El tormento ser uno mismo

El gran problema de la gente imaginaria es, en mi autorreconocido muy mermado juicio, la necesidad constante de trasladar a personas que no pueden oírles los mensajes de los mismos. No la existencia de ellos per sé.

Cartel «El tormento de uno mismo»

Digamos, por imaginar, que un tal Roberto García, un abogaducho lamentable que persiste en acompañarme a través de los años –y cuyas charlas tediosas he aprendido a valorar–, diga algo importante en una situación comprometida. Como, por ejemplo, que es obligación de la administración el avisar con tantos o cuantos días de adelanto para hacer algo. Yo, que estoy en mitad de una conversación con alguien a quien esa información le podría resultar valiosa, me veo en la obligación de citar a mi muy aburrido abogado. Y a dar explicaciones por su no corporeidad.

¿Lo veis? Ese, ese es el problema. No que el tipo exista en sí y me persiga. Ese es el menor de los problemas. Lo cierto es que, en ocasiones, es de agradecer que alguno de ellos aparezca. Evita que me sienta solo en mi encierro. Ya sabéis todos que los barrotes no me gustan.

Por ejemplo, hay una pequeña que suele llamar mi atención corriendo por los pasillos y armando un escándalo terrible. Descubrí que otros no la veían cuando eran mis gritos de protesta a su ruido los que molestaban a los demás. Lo cual es bastante confuso para quien no puede disfrutar de su irritante risa. Esa muchacha plantea otros problemas unidos al hecho de imaginarla.

Por un lado, ella existe en tanto que la veo. Por otro, y debido a mi edad, pronto morirá a la tierna edad de cuatro años. Y no hay modo de salvarla. Trataría, como he hecho con otros de mis amigos imaginarios, de que comprendiese en la situación en la que está. Pero, ¿de qué serviría? Ella quiere jugar y revolcarse por la arena del parque, y el concepto de muerte la desconcertaría.

Pienso mucho en la pobre niña. Especialmente en a dónde irá cuando no está conmigo, y si se sentirá acompañada. Me da escalofríos que pasee por algún lugar oscuro de mi memoria, sola, y juegue con los recuerdos y deseos ocultos que almaceno en alguna parte. No quisiera ser yo quien la traumatizase a la única edad que tendrá siempre.

Cuando viene, me dice que ha hecho esto y aquello en el lapso en que no nos hemos visto, y jugamos a la pelota o paseamos por el parque de la institución mental. Cuando desaparece durante días, me imagino que juega sola a la pelota con la sombra de quien soy. Quizá, para ella, el imaginario sea yo. No es tan descabellado pensar en ello, ya que –cuando no estamos juntos– ella podría estar con otras personas que nunca me han visto a mí.

Resulta confuso, pero he llegado al punto en que todo ello me importa poco comparado con el presente. Mi presente. Para esa niña, yo dejo de existir cuando no estamos juntos. Para mí, es ella la que viaja al mundo de las ideas cada cierto tiempo y desaparece en sus turbulencias. Al final, he aprendido que lo único realmente práctico con ellos es dejarse llevar igual que me dejo arrastrar por los celadores cuando insisten en transportarme de un lado a otro.

Tan solo sentarse, y dejarse llevar.

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