El idioma en que ella hablaba

No comprendía el idioma en el que hablaba, pero se enamoró de su voz. De las entonaciones de las palabras, de la cadencia y ritmo de sus labios. Se la imaginó diciendo todo aquello que él no deseaba oír, sin que le importase. Se imaginó una vida junto a aquella voz modulada, pura y con acento, en el transcurso de la comida durante la cual la disfrutó.

El idioma en que ella hablaba

Aquella voz se expresaba del modo en que lo hace la gente convencida de lo que habla, entusiasmada con la idea de comunicarlo al mundo. Y vaya si lo hacía. Con fuerza, enérgica, acompañada en sus articulaciones vocales con ligeros golpes sobre la mesa que hacían tintinear una cucharilla de postre de un modo suave sobre el plato.

Y luego sobre la mesa, una vez depositada sobre esta, justo tras pasar por una taza de café. Ella había seguido hablando mientras lo agitaba con la cucharilla, marcando en su voz contenidos golpes de las alas de la cuchara en su giro por el interior de la taza. La voz no parecía hablar con nadie, aunque alguien debía haber al otro lado de la línea.

Él sintió envidia de la persona afortunada al otro lado, capaz de comprender a la joven. Debía contar con poco más de treinta años, por el tono, a los que la inteligencia tras las palabras parecían aportar un puñado más, sumado a un par por el modo en que modulaba la voz. Sin embargo, la drástica vitalidad volvía a colocar a la joven ligeramente pasada la treintena.

Cada pocos minutos, la voz paraba unos segundos, en los que expresiones universales de afirmación se cruzaban con nerviosos mordiscos a un bollo de pan crujiente. Él tenía uno igual, casi intacto, delante desde hacía tiempo. Pero le resultaba incapaz de masticarlo. Cuando lo hacía, la corteza crujiente y la miga dura entre sus dientes amortiguaban la voz de la muchacha, y chocaban con su deseo de seguir escuchándola.

Pronto, un terminante sonido impacta contra la mesa. El café ha terminado. Sus pasos se escuchan, acercándose durante cinco, alejándose durante el resto, hasta desaparecer en la cortina de ecos que forma la frontera que ahora da al sol sobre su piel.

Termina su bollo, recoge el bastón y camina hacia la voz, tanteando con este el terreno. En busca de sus pasos.

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