El mensajero no es importante

—Supongo que no nos preocupamos demasiado en todos aquellos factores que acompañan a los envíos postales, ¿verdad?—El capitán Karl bebió cerveza, manchándose el ligero bigote que trataba de convertirle en un muchacho imberbe. No podía tener más de veinticinco años, pero llevaba la insignia que lo destacaba como capitán con honores. Siguió hablando—. Los sobres, especialmente aquellos que desatan guerras, contienen un envoltorio mucho más amplio del que parece poder observarse al situarlo junto al fuego. ¿Ve?

el mensajero no es importante

Colocó la carta delante del fuego que surgía de la chimenea del local de modo que este reveló el contorno de su contenido, aquél que liberaría a todo aquél país de la opresión de la guerra y traería la paz al país. El fuego, a escasos centímetros, parecía tratar por todos sus medios disponibles en lamer el sobre, que comenzaba a ennegrecer por el centro, y destruir la paz con el mismo color que el que lanzaban las bombas. El capitán lo apartó del fuego y lo colocó encima de la mesa, justo entre la cerveza y la mano que sostenía el puñal de un modo antinatural.

En general, los puñales se sostienen de modo que la empuñadura queda cubierta con la mano, y la hoja es visible con la punta hacia arriba. Pero este se encontraba cabeza abajo, mostrando el mango al completo, y hundía su hoja en la mano de Enma y en parte de la mesa. Ella aguantaba sin soltar ni una sola queja el puñal destrozando su piel. La sangre goteaba despacio y barría el sucio suelo de piedra.

—Como este sobre—continuó el capitán—. Este sobre llevaba alrededor mucho más. Llevaba, por ejemplo, un sello falso y una orden ministerial fraudulenta. Lo cierto es que, con estas características, ya empieza a llamarme la atención, señorita Smith. Sospecho que el apellido también es falso. ¿Qué me dice?—preguntó, asestando en cada una de las palabras un ligero golpe al puñal, suficiente como para hacer que Enma perdiese de manera involuntaria un par de lágrimas.

El general hizo una seña con la mano y volvió a beber cerveza. Un soldado se acercó, abrió la carta y extrajo el pequeño documento plegado de su interior. A lo largo de todo el documento, cientos de líneas y marcas se cruzaban y perdían una a otra, formando un laberinto imposible de descifrar sin el resto de las notas, enviadas por separado en convoyes similares.

—Vaya, también envuelve a esta carta un sobre de codificación y ocultismo. Además, claro, de toda la unidad que lo transportaba. ¿Desde cuándo hacen falta diez carteros para entregar una carta, señorita Smith? Es absurdo—rio en una ostentosa falsedad para pasar a gritarle—¿¡Qué pone en la carta!?

Los ojos del general Karl estaban hinchados en rojo y no pudo evitar que la saliva escapase de su boca furiosa. Agarró el puñal y comenzó a retorcerlo mientras Enma gritaba. De no ser porque tres soldados la sujetaban, hacía media hora que hubiese matado a aquel hombre que había matado a todos sus compañeros.

—Váyase a la mierda—consiguió decir, consiguiendo que la abofeteasen lo suficientemente fuerte como para que la tensión del cuchillo que la mantenía unida a la mesa se liberase. Ella perdió el conocimiento al percibir cómo el cuchillo, antes de liberarla de su prisión, rajaba su mano un poco más hasta dar con el hueso.

Despertó varias horas más tarde, y percibió en seguida en frío del invierno alemán que le calaba los huesos desnudos. No había nieve junto al árbol en el que la habían atado desnuda, pero su blanca presencia rodeaba todo el valle y ocultaba el camino que el sobre debía seguir. Notó la hinchazón de la mano mal ventada al otro lado del árbol junto al dolor de los hombros al forzarla en una postura antinatural. El lado derecho le dolía al respirar, y sospechó que se había partido una costilla, aunque no supo determinar cuándo exactamente.

El capitán Karl vio cómo se despertaba y acudió a ella, sonriendo. Sin decir nada, asintió, y Enma notó el agua helada cayendo sobre su cuerpo. Habían instalado una manguera que la regaba desde arriba con agua a cero grados. El agua continuó lloviendo sobre su cuerpo cuando los disparos empezaron.

Alguien disparaba contra los hombres del valle y manchaba la nieve con su sangre. Enma apenas podía ver por la cortina de pelo mojado que se le había formado sobre la cara, y casi no tenía fuerzas como para apartársela ladeando la cabeza. Perdió el conocimiento por el frío un par de veces, y despertó en el momento en que alguien liberaba sus manos tras el árbol y caía en los brazos de alguien. Alguien con una manta.

Sus ojos estaban abiertos cuando la trasladaron de nuevo a dentro, al calor de la estancia en la que había estado previamente. Varios hombres, casi indistinguibles a través de su barba sucia de varios días, la cubrieron con mantas y algo de heno y  corrieron a calentar algo de sopa. Uno de ellos la levantó la cabeza y preguntó.

—La carta, ¿la han conseguido? Escucha, ¿tienen la carta?

Ella asintió con la cabeza, y dijo el nombre del general. Un par de órdenes fueron intercambiadas y varias personas salieron de la estancia, abriendo la puerta el frío, para volver unos minutos después. Ella bebía algo de sopa con ayuda de un hombre que se la daba poco a poco.

Los que volvían de fuera movían un papel en las manos. Se acercaron al hombre que parecía mandar y preguntaron.

—Señor, ¿es esto lo que estábamos buscando? ¿Sabe ella lo que significa?

—Sí, en efecto es esto. Ya tenemos cinco—asintió, aplaudió y animó a sus hombres—, ¡muy bien, chicos! Pero no, ella no sabe nada. El secreto de estos envíos es que solo pueden traducirse, de manera teórica, en el destino, así que no se les dice nada a los mensajeros.

Se giró a la chica, le dio un par de palmadas en la espalda y observó su sonrisa antes de atravesarle la cabeza con un puñal.

—Recordad, chicos, las balas son limitadas.