El mundo tras el virus

Me pregunto si los pájaros se habrán dado cuenta de que el mundo ha cambiado. Les observo bajar a la antigua fuente, llena ahora de agua de lluvia, y no da esa impresión. Los pájaros se comportan como lo hicieron en mi infancia. Se lanzan en picado desde los árboles, rozan el agua con varias gotas en su pico, y vuelven a ascender a la protección de las ramas.

cartel «el mundo tras el virus»

Me termino la fruta y lanzo el hueso a los arbustos que han abierto el asfalto. Ya no parece una calle, no desde esta perspectiva, y me imagino que menos aún desde arriba. A vista de pájaro, dará la impresión de que varios árboles y arbustos crecen sobre la arena negra.

Esta arena negra queda cada vez más cubierta por las raíces y por la capa de humus que se ha ido formando con los años. Solo aquellas partes que se han deslizado en vertical tienen aún el color oscuro del asfalto. Miro al poblado y veo a Kasir, que viene a pedirme que salgamos de caza ahora que ha amanecido.

—¿Cuánto vive un pájaro?—le pregunto, descolocando su pequeño mundo de madrugada.

Kasir tiene trece años. No recuerda Internet, la televisión, los coches. Ni siquiera recuerda la electricidad o la vida entre cuatro paredes. La pregunta parece destinada para alguien como él, criado en este nuevo mundo que se va haciendo cada vez más viejo y estable en mi memoria. Sin embargo, la pregunta carece de sentido para él.

—¿Para qué quieres saberlo?—pregunta, sin demasiada intriga en su voz. Más para pedirme silencio que para obtener una respuesta.

—Me preguntaba si los pájaros recordarían el mundo antiguo. La contaminación del aire, la escasez, los aviones masacrándolos en los aeropuertos…—Sonrío al ver su cara de estupefacción.

—¿Qué le pasa al aire?—pregunta con esa cara que poseen todos los niños de su generación. Estamos creando auténticos idiotas analfabetos.

Hace veinte años, trabajando como profesor adjunto en la universidad, me sorprendía la simpleza de la mente de los adolescentes que acudían forzados a mis clases. Sus padres y la sociedad los impulsaban a venir a ellas y a atender. Sospecho ahora que sin esos dos elementos la cultura será difícil, y no puedo creer que desee volver a aquella otra época de mi vida en la que deseaba acabar con todos mis alumnos de un plumazo. Por idiotas.

Sonrío a Kasir y accedo a ir con él de caza. Es el único momento del día en el que me siento realmente útil. Después de todo, sigo siendo un profesor, y las asignaturas de cálculo diferencial han dejado de ser relevantes frente a pesca, caza, costura o construcción de chozas con palos. Me pregunto cuántas generaciones de conocimiento se perderá la humanidad por el virus eléctrico.

Avanzamos desde las afueras de la ciudad para entrar en el terreno de caza, a unos cuantos kilómetros de nuestra actual posición en el ajado mapa de la ciudad. Un mapa casi inservible debido a los edificios derrumbados y los túneles que han acabado por ceder o por inundarse. La ciudad ha cambiado mucho desde que la recorriese en bicicleta cada día para ir a la universidad.

Ahora, casi todos los edificios poseen sus propias plantas trepadoras, y todo está inundado de verde. Muchos de ellos tienen aquellos jardines verticales tan demandados por la ciudadanía, pero ahora no crecen por la voluntad de los hombres, sino por su ausencia. Quién iba a decir que tendríamos la ciudad limpia y verde que deseábamos una vez nos hubiésemos ido.

Aquí y allá se escucha el murmullo del agua, que se ha abierto paso haciendo uso de nuestras alcantarillas y calles. Incluso hay algunos saltos de agua que atraviesan edificios y plazas. Creo que lo que más me gusta del presente es la tranquilidad, la quietud con la que se mueve el mundo ahora. Casi de la impresión de que va a durar.

Miro a mi alrededor y veo la naturaleza en todo su esplendor. En tan solo dieciocho años después de que los humanos cayéramos, la naturaleza se ha levantado exuberante. Yo formaba parte de una ONG dispuesta a luchar contra el cambio climático, y recuerdo que un científico colega mío decía que si detuviésemos las emisiones en el acto, el planeta tardaría cientos de años en recuperarse. Me alegro de que se equivocase al respirar el aire limpio y fresco de la mañana.

