El universo sin pasado

Al universo le importa muy poco, si es que le importa algo lo suficiente, el que juguemos en la caja de arena virtualmente infinita que es el espacio físico limitado en el que nos ha tocado jugar, ese que usamos para vivir y que queda de nuestra parte del universo. Aquí, da igual lo que hagamos para jugar, y tanto da que retorzamos el tiempo a nuestra voluntad. Al resto del espacio poco le importa, ocupado como está en sus otras especies, si es que las hay.

El universo sin pasado

Tan poco le importa al universo el que juguemos con el tiempo, que incluso nos lo permitió un veinte de abril de 2045. Fue entonces cuando todo empezó, cuando los diferentes caminos de la humanidad se abrían durante segundos para cerrarse de inmediato, generando otros universos inalcanzables a nuestro alrededor.

Nos alientan a no volver al ayer, y con motivo. El problema es que no podríamos volver a lo que ha sido hoy ni en un millón de años, especialmente si tal cifra se cumple en nuestros dispositivos de viaje. Basta un segundo para escindir el universo en un millón de posibilidades, y es aconsejable viajar hacia delante en el tiempo a un segundo por segundo, cosidos al espacio que nos ha tocado vivir si es que deseamos conservarlo de algún modo.

Y yo lo deseaba por encima de todas las cosas, salvo por encima de ella. No fue hasta el día en que desapareció sin volver desde hacía una hora, que empecé a preguntarme si la solución a su desaparición estaría en aquél momento del pasado en que ella decidió aparecerse sin que yo la percibiera. En aquél momento, yo me encontraba con ella en la cama, disfrutando de la pasión de los jóvenes largo tiempo olvidada y que, siento, no volverá.

Me miro al espejo y reconozco solo en parte la mitad de las arrugas que conforman mi cara. El resto deben ser de otra persona, y no soy capaz de asimilarlas. Giro mi cabeza hacia la derecha y me veo la cicatriz en el lado izquierdo del momento en que me decidí a ir a por ella y pasar por segunda vez por el mismo punto del tiempo.

El otro tipo estaba allí para dispararme sin darme la posibilidad de saludar como era necesario y debido. Y, como en el momento al que ella volvió no había armas de energía, solo puedo suponer que el disparo viajó hacia atrás desde algún punto situado delante de nosotros. De modo que me dejé caer entre los segundos de nuevo, viajando a un minuto por minuto durante casi cuarenta años, sin pasar ni uno de ellos pensando en el cuerpo desnudo que dejé hace cuarenta años menos una hora en la sala de aquella habitación.

Me visto con una capa y enciendo el dispositivo de muñeca que actúa como amortiguador. Preparo el cronómetro y el tempolocalizador, y lo activo para llegar unos minutos antes de haberlo hecho en su momento. Esta vez no habrá sorpresas, nada de disparos.

Aparezco en la habitación que pronto se llenará de humo de mi propia carne chamuscada y espero al atacante sin percibir la ironía del universo en forma de sonrisa.

«No» pienso «Al universo le importa una mierda lo que hagamos en este pequeño rincón de nuestra caja de arena»

Varios minutos después, aparezco cuarenta años más joven en busca de mi amada, y es entonces cuando me descubro mirando la figura que me disparó con el arma de energía que usaré para hacerme esa cicatriz y que había traído para protegerme de mí mismo. Disparo antes de que el joven se me eche encima, antes de –como era necesario y debido- saludar, y le veo huir hacia delante en el tiempo, por el callejón que da a la plaza abarrotada de gente que vi hace cuarenta años menos una hora.

Ella aparece en el espacio que el joven había ocupado poco antes, con su juventud y con el olor aún caliente de la cama de hace cuarenta años más una hora. Me observa en silencio mientras retiro la sombra del sombrero de mi cara y ella abre los ojos al reconocerme como hace cualquiera que conozca la cara del otro aunque hayan pasado cuarenta años.

—¿Qué?—pregunta sin formular nada que pueda responder.

—¿Confías en mí?

—Claro, siempre.

La agarro de la cintura mientras activo el amortiguador temporal y coloco el tempolocalizador de la muñeca. La acerco a mí mientras huimos juntos hacia al futuro, a varias decenas de años por segundo, al lugar donde el joven no pueda encontrarla, cuarenta años menos una hora en el pasado, dando lugar a la plaza abarrotada de gente en la que ya no está ella.

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