El nacimiento del alma

Es difícil encontrar paz en tu interior cuando, al poco de despertar, te insisten en que ya has fallecido. O que la persona de la que extrajeron el ADN que recorre tus venas murió con más edad de la que tú tendrás.

El nacimiento del alma

Toco la pared de cristal y sonrío a Veintisiete. Es la única capaz de animarme. Otra clon, fruto de una señora del siglo XXI que había traficado con arte robado durante casi toda su carrera. He visto las fotos de ella, y a diferencia de mí, envejecerá con elegancia.

—Buenos días.—Deja escapar con una sonrisa a través de sus labios muertos. Yo sonrío solo con la boca, mientras ella lo hace también con los ojos. Creo que es la única que lleva bien el modo lo que somos ahora.—¿Cómo estás hoy, Veintiséis?

Retiro la mano del cristal que separa nuestras habitaciones, y me acerco a las perforaciones que hicimos hace años sobre ellas. Varias veces los técnicos trataron de repararlas, y el mismo número de veces volvimos a abrirlas de nuevo.

—Muerto, ¿y tú?

Por algún motivo, la decadencia de mi pensamiento siempre hace que ella ría. Le parece divertido el modo que tengo de hundirme en mi propia miseria, y ha considerado como misión personal de su nueva vida el curarme de mi mal. Curiosamente, el que a ella le haga gracia elimina parte de la tristeza.

Empaña el cristal con un gesto de sus brazos y me habla mientras se cambia. Me lavo la cara mientras la escucho contarme el sueño que ha tenido. Sobre varios de los cuadros que robó después de que la muestra de ADN fuese extraída.

—Es imposible que recuerdes un cuadro que tu repositorio nunca llegó a ver. Se trata de un defecto en la extracción de memoria. Imaginación—digo, algo irritado. ¿Por qué solo ella, de todo el pabellón, tiene sueños?

—Quizá—responde—, pero si es un sueño inventado, ¿no te parece interesante? Lo he escrito a mitad de la noche, en mi cuaderno. Luego puedo leértelo.

—De modo que eso es lo que hacías con la luz encendida…—me asomé a los orificios, sabedor de que ya estaba completamente vestida, y la miré con una de las cejas entornada.

—Lo siento, ¿te he despertado de tus no-pesadillas?

Sin duda, sabía cómo conseguir irritarme. Y cómo conseguir que volviese a sonreír. Salí, enfadado de mi cuarto, recorrí el pasillo hasta el comedor y cogí la ración de mi expendedor. Aún airado, Veintisiete apareció bailando detrás de mí, se me colgó de la espalda con un abrazo con sus largas extremidades de ladrona y consiguió arrebatarme una sonrisa.

—Vale, vale. Te perdono y odio a partes iguales—digo observando sus ojos apagados sobre mi hombro derecho. Me hace pucheritos con la boca que rápido se transforman en una sonrisa.

Tenemos los mismos ojos. Los setenta jóvenes de las instalaciones miramos con el mismo gris apagado, aunque no vemos el mundo de la misma manera. Grises, apagados. Muertos. Una reacción en el proceso de clonado que habían conseguido revertir en los siguientes modelos, en el ala J de la estación. Nosotros tendríamos estos ojos vacíos hasta el momento de nuestra muerte degenerativa. Veintisiete sale disparada hacia su dispensador, trotando a las espaldas del resto de clones, con intención de sentarse junto a mí.

Levanto la mano para saludar a unos pocos. Tenemos la misma edad, y los mismos ojos. Aparte del hecho de que todos morimos en su día antes de nacer ahora, no compartimos nada más. Somos, como dice el director, como «un aula normal y corriente de alumnos de instituto». Con la diferencia de que estos alumnos no deberíamos existir.

A lo largo de la mañana estudiamos, entrenamos e investigamos junto con nuestros adultos asignados. A media tarde nos vuelven a liberar, aunque nunca tuvieron reparo en decirnos que nos vigilan. Vivimos dentro de un experimento centenario.

Veintisiete abre la esclusa de nuestro corredor y entra en mi cuarto corriendo. Me abraza por la espalda y pone su cara junto a la mía. Tiene la teoría de que esto me hace sentir vivo de nuevo. O por primera vez en esta existencia. Me fastidia admitir que tiene razón, aunque nunca se lo digo.

Se tumba en mi cama mientras yo permanezco en mi silla con el libro abierto, y empieza a hablar. Es la única persona a la que puedo considerar de confianza aquí dentro. Somos como hermanos de distintas madres, y aunque ella es dos meses mayor y emocionalmente más estable que yo, seguimos el rol en el que yo soy el mayor. Por el motivo que sea.

Retiro la vista del libro y la observo mientras habla. Todo lo que dice, lo dice con una sonrisa. Habla de su día a día, para mí exactamente igual que el anterior, como si se tratase de la mayor de las novedades.

—Gracias—interrumpo casi con un susurro.

Ella guarda silencio y me mira con incomprensión. Se parece a las fotografías que he visto de los animales cuadrúpedos. Esa forma boba de observar aquello que no entienden, con la cabeza ladeada.

—¿Por qué?—Pregunta, consciente de que es incapaz de desentrañar lo que ocurre en mi cabeza.

Me tumbo junto a mi hermana y la abrazo con fuerza. Es la única persona que me hace sentir vivo de verdad. Que me hace olvidar lo que soy y para lo que he sido construido. Es la única que ve un alma dentro de mí. Quizá incluso ella misma depositase una dentro de mi cuerpo, a lo largo de todos estos años. Cierro los ojos mientras ella me mira con sorpresa.

—¡Vale!—dice, desviando la importancia de este hecho, aceptándolo con naturalidad. Y continúa contando su anodino día del modo más maravilloso que podría contarse.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *