El virus del Test de Kindred

El virus del Test de Kindred

15:41. Sótano. Sala de vídeo

En la sala de seguridad, los agentes David y Gómez contemplan la grabación del vídeo. La situación ya se ha normalizado en el psiquiátrico, y tan solo les queda archivar e irse. Gómez ha entrado a la habitación y se ha encontrado a su compañero mirando un vídeo grabado unas horas antes. Se sienta a su lado y contempla la pantalla con atención.

12:06. Planta 1. Sala especializada B-45. Grabación

Imagino, por supuesto, que usted no ha realizado nunca este test. ¿Me equivoco? —En el vídeo, que trae audio incorporado, se muestra a ambos sujetos hablando. El que preguntaba, vestido con una bata blanca de doctor; y el que escuchaba, sujeto con una camisa de fuerza gris y evidentemente noqueado—. Se llama Test Kindred, en honor a un hombre maravilloso, por desgracia ahora fallecido, y que postuló alguna de las reacciones de lo que comentaremos hoy. Dime, Jeff, ¿estás preparado?

El sujeto cabeceaba hacia delante y hacia detrás, y le costaba trabajo encontrar las palabras adecuadas. Aun así, parecía tratar de contestar al hombre de la bata. Emitió quejido, y la prueba dio comienzo.

Primera pregunta del Test de Kindred

Imagine usted que, por error –como suele ocurrir con los descubrimientos– un asesino se da cuenta de que le apasiona matar. Le encanta. Ya sabe, siente algo diferente cuando lo hace. Algo que no ha experimentado nunca. A una edad determinada, y gracias a un hecho accidental que le hace matar a su primera víctima sin desearlo, percibe ese placer por primera vez. Un placer que, por supuesto, desea experimentar de nuevo.

A lo largo de su vida posterior, y con el tiempo, ha ido matando y sintiendo más y más deleite por ello. Se ha vuelto un vicio, en cada vez un número mayor de personas. No importa el método, pero cabe destacar que existe uno, y se convierte en un asesino en serie. Esto hace que acaben por atraparlo.

Bien, eso por un lado. Por otro, en la vida de él la tecnología ha evolucionado lo suficiente como para borrar sus recuerdos selectivos. Simplemente, meten tu cabeza en una máquina no muy diferente de esa que tienes encima y… adiós, infancia; adiós, papá y mamá; adiós, tío Tobi en Inglaterra. ¿Lo entiendes? Se puede borrar lo que se desee.

Ahora la pregunta que importa. ¿Qué harías tú con una persona así, y esa tecnología?

Puedes hacer lo que se ha hecho durante los últimos cuatrocientos años, y obligarle a cumplir una condena dentro de una cárcel. Es una opción válida. Reclusión para su reeducación, y luego dejarlo libre. ¿Crees que funcionaría?

O puedes, claro, hacer uso de la tecnología, borrarle todo recuerdo de los asesinatos y dejarlo en blanco. Podrías incluso resetearlo, borrar todos los recuerdos hasta el día antes de su primera víctima. Si es así, él no se reconocería un asesino, y nunca mataría a nadie dado que no sabe que disfruta haciéndolo, como puede que tú no seas consciente de lo que te apasiona –no sé– hacer puenting. ¿Te gusta hacer puenting? No, claro que no lo sabes, porque no lo has intentado.

Si se opta por la segunda opción, ¿se deja técnicamente libre de un delito si el causante del mismo no lo recuerda y no se reconoce a sí mismo como tal? Piense en ello, señor Fernández, porque es la primera pregunta del test.

15:42. Sótano. Sala de vídeo

—¿Qué piensas? —pregunta Gómez.

David se vuelve a su compañero, que mantiene la vista puesta en el vídeo casi sin pestañear. Era raro conseguir que mantuviese la atención sobre algo, más a la hora de comer.

—Pienso que tengo hambre. Terminamos de ver esto, archivamos y te invito a comer. —David trata de hacer que Gómez se dé cuenta de la hora, a ver si con suerte le convence para seguir con esto por la tarde.

Gómez, sin embargo, solo afirma con un tono de voz y sigue mirando la pantalla, absorto. Hay algo que le llama la atención del vídeo. David usa los controles para subir el volumen, y ambos se quedan mirando.

