El monstruo de los monstruos

El pequeño salió corriendo sin estar demasiado seguro sobre si había escuchado aquél ruido, o había sido su imaginación la que lo había producido. Había tenido pesadillas desde que su padre le había leído aquél cuento.

Trataba sobre un ser espantoso que se escondía bajo las camas y saltaba sobre su víctima en mitad de la noche. Algunas veces, incluso se metía dentro del armario o se quedaba esperando tras la puerta.

el monstruo de los monstruos

Según el libro, aquellas criaturas eran blandas, larguiruchas, y casi sin pelo en el cuerpo. De un aspecto tan desagradable, que nadie querría tener alguno cerca. Se deslizaban haciendo balancear sus cuerpos flácidos sobre dos minúsculos pies, y nunca hacían ruido por la noche mientras caminaban. Al menos, no hasta que se le comían a uno.

Aún con la almohada en la mano, se detuvo junto a la cocina, fuera de la vista de su madre. Por un lado, el estar ahora más cerca de ella le daba fuerzas como para no tener miedo. Pero no las suficientes como para volver solo a su cuarto oscuro, recorriendo todo el pasillo de vuelta. Mirándolo bien, se preguntó cómo era posible haber atravesado toda aquella oscuridad trotando.

Ahora, junto a la luz de las velas en la cocina, se sentía más tranquilo. Incluso empezó a darle apuro molestar a su madre, y se planteó si volver solo a su cuarto. Llevaba ya varias noches con las pesadillas y con el miedo a las criaturas de los libros, y su madre parecía cada vez más irritada por el tema. Incluso había reñido al padre por leerle aquellas historias.

—Solo son cuentos, tiene que aprender a distinguir entre la realidad y la ficción— había dicho la noche pasada el padre, sin otra línea de defensa que transmitir la culpa al pequeño.

Al final, terminó por entrar en la cocina y confesar ante su madre que sentía mucho miedo. Que le acompañase a su cuarto y mirase bajo la cama, en el armario y tras la puerta. Ella le riñó al principio, pero luego le cogió de la mano y ambos caminaron por el pasillo.

De vuelta a la habitación, la madre abrió el armario de par en par para mostrarle que no había nada de lo que tener miedo. Luego, movió la puerta para que el pequeño pudiese ver que solo había un perchero tras ella. Sin embargo, aquello no era prueba suficiente. Casi siempre la criatura se arrastraba bajo la cama en los cuentos, y seguro que había alguna dispuesta a que su madre saliese del cuarto para asustarle. ¡Podría haber diez o más solo entre los pliegues de las sábanas!

—No, no, mira debajo de la cama—dijo, escondiéndose tras su madre.

Ella se apoyó en el suelo, levantó la manta y profirió un grito que tumbó al pequeño. Cuando pudo ponerse en pie y recuperarse del susto, se encontró a su madre riendo junto a él, y sintió vergüenza de haber temido la oscuridad. Aun así, tuvo que preguntar.

—¿No hay ninguno?

—No, claro que no hay ninguno—respondió la madre alzándolo del suelo y dejándolo sobre la cama—. Tendré que decirle a tu padre que te lea otras cosas. No puede ser que siempre estemos igual todos los días.

—Entonces, ¿no existen los humanos?—preguntó el pequeño monstruo.

—Qué bobadas, claro que no. Solo es un cuento.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *