El invierno de cuatro primaveras

La primavera llevaba ya más de cuatro inviernos sin acudir, y muchos la habíamos desterrado de la memoria, como se destierra aquello que no se espera que vuelva. Como ocurrió durante un tiempo con el amanecer.

el invierno de cuatro primaveras

Es por ello que todos nos alegramos de que el hielo licuase en agua, brotando los ríos que también habían huído. Y que volviese el verde que retirase tanto rojo manchando la nieve.

El verde, obediente ante el clima que le tocaba, apartó la cortina de muerte que había sido el invierno de cuatro inviernos de duración. Y nos dejó un campo sembrado de pasado que muchos no conseguíamos comprender.

Aquí y allá, los cadáveres que habíamos olvidado nos esperaban para ser enterrados como si no hubiese transcurrido el tiempo que todos sabíamos que había pasado. Y que no volvería. Al menos, no para todos.

Tras cinco días de caminar, descubrimos los primeros cuerpos. Mi hijo, con sus recién estrenados dieciséis años que le dan mayoría de edad en este nuevo mundo, contempló por primera vez a su madre tras cuatro años de hielo sin descanso. Murió a menos de una semana de camino de nuestro lugar de descanso, y quedó atrapada en la nieve blanca que nos atacaba por aquél entonces desde hacía diez meses.

«Y los que nos quedaban» pensé para mí.

El invierno nuclear había durado casi cuatro años seguidos de hielo y ventisca. Nos obligaba a seguir avanzando hacia el sur día tras día, tras resultar obvio que no sobreviviríamos en nuestra ciudad. Ella ya estaba enferma cuando empezamos a andar, y durante los seis meses que siguieron en la carretera, su malestar se agravó hasta hacer imposible la marcha.

Día tras día, su rostro iba alcanzando el color de los copos que nos rodeaban durante todas las horas del día, fundiéndose con la nieve que trataba de aplastarnos y que, con ella, terminó por conseguirlo.

Recuerdo nuestro hogar, antes verde y rodeado de praderas, blanco y muerto en nuestra marcha. No estábamos ni remotamente preparados para lo que nos vino, y lo pagamos con su muerte.