El vendedor de mentiras

De fachada oscura y formas lisas, aquella tienda poco tenía que envidiar en su imagen al resto de establecimientos de su alrededor. Ocupaba la mejor esquina del mejor cruce de las calles más transitadas de la ciudad, lo que obligaba a las personas a equivocarse constantemente a entrar en ella.

Una vez dentro, salir consistía en una pugna peliaguda. La gente abría la puerta para entrar y se encontraba con el mostrador de madera que ocultaba en parte la estantería repleta hasta arriba de aquellas mentiras. Por curiosidad o diversión, todos acababan por llevarse algunas en los bolsillos, bolsos o mochilas. Cambiando para siempre sin pretenderlo, muriendo un poco dentro de la tienda, sin apreciarlo.

el vendedor de mentiras

La dificultad de salir de allí no consistía en un impedimento físico. Bastaba con girar la manilla y empujar de nuevo la hoja de madera para huir a la fría calle. La mente, sin embargo, quedaba atrapada dentro, junto con su nuevo dueño.

Johann Benger aparentaba cuarenta y pocos años desde hacía más de cincuenta, y disponía de todo un repertorio de sonrisas para atender a quien se perdía en una tienda que nunca fue suya. Siempre a juego con la persona que entrase en su momento al local. Una sonrisa amable para las señoras mayores, dura para los caballeros, irresistiblemente atractiva para las personas jóvenes. Sin embargo, la vida de Benger no empezó con aquella sonrisa, que logró tras muchos años de práctica. Empezó cuando acabó la guerra. Al menos, la que sería su segunda vida.

***

Ya había gastado todas las balas del fusil, que colgaba con lástima de su hombro izquierdo y se manchaba, arrastrado por el barro del campo de batalla, sin saber demasiado bien hacia dónde se dirigía. Tambaleándose, y con la herida de un proyectil que le había rozado la cabeza, le fue imposible no caer en la zanja donde cientos de cadáveres de sus compañeros nunca terminarían de descansar. Allí, perdió el conocimiento.

Lo recuperó, según los cálculos basados en la descomposición de los cuerpos y la sed, casi un día entero después. Para entonces, el conflicto había acabado, y ninguno de los dos contendientes se encontraba presente en el campo de batalla. Este había sido abandonado, y su persona dada por muerta.

Deambuló por el valle devastado por los explosivos sin encontrarse con nadie, y siguió por el camino hacia el siguiente pueblo. Parcialmente en ruinas, consiguió algo de pan que sustrajo de una despensa, por suerte a salvo del impacto de los obuses.

Con esas exiguas raciones continuó hacia el oeste, hacia la ciudad que había ayudado a llenar de bombas desde el aire. Entró sin que nadie lo advirtiese ni se preocupase por sus heridas. Lejos de su hogar y hambriento, sin dinero para un tratamiento médico y en territorio enemigo, hacía días que se había deshecho del chaquetón e insignias de su ejército. Ahora tan solo era un vagabundo más de la ciudad, con heridas probablemente causadas por la última batalla. Fue entonces, en pleno centro de la ciudad, que cayó desmayado en el suelo.

***

Volvió a despertar por segunda vez en menos de una semana. Ahora con el cuerpo vendado, descansaba sobre un mostrador de madera del ancho de un hombre que ocupaba el fondo de una tienda estrecha y sin ventanas. La tabla terminaba en sus extremos para caer en picado, bien hacia la trastienda bien hacia la entrada.

Se irguió y no vio a nadie, y recorrió la pequeña tienda sin localizar a quien le había curado. Esta consistía en una única entrada a la calle que hacía las veces de recepción, y donde había despertado, más una pequeña vivienda en el sótano a la que se accedía por la trastienda. Localizó una limitada cocina, así como un retrete y un catre en la parte de abajo.

Esperó durante días, comiendo de la despensa de la cocina, y esperando a la llegada de su salvador. Por las noches, escuchaba los ruidos propios de las casas antiguas, y se levantaba continuamente con la esperanza de encontrar a alguien en la vivienda. Algo que nunca llegó a ocurrir.

A la segunda semana se percató de que alguien reponía la despensa casi a diario, y se preguntó sobre la hora a la que llegaría. O por qué no se mostraba. Para localizar a su rescatador, arrastró el colchón frente a la despensa la siguiente noche. Al despertar, la nueva comida se encontraba donde antes había estado el lecho. Era obvio que el anfitrión no deseaba ser visto, y a Johann le pareció bien así.

Sujeto entre dos manzanas, un día encontró un sobre negro con las primeras instrucciones que recibiría. En su interior, escrito con lo que parecía polvo de plata, las palabras «Es hora de abrir la tienda» brillaban bajo la vela.

Johann Benger no quería ser expulsado de aquella vivienda, por lo que cogió el sobre, lo guardó en el bolsillo y se aseó lo mejor que pudo. Luego, salió a la calle por primera vez desde que había despertado allí. Giró el cartel que indicaba abierta la tienda, y regresó al interior.

