El laberinto de Yggdrasil. Día 6

Daniel se sujetaba la camisa empapada de su propia sangre sobre la cara. Aunque tiritaba de frío había pasado casi todo el viaje en helicóptero en el más absoluto silencio. No quería darle el gusto a aquellos tipos.

A su lado, la doctora Mina Sayed leía un libro forrado en papel de periódico, haciendo caso omiso a las turbulencias del viaje. Su pasividad demostraba lo acostumbrada que estaba a este tipo de situaciones. Mina había subido al helicóptero ayudada por un hombre uniformado, a diferencia de Daniel, que había sido empujado al espacio que ocuparía durante todo el trayecto. La doctora sí era del tipo de personas a las que una organización secreta solicitaba ayuda de manera recurrente. Alta, de más de metro ochenta, y muy robusta, Sayed habría hecho las delicias de cualquier combate cuerpo a cuerpo. Daniel podía imaginársela destripando a un tipo con sus manos. Vestía un uniforme militar blanco impoluto, calzado incluido. Daniel retiró los ojos de la hipnótica cicatriz hecha con ácido de la cara de su compañera para mirar por el ventanuco del helicóptero.

Yggdrasil

Además de la camisa ensangrentada, llevaba puestos unos calzoncillos sucios y una camiseta corta. Por suerte, dos soldados lo escoltaban, uno a cada lado, y le protegían frente al frío del helicóptero. Había preguntado a voces por una manta, pero los soldados solo habían sonreído y se habían señalado los oídos, aludiendo al ruido para no tener que ayudarle.

Era obvio que aquellos tipos no iban a colaborar. Se la habían jurado desde que hacía dos horas le emboscasen en su propio domicilio.

***

Unas horas antes, Daniel se levantó de mala gana con la resaca palpitando en su cabeza al ritmo del teléfono. ¿Habían vuelto a conectar la electricidad? Desde hacía cinco días su pequeña vivienda había permanecido a oscuras debido a los impagos, y Daniel lo estaba celebrando a base del alcohol que dilapidaba sus últimos ahorros.

Se levantó y descolgó el teléfono. La línea estaba muerta, tanto como la noche anterior. Tiró el auricular sobre la mesa sin molestarse en colgarlo y avanzó en busca del desayuno. Sospechaba que aún quedaría algo de alcohol en el minibar si es que Helena no se lo había llevado también.

Pasó junto al espacio en la cocina donde antes solía estar la nevera, contempló una cucaracha muerta en el rigor mortis característico de estas alimañas, y se dirigió sin recogerla al salón. El minibar también estaba muerto, como la cucaracha y el teléfono.

De nuevo, el mismo sonido punzante le destrozó la cabeza. El sonido que había confundido con el teléfono resultaba ser en realidad el timbre, quién lo habría pensado. Se asomó al pasillo y vio dos formas tras la puerta acristalada. Una voz ronca pronunció algo que no pudo comprender y llamó con los nudillos.

—¡No estoy, idos a tomar por culo!—gritó a la puerta mientras enfilaba de nuevo hacia la cocina en busca de algo de beber. Sin duda debía de haber algo de alcohol por ahí.

¡Bingo! Sobre la encimera, en horizontal, había una botella de whisky. La agarró, alegrándose de su peso, al mismo tiempo que la puerta de la entrada saltaba de sus goznes e impactaba contra el suelo.

Daniel salió dando tumbos al pasillo, en gallumbos y camisa, completamente descalzo y apestando a bebida barata. En el pasillo había un tipo alto, muy alto. De piel morena, casi del mismo color azulón del traje, aquél hombre del ejército imponía lo suficiente como para que cualquiera en la situación se hubiese limitado a quedarse callado.

—Usted es negro.—Daniel empezó una elocuente conversación.

Aquél hombre se quitó la gorra y la chaqueta, dándosela a dos soldados que desde la afectada perspectiva de Daniel habían aparecido de la nada. Avanzó hacia Daniel, le hizo una llave para inmovilizarlo y sujetó su brazo izquierdo sobre la espalda, haciendo imposible que se girase.

—¿El baño, por favor?—preguntó aquél hombre sin mostrar los síntomas de cansancio que ya afectaban a Daniel en el forcejeo.

El militar levantó el brazo de Daniel haciendo que el hombro crujiese. Volvió a preguntar lo mismo, y Daniel señaló una puerta junto a la cocina con el otro brazo mientras gritaba incoherencias.

—Muy bien, señor Djerald—dijo mientras arrastraba a Daniel hacia el baño—. Siga colaborando, por favor.

Aquél hombre lo metió de un empujó en la ducha plana y le retiró la camisa.

—Pero, ¿qué está haciendo?—Los ojos de Daniel se habían abierto de golpe, entrando en la realidad con un latigazo de adrenalina. Su sistema de alerta había lanzado alarmas por todo su cuerpo. ¡Aquél tipo quería desnudarle!

—Necesito que se despierte, señor Djerald. Por lo visto, le necesitan pensando.—Aquél hombre estiró una mano y arrancó de un tirón el cable de alimentación del termo eléctrico apoyado en la pared de azulejo.

Daniel se apartó ligeramente cuando el militar metió parte del cuerpo en la ducha, y trató de huir por el espacio que había dejado. Con un simple movimiento de hombro placó a Daniel, que cayó a plomo sobre el plato de ducha, sujetándose el pecho y luchando por respirar. El militar abrió al máximo el agua y arrancó el grifo de una patada, haciendo imposible que Daniel cortase el agua helada que le empapaba todo el cuerpo.

—¡Será hijo de pu…!

***

Sentado en la parte de atrás de un vehículo de comando, Daniel se sujetaba una camiseta vieja delante de la cara. Se encontraba totalmente consciente gracias al frio del agua y a algo que un enfermero le había administrado antes de subir al vehículo. Separó la camiseta se su cara y contempló que estaba empapada de sangre.

—¿Traen a todos sus expertos a la fuerza?—A Daniel solo le habían hablado para comentarle tres hechos. El primero, que el hombre alto y negro se llamaba Capitán Waylan Steam, que tenían que llevarle a un sitio porque era experto en algo y que había sido militarizado—. Por cierto, no podéis militarizarme a menos que estemos en guerra.

—Corrección: podemos militarizarle solo porque la seguridad nacional se vea comprometida. Y no, no suelo llevar a todos mis expertos sangrando, pero usted casi me lo ha pedido.—Hizo una pausa, sonrió y se encorvó hacia Daniel—. Señor Djerald, vamos a contrarreloj, tenemos que buscar a cinco personas más y tomar dos vuelos de casi quince horas de duración en total.

Daniel se sorprendió. ¿En qué era él un experto? ¿Qué puñetas habría a quince horas de distancia de California que ocupase al ejército norteamericano? Hizo una lista de preguntas, enumerándolas en función de sus preferencias y ordenándolas por prioridades. Finalmente preguntó:

—¿Y por qué no llevo pantalones?

—Teníamos prisa. Ya conseguirá unos pantalones en otro momento. De momento trate de relajarse, en unos minutos subiremos al primer transporte. Un helicóptero.—Sonrió ante un Daniel semidesnudo—.Le gustará. Le llevará a su primer destino.

El vehículo paró en el aeródromo y varios soldados empujaron a Daniel hacia el helicóptero. Allí, la doctora Mina Sayed ya estaba esperando impaciente.

—¿Qué destino?

—Esa es la mejor pregunta que ha hecho, señor Djerald. «¿Qué destino?»

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