El procesador de Ricitos de Oro

—Pero esa cosa no es tu hija—dijo Marta con los dientes apretados y tensión en la voz. Con el desprecio de aquella palabra, recalcó que la niña era tan solo un objeto, una mera recreación. Una imitación de la vida. Las lágrimas caían por sus mejillas con el dolor de quien recuerda a quien no puede abrazar y besar—.Tu hija está muerta, David.

Cartel «El procesador de Ricitos de Oro»

Él la observó con la furia de un padre preocupado por su pequeña. ¿Quién era ella como para sacar todo eso a la luz? ¿Quién era ella para rechazar este regalo que se les había planteado después de tantos años? ¿Cómo podía no ver lo que él había hecho?

—Tu hija está muerta—repitió ella, alejándose de él, y poniendo más distancia aún con la niña del centro de la habitación.

Esta giró su pequeña cabeza hacia su padre, con cara de preocupación y la mirada perdida. La chiquilla parecía a punto de echar a llorar. Tenía exactamente cuatro años y medio, la misma edad con la que Daniela perdió la vida, y se encontraba en mitad de la habitación, situada entre ambos. Sostenía en su mano derecha la cuchara sopera que su padre le había regalado unos días antes. «Es una broma, la entenderás cuando seas mayor. Es muy importante» le había dicho, y la pequeña la sostenía con fuerza desde entonces.

—¿He hecho algo malo, mamá?—preguntó la pequeña Daniela a la mujer. Marta cayó sobre sus rodillas y se quedó en el suelo, llorando, mientras Daniela observaba el rostro inmutable de su padre—¿Qué le pasa a mamá?

—Mamá está muy sorprendida de verte de nuevo después del accidente. ¿Recuerdas que hablamos de que estuviste muy malita en el hospital?—La pequeña asintió, y estilizó su rostro para hacerlo más duro.

Dirigiéndose hacia la madre, dijo:

—Mamá, no te preocupes por nada. Soy yo, y estoy bien. ¿Ves?—Dio una pirueta como las que Daniela solía dar cuando era pequeña, como le había enseñado mamá. Terminó en una sonrisa que no obtuvo su reflejo en la madre.

—¿Cómo puedes hacerme esto?—preguntó la madre a David—¿Cómo puedes jugar así con la vida de la gente? Y, ¿para qué? ¿Para que volvamos a ser una familia feliz, después de quince años? David, por favor, déjalo ya. Déjanos vivir tranquilos con nuestro sufrimiento, y acepta que tu hija murió.

—¡No estoy muerta!—gritó la niña, enfadada, en mitad de la sala. Su rostro reflejaba la incomprensión de una niña pequeña, perdida en el mar de las emociones adultas.—Papá, ¿qué está pasando? ¿Por qué mamá dice que estoy muerta?

—No está muerta, Marta. Mírala. Está viva. Es ella en todos los aspectos en que puede ser ella. Está viva y siente. Quiere a su madre y la necesita, ahora más que nunca, para crecer.

La madre seguía en el suelo, con la cara sumergida en lágrimas y las piernas arrojadas al azar de la caída.

—David, tienes que aceptarlo. Nuestra hija se fue. Yo ya lo superé. ¿Por qué tu no?

—Porque era demasiado doloroso. Y porque no tengo por qué. Ya no.—Él se acercó a Marta y trató de levantarla del suelo. Al resultar imposible, hincó la rodilla en el mismo y situó su cabeza junto a la de su exmujer.—Lo acepté durante un tiempo, pero entonces vi una salida. Una posibilidad remota de que ella volviese a andar y a hacer volteretas. Obsérvala bien, cariño. Es nuestra pequeña.

Daniela les observaba desde el círculo de proyección con sus grandes ojos marrones, tratando de comprender lo que estaba pasando. Tanto mamá como papá parecían mucho más mayores que la última vez que les vio, cuando ella estaba malita en el hospital. Ambos parecían más cansados y más viejos de lo normal, pero sin duda eran ellos. La pequeña no comprendía lo que estaba pasando. ¿Por qué mamá lloraba y decía que ella estaba muerta? Se había curado, después del hospital ya estaba bien.

—Cariño—dijo él—, he tardado quince años en lograr la forma perfecta de procesador para que una conciencia pueda desarrollarse dentro. La zona de ricitos de oro de la computación autoconsciente y perceptiva. Ella es una persona. Cree sinceramente que lo es, y eso la hace estar viva. Es nuestra pequeña. La habría traído de vuelta antes si hubiese podido, te lo prometo.

La mujer siguió sentada en el suelo, mirando los ojos de la proyección que simulaba ser su hija, sin saber qué hacer. En su fuero interno, una tempestad de emociones la hacían salir corriendo del cuarto, abofetear a su antigua pareja y lanzarse a abrazar a su pequeña.

La niña los observaba desde el centro de la sala siendo ella misma. Siendo exactamente como era Daniela. Los rizos dorados caían a ambos lados de su cara blanca, y aún vestía el peto vaquero con el dibujo de los tres ositos con que sufrió el accidente. Era exactamente igual de cálida y fría que como había sido en vida. Ni demasiado fría, ni demasiado caliente, una copia idéntica a su hija. Indistinguible en todos los aspectos del corazón.

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