El juego del dragón

Cayó en picado, con el viento rozando su cara y sus músculos, haciendo vibrar las alas de la destrucción. Lo notó acariciando sus cuernos y despidiéndose en la cola. Esta restallaba por la velocidad, pero el dragón no veía ni oía nada tras de sí. Solo el sonido del aire silbando en sus oídos y los futuros gritos de los aldeanos mientras caía.

Podría vivir con sus alaridos y pesadillas, alimentado del temor de sus corazones y del llanto de sus niños. Se imaginó a sí mismo sobrevolando el poblado y reduciéndolo a las cenizas de la desesperación, exhalando su fuego y abrazando con las llamas a todos los habitantes. Oler la carne quemada del ganado y dormir en un ovillo de pastos en llamas.

Cartel «El juego del dragón»

El pueblo era pequeño, de menos de mil habitantes, y se encontraba justo debajo de él, a apenas un par de aleteos de la destrucción. Abrió las alas y estas se hincharon de aire y de esperanzas en llamas. Sintió la presión del calor del sol emitido desde los tejados y se detuvo sobre el pueblo. Lo rodeó varias veces antes de atacar por vez primera.

Atacar ahora sería un desperdicio de emoción y de gritos. Girando sobre el pueblo durante unos minutos pudo escuchar cómo se extendía el pánico y el ajetreo, cómo el miedo corría por las calles y llegaba a las plazas, donde se multiplicaba de manera exponencial.  Oyó el campanario tañir y se dirigió hasta él, posándose en la torre y exhalando sobre la campana con fuego concentrado hasta que esta fue expulsada como una masa informe por el otro lado. Cayó al suelo de una plaza con una mezcla de sonido entre metálico y húmedo. El dragón esperó hasta que toda la campana hubo dejado de silbar al rojo vivo, y despegó.

Era hora de jugar. Buscó desde los cielos el conjunto de casas más densas que pudo, y dio varias pasadas sobre ellas, quemando sus tejados. Tras esto, batió las alas hacia el sur, hacia la muralla. Rodeó el pueblo en un par de minutos sin dejar de vomitar sus llamas sobre los campos y la roca que formaban los muros.

La villa pronto se convirtió en un anillo de humo con una pira en su centro, a la que él volvió. Encerrados durante un tiempo, los vecinos corrían por las calles, miraban arriba espantados y trataban de cubrirse en las calles. El dragón sonrió. Disponía de una vista absoluta de todo, y ellos no tenían a dónde ir.

Buscó los espacios abiertos, donde cazó a una decena de personas. Los alzó en el aire e hincó sus colmillos en sus blandos cuerpos, rozando sus huesos y partiéndolos en dos. Deformó sus caras con lametones ácidos y trasladó sus trozos para diseminarlos por la población. Aquí y allá llovían brazos, cabezas y órganos. No se los comería, ni los usaría para nada salvo aterrorizar.

Volvió a inhalar el aire que incendiaría, calcinando tejados, plazas y edificios al completo. Cada poco tiempo volvía a echar el vuelo, comprobando su muralla de fuego. Aquí y allá, los vecinos habían aprovechado su distracción para echar arena sobre las llamas y correr hacia el campo. Él los perseguía unos minutos, los descuartizaba y los colocaba junto a la muralla, allí por donde habían escapado.

Tras varias horas de juego, al anochecer, el fuego se apagó con al aire frio de la noche. Él eligió uno de los edificios, lo carbonizó hasta ablandarlo y se tumbó. Cerró los ojos para soñar sus muertes.