El nuevo silencio

Me escondo y coloco los auriculares en mis oídos para encender el MP3 a continuación. Después, deja de importarme que vengan a por mí en mitad de la noche. El ruido se ha convertido en el mejor silencio para evitar escuchar, la sordera que necesito para evitar oír la realidad que se arrastra a mi alrededor. Y para dormir. Hasta hace unos días, me ha sido imposible dormir con tranquilidad.

el nuevo silencio

Antes de encontrar el dispositivo, cerraba los ojos y en mis oídos resonaba el crujir de las vértebras de aquél niño mientras me refugiaba tras el espejo, cómo gritaba el hombre al que vi morir escondido en un arbusto, el sonido de vísceras de aquella mujer mientras aquellas alimañas la descuartizaban delante de mis ojos. Puedes luchar contra las imágenes, que permanecen escondidas en algún rincón del cerebro, pero no contra los sonidos a flor de piel que te despiertan cada día. Había oído mucho en un mes, y todo volvía cada noche.

La música suena a todo volumen en mi cabeza, y solo espero ser el único que la oiga. Echo un último vistazo a la habitación con tintes de atardecer de Madrid y cierro el armario donde voy a dormir esta noche, mientras una lágrima limpia en parte el hollín que se acumula en mi rostro y que vería si aún quedase un espejo en pie en toda la ciudad.

Despierto sobresaltado y sin orientación, parcialmente sordo. En menos de un segundo recuerdo quién soy, qué hago ahí y por qué no puedo oír. Me quito los auriculares y me debato entre abrir las puertas o no hacerlo. No entra ninguna claridad. Presiono el reloj y este se ilumina, mostrándome que aún quedan tres horas para el amanecer. Suspiro, tratando de volver a encender la música, cuando oigo por primera vez el crujido cerca de mí.

Aunque se parece, no se trata del sonido que hacen cada vez más casas al hundirse en el suelo de Madrid cuando se desploman. Este ha sonado más cerca, el crujir de la madera me ha puesto los pelos de punta y me ha despertado del todo una inyección de adrenalina. Otra vez, en esta ocasión más cerca de mí. Al otro lado de la puerta del armario se mueve una figura. Oigo más crujidos por detrás, por la pared. Hay otro en la cocina.

Ellos cazan en tríos, aunque usualmente solo puede verse a uno de ellos siempre hay otros dos acechando. No sé por qué, ya que no hay ningún arma que pueda abrir esa piel dura ni pueda matarles. Quizá siempre usan la misma estrategia en todos los planetas y no querían cambiarla para este aun a pesar de no ser necesario. He visto cómo solo uno de ellos acababa con un refugio de más de doscientas personas, cuando todo empezó. Los otros dos solo esperaron fuera, a la gente que salía, para reducirla a huesos y girones de carne. Pero el trabajo lo hizo uno solo.

Aquellas criaturas parecían matar más por placer que para comer, claro que los seres humanos nos habíamos vuelto lo suficientemente numerosos como para resultar el deseo de todo cazador.

Me tapo con la manta muy despacio y espero que ninguno de ellos abra el armario, consciente de que pueden hacerlo y de que no tendría ninguna posibilidad allí escondido. De repente, escucho algo más, algo que me cuesta identificar. Creo… sí, es una voz. Una chica ha preguntado algo, y ahora un hombre responde. Oigo más pasos entrando a la vivienda.

Joder, Madrid yéndose a la mierda, miles de pisos vacíos y viene todo un grupo de humanos a ocupar el mío. Además, moviéndose durante la noche y haciendo ruido. No solo van a conseguir que les maten, van a hacer que me maten a mí con ellos. Oigo cómo pisan el suelo, cómo se cruzan lo que creen que son quedas conversaciones y cómo llaman la atención con antorchas. Esta gente es idiota, no sé cómo han conseguido sobrevivir tanto. A estas alturas deberían…

Un ruido aún más fuerte interrumpe mis pensamientos. Ha sido una ventana de la habitación contigua, quizá la única habitación con cristales de toda la ciudad. Lo sé porque he oído cómo estos se rompían y caían al suelo dentro de la vivienda. Aprovecho el ruido para tirarme el ropero al completo sobre el cuerpo, y las camisas y abrigos llenos de polvo me cubren mientras las pisadas dentro del piso y las voces, ahora en grito, ocupan todo el lugar.

La ventana ha entrado hacia dentro, y los humanos no saltan hasta un quinto piso para entrar por una ventana cerrada. Ellos sí. Una vez más, vuelvo a escucharlo todo mientras la ropa tapa mis ojos. Los crujidos, los gritos agónicos, los desesperados intentos de luchar contra ellos, incluso creo distinguir un disparo. ¡Un disparo! Como si eso fuese a marcar alguna diferencia. Lo único que marca la diferencia es quedarse quieto y esperar a que la muerte decida irse a otra parte con sus garras violetas.

Supongo que eso es lo que da más miedo. El color que utilizan para cubrirse, cercano al violeta que absorbe la luz, y el nulo ruido que hacen hasta que avisan de que ya han llegado. Porque los muy cabrones avisan, como lo de la ventana. Cuando no es una ventana, mueven el coche donde te estás apoyando o pisan fuerte el suelo a unos metros de ti. Definitivamente, esto es un deporte para ellos, y están jugando con el miedo que son capaces de inducir. Y cuando les has visto abrir a alguien en canal con una sola pata, el miedo te hace temblar y mearte encima.

Espero varias horas después del último sonido y es entonces cuando me quito de la cabeza la ropa. Entre las lamas del armario, ahora un par de ellas arrancadas, puedo observar la oscuridad del piso y su silencio. Cuando salga, caminaré entre los cuerpos destrozados de los humanos, cogeré aquello que necesite de ellos y seguiré mi camino fuera de la ciudad, si es que aquellos monstruos me lo permiten. Saco el cargador de manivela, lo conecto al MP3 y giro varios miles de veces la pequeña palanca para cargarlo. Luego, me acurruco en el rincón mientras permito que la música meza el sueño basado en sangre con sonidos de muerte sumado al silencio de las calles. Pronto amanecerá.

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