El lado divertido

El que el hacha no estuviese diseñada para aquello no opuso resistencia a entrar en Juan atravesando la espalda.

La hoja, no demasiado afilada, arrastró la tela tanto de la chaqueta como de la camiseta que Juan tenía puestas, hundiéndolas en su contorno a medida que avanzaba cortando piel, revenando hueso y separando órganos.

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—Qué curioso…—Adam echó el cuerpo hacia delante y enfocó con la luz el torso descuartizado de Juan mientras hablaba con su aprendiz de forense—Mira, ¿ves? ¡Qué capullo! Curioso modo de comportarse los materiales. Esto no lo había visto antes.

Óscar, junto a él, trató de ver lo que le señalaba el forense jefe. Sin embargo, era incapaz de ver más allá de paños empapados de sangre y huesos molidos.

—¿Lo ves?—insistió Adam, quien recibió una negativa por respuesta—¿No ves nada raro? Mira, aquí. La tela de la chaqueta y la camiseta no se han rasgado. Este corte lo he hecho yo. La tela ha acompañado al hacha hasta el esternón, atravesando el cuerpo de este imbécil y sin romperse desde que el hacha entrase por la espalda. Es fascinante. Tengo que comprarme una chaqueta así, tío. Mira la marca, por favor, que tengo curiosidad.

—Vale—asintió obediente Óscar. Adam siguió hablando.

—Menudo idiota. ¿Qué crees que pasó? Yo digo que le tocó las pelotas a quien no debía. Porque, no sé, uno no consigue que alguien le clave un hacha en la espalda a otro así porque sí. Igual un puñetazo o un navajazo, vale. Pero, ¿un hacha? Yo creo que este tipo hizo algo, y que estaba todo premeditado. ¿Tú qué piensas?

—Pues que en la facultad nos han dicho que tenemos que no se puede frivolizar con estas cosas, la verdad…—terminó la frase en el aire ante la risotada de Adam.

—¡Madre mía! Qué pringao estás hecho. Las mejores deducciones sobre cómo ha muerto no las vas a encontrar pensando solo. Hay que exteriorizar lo que piensas, poner notas en común y, en ocasiones, vestir al muerto como si fuese Elvis para pasearlo por el hospital mientras vas pedo.—Adam le guiñó un ojo ante la mirada incrédula de Óscar.

—¿Has hecho eso? Nos advirtieron que no se hacían bromas con los cadáveres. Que era la primera norma.

—Ya, bueno, esto no es la facultad. Aquí el profe no va a regañarte. Si hay algún profe soy yo, o ese idiota de Robledo que dirige el hospital. Y de él podría contarte alguna que otra historia graciosa que incluye bailar con cadáveres en una plaza pública, así que imagínate.

Óscar rio.

—Bien, hombre, bien. Óscar, ¿no? Que estás muy serio. Tú no te preocupes, de estos puedes hablar—dijo señalando los congeladores—, que no te van a decir nada ni les vas a molestar. Anda, pásame las pinzas que voy a limpiar un poco esto. Y no estés tan serio, que me acojonas. Seguro que el tipo que clavó el hacha en la espalda de este idiota estaba así de serio.

—Es el amante—soltó Óscar.

—¿Mande?—preguntó Adam, descolocado.

—Sí, el tipo muerto es el amante. ¿Quién mata a alguien con un hacha de incendios de hace veinte años? El cuerpo se encontró en la calle, y en la calle no hay hachas de estas. Así que el que lo hizo tuvo que cogerla de otro sitio, y lo llevaría pensando un tiempo. Aunque fuesen horas.

Adam sonrió.

—Sí, señor. Una buena teoría. El amante…—Se quedó pensativo—. Pero no sé. Si yo me diese cuenta de que mi marido tiene un amante no iría por ahí con un hacha. Y si decido clavársela a alguien no creo que lo hiciese solo una vez. ¡Taca! Y salir corriendo…

—A lo mejor se equivocó. Lo confundió con otro, y al ver que no era él el amante, se fue por patas. Qué putada—dijo ruborizado al hacerle gracia su propia frivolidad.

—Pues no has dicho ninguna tontería. Solo un hachazo, limpio. El hacha se cayó incluso sola, así que no quedó atrapada. No ha habido robo, ni profanación del cadáver. Igual tienes razón en que pudo ser un accidente—Adam rompió a reír—. «Disculpe, policía, fue un accidente, yo quería matar a otro tipo y me equivoqué. ¿Puedo irme a casa?» Jajaja. Me has caído bien, Óscar. Cierro a este tipo, le meto en su camita de frio y te invito a algo. A veces hay que ver el lado divertido de estas cosas, o nos volvemos locos. Te lo digo yo. Y, si no, mira este imbécil con el tajo en la espalda.

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