Durante días había estado ojeando los objetos colocados sobre los estantes sin tener muy claro qué es lo que eran. Vasijas esféricas y sin aberturas, se parecían a las canicas de cristal que una vez había visto de niño, en su aldea natal. Aunque a diferencia de aquellas, estas bolas de cristal eran oscuras, casi negras, y de una decena de tamaños distintos. Además, resultaba imposible ver nada en su interior aunque se colocase una vela detrás.

Fabricadas con algún tipo de vidrio, daban una sensación de fragilidad suficiente para haber frenado la curiosidad de Johann. Ahora que debía venderlas, sin embargo, no le quedaba más remedio que entender para qué servirían.

Cogió la más pequeña que encontró, del tamaño de la uña del dedo meñique y le dio varias vueltas en sus manos con la sensación de que no pesaba nada. Al no encontrar aberturas, la depositó de nuevo en el estante y buscó una más grande, del tamaño de un puño. Yendo de aquí para allá, y observando diferentes medidas, llegó al convencimiento de que las esferas eran macizas e imposibles de abrir. Debido a su falta de peso no resultaban demasiado útiles como pisapapeles, única función que logró imaginar hasta que localizó el segundo sobre.

En el instante en que su primer cliente entró por la puerta, Johann leyó la nota del segundo cajón del mostrador. «Las mentiras grandes cuestan mucho menos que las pequeñas, pero requieren de más personas para llevarlas a cuestas».

—Hola—dijo Johann tímidamente desde detrás de la madera, casi asustado.

El hombre se quitó el sombrero y, consciente de que se había equivocado de lugar, preguntó por curiosidad al ver las esferas.

—¿Qué vendéis?

—Vendo—corrigió Johann, sabedor de que nadie lo acompañaría a lo largo del proceso.

—Oh.—El hombre hizo una pausa, dando un paso al frente y acercándose al mostrador.—¿Qué vendes?

—Vendo mentiras—afirmó, aun a pesar de lo absurdo que resultaba aquello. Sonrió torpemente y señaló un par de esferas que había colocado en el mostrador. ¿Quién podría comprar una mentira?

Aquel hombre sonrió, divertido ante la novedad.

—Vaya, no sabía yo que se vendían mentiras, y en condiciones tan aceptables de conservación. Una vez tuve un juego de canicas, ¿sabe? ¿Le importa si las veo más de cerca?

Johann asintió, y comenzó a depositar esferas de varios tamaños sobre el mostrador, sin tener demasiado claro qué precio poner a aquellas cosas. El cliente las estuvo observando y, tras varios minutos, apartó dos de las esferas pequeñas, que colocó frente a Johann.

—¿Cuánto costarían estas dos? Me gustaría poder comprar alguna de las grandes, son mentiras muy convincentes, pero el bolsillo de un servidor no está para juegos, especialmente no durante estos tiempos que corren.

—Bueno, en realidad—Johann leyó de nuevo las palabras de la segunda carta, que había abierto sobre el cajón del mostrador.—, las mentiras grandes cuestan mucho menos que las pequeñas, pero requieren de más personas para llevarlas a cuestas.

—¿De veras? Eso es una buena noticia. ¿Qué me dice entonces de estas tres?—El señor rozó la parte más alta de tres de ellas para indicar que serían las elegidas. La mediana tenía un color marrón oscuro, mientras que las otras dos parecían más verdosas.—¿Tendré suficiente con estas monedas?

Johann se inclinó sobre las monedas, las recogió y las sostuvo en sus manos, sumando las cantidades dibujadas en ellas. Eran las monedas de una ciudad extraña a su persona, y no conocía su valor.

—¡Sin duda! Diecisiete es mucho menos que treinta—dijo sonriendo—. Sí, será más que suficiente.

Johan abrió el cajón donde antes había visto varias monedas y le devolvió a aquel hombre una moneda con un uno gravado sobre ella. El cliente salió cargado con sus mentiras, quizá en busca de quien pudiese ayudarle a llevarlas a casa y exponérselas a sus hijos.

Johann observó el mueble y decidió sacar de la trastienda tres mentiras más, solo para darse cuenta de que otras tres habían ocupado el lugar de aquellas que había retirado y vendido. Pasaron semanas hasta que otro cliente entrase en su tienda, y luego tan solo días. Varios meses más tarde, las mentiras de Johann Benger empezaron a correr por todos los ambientes de la ciudad.

Aquí y allá, las mentiras empezaron a ocupar cada vez páginas más importantes de periódicos con más relevancia, y arrastraban hechos sin duda verídicos a pequeñas esquinas en imprentas menores. Con cada mentira vendida, Benger ingresaba el dinero en la caja, y una persona más salía de su tienda sin aquello a por lo que había entrado.

Con el tiempo Johann descubrió que reducir el coste de las mentiras ayudaría a su difusión. Estas fueron cada vez más asequibles, y se extendieron por cafés y restaurantes de toda la pequeña urbe. Las mentiras adornaban casi cualquier conversación de negocios y debate político, mientras Benger seguía ingresando dinero por ellas.

Por supuesto, las mentiras más grandes, aquellas que requerían más personas para llevarlas a cuestas, siguieron costando mucho menos.

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