Vuelvo al presente y observo al muchacho. Kasir es un chico tranquilo. Quizá demasiado. Sofoca su nula interacción personal con una buena memoria para las actividades más básicas. Supongo que en el pasado habría sido un nini, un inadaptado social, una de esas personas que constituyen una carga para todos los demás. Hoy en día es un buen cazador, un peón leal. Quizá haya nacido para este mundo. Quizá el que sofoque con su intelecto sea yo.

Avanzamos por una calle de la que se ha perdido todo rastro del asfalto y cruzamos un riachuelo de tan solo unos palmos de anchura que se ha abierto paso entre la armadura de dos coches. Son estos los que más desentonan en la ciudad. El asfalto y el cemento casan con una naturaleza que los abraza, pero las enormes masas de metal que se encuentran aquí y allá tardarán tiempo en desaparecer. Metal, cristal y plástico. Especialmente este último, no se irán de aquí hasta dentro de cuatrocientos años de lluvias y vientos.

Giramos a la derecha y trepamos un par de metros por las cuerdas que nuestra gente colocó aquí y renueva cada poco tiempo. Junto a mosquetones de escalada y cordones de zapatos, se haya cuerda trenzada de varias plantas diferentes. Es una combinación entre el viejo mundo y el nuevo a la que me he acostumbrado. Una vez en el nivel superior, un antiguo parking, Kasir rompe el silencio con una pregunta que me sorprende esta vez a mi.

—Donald, ¿es verdad que antes se podía hablar con cualquier persona en cualquier parte?

Me detengo y le observo con atención. Nunca hubiese sospechado que este muchacho tuviese interés en nada más que no fuese obedecer las normas del poblado.

—Algo así. No es que pudieses ir y molestar al tipo que quisieses, pero había tecnología capaz de enlazar a más de una persona con el resto. Era algo así como cuando viajamos con la bandera blanca más allá de nuestro territorio y nos encontramos con alguien. Ese alguien sabe que no queremos atacarle, y si también saca algo blanco, nos acercamos.—Kasir asiente, y continúo.—Con esa tecnología, nos apuntábamos a diversos foros y páginas web. Imagínatelas como cajas llenas de nombres. Podías acceder a muchas cajas, y otras personas habían depositado allí sus nombres, de modo que si esa persona te daba permiso, tú podías hablar con ella. Todo, claro, a través de una pantalla. Nada se hacía sin una pantalla.

—¿Cómo la del cine?—volvió a preguntar. Hacía dos años habíamos descubierto un proyector manual de 1960 encerrado en la vitrina de un museo. No tenía sonido, y solo teníamos una película, pero a los muchachos aquello les había parecido una maravilla tecnológica. Lo llamábamos «cine», un insulto para las salas de proyección de mi época.

Asentí con la cabeza y me detuve. A cincuenta metros de nosotros, unos pocos ciervos pastaban en lo que hemos acabado por llamar zona de caza. Se trata de un antiguo parque que englobaba varios campos de fútbol de tierra, ahora pastos, en el que suelen comer varias manadas.

Ambos descolgamos nuestros arcos largos del hombro, dejamos las mochilas ocultas tras unos matorrales y avanzamos agachados entre la línea de coches hacia el prado donde ahora pasta nuestra futura cena. Lo oímos cuando estamos ya demasiado cerca. Varios disparos, sin duda hechos desde los edificios de alrededor, abaten dos piezas.

Cinco hombres salen corriendo de la base de uno de los edificios que dan al antiguo parque. A diferencia de nosotros, no se cubren con cualquier tipo de tela y ropas hechas a mano. Ellos llevan ropa que parece nueva, chalecos y rifles. Sus botas y modo de caminar indica que son militares. Miro a Kasir, que busca respuesta en mis ojos, y le indico que se mantenga agachado.

—Volvemos a la aldea, no sabemos quiénes son estos tipos—le digo en voz baja.

Tres personas nos cortan el paso. Una de ellas, la que parece mandar, lleva gafas de sol y sostiene una pistola negra entre las manos. No nos apunta, pero está desenfundada. Sonríe con una mueca y nos habla directamente a nosotros.

—Una aldea, qué bien. Hace mucho tiempo que no estoy en una aldea.

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