevo se rasgó, y un trozo de cáscara cayó al suelo. El dragón se asomó a la abertura, para ver lo que había al otro lado.

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El dragón cabalgaba batiendo las alas sobre las rojas nubes de otoño una tarde de calor tardío, similar a las del verano pasado que tensaban sus alas y facilitaban que se elevase sobre estas. Rasgaba girones al entrar y salir de ellas, jugando con las bolsas de vapor que contenían, saliendo empapado de ellas para secarse al sol de media tarde.

El dragón, en su juego, subía unas decenas de metros, sobre las coloradas formas, y caía en picado entre ellas de nuevo. Disfrutaba de la rotura de las capas nubosas, desgarrando sus contornos al hundirse en ellas con las alas extendidas. Descendiendo a toda velocidad, las desplegaba en su caída al sentir el aire seco en su morro.

Las abría de golpe, con el ruido característico del aire golpeando sus membranas. En perpendicular a su caída, era capaz de mantener la posición unos segundos mientras caía despacio hacia las montañas. Luego, volvía a batirlas para elevarse hacia el cielo oculto tras las bolsas de humedad.

Un día, mientras jugaba a perseguir el jirón desgarrado de una nube, observó la llamada de un destello de luz desde la falda de una montaña cercana. Consiguió ignorarlo durante cinco caídas más hasta que, tentado por el centelleo, puso rumbo a la ladera, que alcanzó en el tiempo en que se tarda subir a una nube y caer dos veces.

Al acercarse volando, y dar vueltas alrededor del objeto, apenas sí consiguió ver nada más que el brillo del sol impactando contra su superficie. Fuese lo que fuese, yacía enterrado en el fango que solo puede provocar la bocanada de fuego de otro dragón. Y, surgiendo aquí y allá de este, restos de lo que fuese una aldea de aquellas criaturas que reptaban por el suelo y a quienes no se acercaba por miedo. Aquellos seres solo traían la muerte de los suyos.

No quedaba ni uno de ellos en lo que había sido su terreno. Solo un objeto brillante y esférico del que asomaba parte al sol de la tarde. Semienterrado, el dragón lo levantó con las patas delanteras tras posarse en la montaña. Lo giró en sus manos y estudió sus facetas. Nunca antes había visto algo similar. Completamente esférico, el huevo palpitaba con una frecuencia constante junto a su rostro.

Lo tomó entre sus zarpas, se impulsó para alcanzar el cielo, y surcó volando el trayecto que le separaba de su cueva. El dragón cuidó del huevo durante todo el invierno sin cuestionar la especie que nacería de su interior.

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El huevo se rasgó, y un trozo de cáscara cayó al suelo. El dragón se asomó a la abertura, para ver lo que había al otro lado.