El nuevo futuro

De vez en cuando, alguno de ellos desaparecía tras un girón de humo de las chimeneas abiertas al cielo frío de la ciudad. A diferencia de lo que hacía el humo en otras circunstancias, este se desvanecía casi al salir de la propia tobera, en el mismo instante en que se congelaba en la atmósfera de invierno.

El nuevo futuro2

—¡Maia, para!—insistió Barín, un año mayor que ella, tratando de recortar a través de los tejados casi planos la distancia que los separaba.

Ambos, junto con el hermano de Barín, un pequeño de catorce años, corrían sobre la ciudad en dirección al puerto central. Por el territorio que para los hermanos aún permanecía en parte inexplorado. Ella se detuvo lo suficiente como para pronunciar sus dos nombres, apremiarles, y darse la vuelta para seguir corriendo, trepando muretes y haciendo equilibrios por tablones previamente colocados por ella misma.

Maia pasaba horas, casi todo el día, sobre la ciudad, y conocía cada teja del entramado que formaba el laberinto que ella misma había diseñado sobre las cabezas de la gente. Obtenía el material para salvar pequeñas distancias del taller propiedad de su padre, donde tablones gruesos y sólidos, de madera de teca incapaz de pudrirse, descansaban a la espera de que ella les diese mejor uso. Al menos, a su juicio. Era con ellos con los que había construido un camino sobre la ciudad. Cada cogollo de casas estaba, como poco, unido a otros dos más mediante los tablones del padre de Maia, una hazaña que había costado casi tres años a la joven.

Los tres mantenían un ojo en los tejados y otro más arriba, sobre la ciudad, más allá de la pausa del humo de las chimeneas, para ver cómo el Hortence atracaba en el dique inferior de la torre de Fidelia. El puerto central.

La torre era un recorte aún más negro sobre el cielo oscuro de la noche, cuyo contorno ayudaban a definir los miles de faroles que redefinían sus ángulos para el atraque, y los zepelines que ya estaban adosados a la vertical. Actualmente había cuatro descansando en los muelles, a más de sesenta metros sobre la ciudad. Maia se imaginó la carga y descarga de materiales, los pasajeros desembargando, las toberas de hidrógeno a presión llenando los tanques. Aquella torre era su vida, su fuente de emociones, todos sus sentimientos. La llegada de cada nave insuflaba vida a la pequeña.

Miró hacia arriba. El Hortence era un dirigible último modelo. Su cesta incluía una zona de carga y sus cinco motores a carbón permitían un control absoluto sobre el movimiento del vehículo. Con elegancia, se acercaba a la torre centímetro a centímetro. Aquél buque, más grandes que cualquier otro, era el futuro de la aviación. Desde abajo era imposible alcanzar a ver los garfios de la torre tendidos para pescar la cesta.

El Hortence estaba atracando cuando ellos aún estaban a varios tejados del puerto vertical. Allí, las naves atracaban posicionando la parte ancha del vehículo junto a la torre, amparados por dos muelles de atraque regulables que sostenían tanto la barcaza como el globo. Estos recogían la nave como si de una madre se tratasen, con los brazos abiertos a la espera de que llegase su bebé. Uno de quinientas toneladas de peso.

Se encontraban casi bajo la estructura cuando la barquilla del Hortence se abrió para dejar salir la grúa incorporada de la que disponía, y la carga comenzó a bajar hacia el módulo de carga, donde Maia se coló a través de una escalera en el techo. Toda su piel vibraba al son de las rotaciones del motor que bajaba el tirante de acero. Aquél, un mundo de polvo y humo, de cargas y descargas, era su universo privado. Su modo de diversión. Su único hobbie.

Los tres llegaron a nivel de suelo al tiempo en que el primero de los container era descargado y arrastrado por un cilindro hacia el fondo de la estancia. Ella dirigió a los hermanos a esconderse mientras vigilaba la carga. Cada vez que bajaba un contenedor, alguno de los dos preguntaba:

—¿Es ese?

—No, no lo es—contestaba Maia bajito—. Guardad silencio.

Tras esperar más de veinte minutos, vieron cómo la última caja era bajada con la grúa de la Hortence. Sobre la misma, cinco personas se encontraban de pie. Cuatro soldados con sus fusiles ocupaban las esquinas y se agarraban a los cables tensores de las esquinas. En el centro, una figura oscura, con traje, se cruzaba de brazos.

Al llegar al suelo, los soldados se bajaron descolgándose por los costados, y el hombre desarmado bajó de un salto, rodó y se incorporó con más elegancia de la que habían demostrado sus chicos. Maia sonrió. El hombre del traje habló con los capataces de la estación y dejó a los soldados custodiando el paquete. Luego, desapareció del campo de visión de los niños solo para aparecer más tarde.

Se movía unos metros a un lado, paraba, se quedaba pensando. Se movía otros metros, y repetía la operación, acercándose a los pequeños. Maia no pudo sino sonreír en silencio en la oscuridad. A los pocos segundos, con una voz calmada, el hombre de negro se cruzó de brazos y habló a la penumbra del hangar con voz tranquila, casi cansada.

—Maia, cariño, sabes que no me gusta que andes por aquí. Puedes hacerte daño. Anda, sal de ahí.

La joven salió de la oscuridad a abrazar a su padre, quien la animó a descubrir a sus dos amigos. Estos salieron tímidamente de la oscuridad, y el hombre del traje mandó a un par de obreros a llevarlos al comedor del complejo.

—He podido oler tu perfume desde que me bajaban de la Hortence, cariño.—Junto a las palabras, el hombre revolvió el pelo corto de la pequeña, que, fungiendo irritación,  volvió a peinarse con las manos antes de enseñar sus enormes ojos castaños a su padre.

—Papá, ¿qué hay en esa caja? Nunca había visto que se protegiese una caja. Se protege a las personas. ¿No?

—Así es más seguro—contestó—. Lo que hay dentro de ese contenedor cambiará para siempre nuestro comercio. En unas décadas, los zepelines serán tan solo un recuerdo del pasado. Pero es un secreto. Cuando seas mayor, esta torre no tendrá razón de ser. Quizá sea demolida mucho antes de lo que piensas—agregó el padre, solapando con su emoción la tristeza que invadió a Maia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *