El significado de los sueños

Las hojas y las ramas se movían con los cambios de presión del viento a su alrededor. Este era lo suficiente fuerte como para evitar que la atmósfera caliente del sol se quedase quieta, pero no lo bastante como para hacerles pasar frío a las dos. Tanto Barz como Eti se escondían a la sombra del árbol, y dejaban pasar las nubes amarillentas sobre la cúpula dorada de la atmósfera.

Eti se encontraba tumbada en el suelo, con la espalda sobre la corteza, mientras que Barz descansaba su cabeza en el muslo derecho de Eti. Esta, a su vez, peinaba a quien era más importante que su hermana pequeña.

—Y, ¿es guapo?—Barz elevó sus ojos rasgados para hacerlos coincidir con la mirada baja de Eti, quien se sonrojó.

—Es raro. No sabría decir si es o no guapo.—Percibió el rojo en sus mejillas, y la sangre palpitando detrás.—Es atractivo, creo. Tiene la piel muy oscura.

—¿Cómo un tzêrás? ¿Te has enamorado de un tzêrás, Eti?—preguntó Barz con cautela. Los seres de segunda que construían sus nidos sobre la superficie del planeta no eran una broma. Ahora, varios tratados de paz habían resuelto las enemistades abiertas entre ellos, pero nunca se estaba seguro. La mezcla estaba prohibid.

Cartel 2 «El significado de los sueños»

—No—respondió Eti con calma, segura del joven al que vio, y que permanecía en su cabeza—. Toda su cara no es oscura. Varias franjas blancas la recorren, pero no parece pintura. Su piel no es como la nuestra, ni sus ojos.

—¿Y cómo son sus ojos?

—Diferentes. La pupila es tan solo un punto sobre un azul perfecto.

—¿Tienen los ojos azules? Qué feos—Barz abrió mucho sus rasgados ojos. Su esclerótica, la parte que no estaba conformada por la pupila, brillaba en un tono amarillo apagado.

—No, no es feo, es diferente. Me pregunto de qué planeta será alguien para que la cara haya crecido en varios colores. El pelo de su barba se parecía a su rostro, y sobre las partes oscuras crecía oscura. Sobre las partes claras, casi blanca.—Eti cerró los ojos para tratar de verlo mejor. Aquél muchacho de piel oscura a quien nunca había llegado a ver ocupaba sus sueños desde hacía varios meses, e incluso podría asegurar que una vez lo oyó hablar.—Tampoco hablan como nosotros. Hablan diferente. Más forzado, con la garganta, haciendo que los sonidos salgan a la fuerza.

Barz miró a su amiga, cuyos ojos se perdían en el horizonte, y sintió lástima por ella. Era su compañera, la mejor amiga que nunca tendría, y disponía de un amor incondicional forjado desde la infancia. No obstante, sabía que el cerebro de Eti no funcionaba como el de las demás personas, y eso le traería problemas futuros. Eti percibió la mirada de su amiga sin bajar los ojos.

—Dice el maestro que deje de inventar. Que me centre en mis tareas y que deje de describir los sueños. Que los sueños no tienen significado.

—Los maestros enseñan el mundo tal y como es, no tienen ni idea del futuro. ¿Qué esperas que te diga? Cualquier evento fuera de la normalidad hace temblar los cimientos de su enseñanza, cuestiona sus métodos y memorias. Para el maestro, eres una amenaza.

—Sí.—Ambas se dirigieron una mirada cómplice, y rieron mientras dejaban pasar los minutos bajo el árbol. Barz siempre respondía cuando Eti requería esta clase de apoyo. Cuando necesitaba que alguien la escuchase.—Gracias, Barz. ¿Sabes qué?

—¿Qué?—preguntó la amiga.

—Creo que soy bastante mayor que él. Tendré veinticinco años en dos giros de la luna. Él debe tener menos edad. Se le nota en sus ojos.

—Pues entonces tendrás que dejármelo a mí. Seguro que es de mi edad.—Sonrió Eti desde abajo.

—¡Nunca! Como ser fruto de mi imaginación, lo reclamo para mi reino ficticio.

Ambas volvieron a reír cuando, varios segundos después, una notificación emergente en forma de esfera se materializó sobre el regazo de Eti. El archivo de audio estaba codificado, y solo Barz debía recibirlo. No obstante, hacía años que Barz había dado a Eti todo tipo de permisos sobre su esfera digital.

—¿Tu madre?—preguntó Eti. La pregunta obtuvo su respuesta con el rostro de la señora Qüerril dentro de la esfera. Parecía preocupada, e instó a Barz a que saliese de la simulación.

«Ha ocurrido algo, cariño, sal. Tus padres y yo tenemos que hablarte.»

Ambas se levantaron del césped y se abrazaron unos segundos. Se miraron a los ojos y, entonces, todo el paisaje desapareció. El viento cálido dio lugar al aire reciclado, la sombra del árbol a la iluminación de varias bombillas a su alrededor, y el horizonte se convirtió en un muro de hormigón a menos de dos metros de distancia.

Barz tenía suerte. Como hija de una mandataria, disponía un cuarto para sí misma. Eti debía compartir su vivienda y espacio vital con su madre y su única pareja, un tipo llamado Bered. Agradable, pero rudo en el trato, y con quien convivir podía ser duro.

La madre de Barz se encontraba en el cuarto junto a ella, portando la misma cara de seriedad que había mostrado a través del video. Esperó a que su hija se recobrase y luego activó la pantalla holográfica sobre su mesa de estudio.

—Ha ocurrido algo—añadió, y pulsó un botón.

Sobre la mesa, la planicie rocosa a doscientos metros sobre sus cabezas mostraba uno de los campamentos de los tzêrás. Cinco chozas-nido descansaban sobre un suelo abrasado por una radiación débil pero mortal para la estirpe de Barz. No parecían hacer gran cosa salvo las típicas tareas de los tzêrás. Iban de un lado para otro llevando fardos, moliendo trigo y alimentando a las reses. La hija miró a la madre en busca de una explicación, pero esta la insistió en que siguiese mirando.

Durante un par de minutos, la escena permaneció normal. Después, un espacio circular de ocho metros de radio alabeó y se fundió sobre la atmósfera, a ras de suelo. El propio aire y el espacio al que estaba pegado parecieron diluirse y mostrar otra cosa. Algo distinto a la arena roja del desierto de allí arriba. La imagen satelital mostraba casi una vista vertical, pero tenía la inclinación suficiente como para ver el suelo tras el círculo en el aire, ahora perfectamente conformado. Casi sólido.

Sobre el suelo, dentro del círculo, una llanura verde destacaba frente a la sequía del entorno. Los habitantes del poblado se habían reunido frente a lo que parecía una entrada a algún otro lugar. Uno verde, mucho más rico en agua que su mundo.

—Madre, ¿es eso una brana?—Barz había oído noticias del modo en que los humanos habían llegado a este planeta. Historias de historias, cuentos para niños y, finalmente, mitos sobre los cuentos. Historias imposibles de colonización y abandono, olvidadas con el tiempo. Las branas habían sido descartadas hacía casi un milenio como una broma de sus antepasados, quienes probablemente habían llegado aquí en grandes barcazas que usaron para construir las primeras ciudades.

—Más nos vale. Si no es una brana, entonces es otra cosa. Algo de lo que ni siquiera hemos oído rumores, y eso no es bueno. Sigue mirando.

En la imagen tridimensional, varios de los jóvenes del poblado observaban a través del círculo. Desde la perspectiva mostrada, tan solo una rebanada de la realidad enseñaba la vida de aquél otro lugar abierto en el aire. Frente a los ojos de los tzêrás se desplegaba todo un mundo nuevo, y estos ansiaban verlo.

Varios segundos después el primer tzêrá cayó al suelo a varios metros desde donde se encontraba el instante anterior. La sangre rodeaba su cuerpo, y un boquete humeante ocupaba su tórax. La muerte de un tzêrá rara vez era llorada, pero esta vez Barz dejó escapar una lágrima. Las imágenes, carentes de audio, imprimían aún más significado. Los tzêrás no habían hecho nada, y unos tras otro caían sobre la roca roja del desierto, mezclando su sangre con la arena. Aunque trataron de correr, las dos docenas que habitaban el poblado murieron en cuestión de minutos a causa de disparos realizados a través del agujero.

Luego, empezó la invasión. Cientos de hombres con trajes raros y armas que parecían energéticas surgieron del círculo en el aire y empezaron a avanzar sobre la aldea, buscando entre los restos que iban destrozando a su paso. Barz pudo ver a la perfección la cara de uno de ellos, quien miró al sol a los ojos. Su rostro tenía dos colores, aunque predominaba el oscuro. La piel sobre esas franjas crecía negra y espesa, y sobre los trazos blancos, esta manaba lisa y blanca. Unos ojos casi sin pupilas desafiaron sin saberlo al satélite.

Barz sacó de inmediato un cuaderno donde apuntaba todo aquello que su amiga le contaba sobre sus sueños, y se lo tendió a su madre, quien no comprendía qué hacía su hija.

—El sueño de Eti estaba invadiendo el planeta.