12:07. Planta 1. Sala especializada B-45. Grabación

—¿Lo ha pensado ya? ¿Sabría que decir? ¿Usaría la tecnología para borrar esa información?—dice el hombre de la bata al paciente en el vídeo.

Segunda pregunta del Test de Kindred

Verás, Jeff, no tiene que contestar ahora. Porque aún quedan dos preguntas más para que termine el test. —Su voz está ligeramente distorsionada a través de la pantalla—. Porque, gracias a la misma tecnología, ya no solo es posible borrar los recuerdos de una persona. No… los médicos no podían parar ahí, ¿verdad?

En el vídeo, el hombre de la bata se golpea con fuerza varias veces la cabeza, se levanta con violencia de la silla y desaparece de la imagen. Segundos después, reaparece y se deja caer con brusquedad, acercando su cara al hombre atado con la camisa de fuerza.

—¿¡Por qué no podían para ahí!? ¿Eh? ¿¡Por qué!? —Vuelve a golpearse la cabeza, esta vez algo más flojo, otras dos veces—. Porque los médicos querían saber lo que pasaría con la segunda pregunta, claro.

Imagine que la tecnología ha avanzado tanto que, además de borrar se puede escribir. ¡Recuerdos gratis! Recuerdos falsos. Recuerdos de otro. Imagine, señor Jefferson, que alguien coge los recuerdos de divertidas matanzas al completo de un asesino y los vuelca dentro de la cabeza de una persona sana y cuerda. Una persona normal en contra de la violencia que, de repente, se vuelve incapaz de reconocer si un recuerdo, experiencia, placer o síntoma es suyo o no. ¿Se debería encerrar a esta segunda persona en la cárcel por los instintos que ha ganado y que usará en cuanto tenga oportunidad? ¿O, por el contrario, como él no ha sido físicamente el autor de las muertes que recuerda haber disfrutado, se le debería soltar y esperar a que algo ocurriese para encerrarle? ¿Qué opina, Jeff?

El hombre atado deja caer la baba sobre su pecho, y vuelve a cabecear. La resolución del vídeo es excelente.

15:43. Sótano. Sala de vídeo

David tiene un listín con fotografías en sus manos, y pasa varias hojas hasta que da con la adecuada, que arranca y la pone sobre los controles. Otro par de hojas más, y vuelve a arrancar otra.

—Ahí los tienes— dice—. Jefferson Fernández y Joaquín del Canal. El que interroga es Joaquín, paciente psiquiátrico del… eh… perfil sin violencia. Nada de violencia, según esta ficha. Tiene que estar mal, está reteniendo a ese hombre. Obviamente y tiene pinta de que le ha golpeado, es violento. ¿Sabes qué han hecho con estos dos?

—Están bien, a salvo —asintió Gómez—. Ya los hemos puesto donde deben estar.

David asintió en signo de acuerdo, y siguió pasando hojas mientras el vídeo corría.

12:08. Planta 1. Sala especializada B-45. Grabación

Joaquín, vestido con una bata, ha derribado la silla sobre la que se sentaba y da con ella golpes en las paredes de yeso. Con el último golpe, ha conseguido clavar una de las patas en una falsa pared, y la silla cuelga ahora del muro de un modo cómico.

De modo que tenemos las dos preguntas del Test de Kindred: ¿sigue siendo un asesino si ya no tiene los recuerdos?, y ¿es un asesino la persona a quien se los implantan? No es tan fácil, ¿verdad, Jeff? La respuesta se desdibuja en la mente.

Tercera pregunta del Test de Kindred

La culpa, claro está, es de los médicos. Y su búsqueda de respuestas. Sus preguntas —dice mientras marca con los labios y entonación la última palabra. Se golpea la cabeza de nuevo mientras solloza sin soltar lágrimas. Parece que trate de calmar su mente a golpes—. Sus malditas preguntas, que no dejan descansar y resuenan por dentro. Y te dices, ¿qué hago yo ahora? ¿Qué hago? ¿Sigo haciendo las preguntas, o abro las tripas de este gilipollas en canal?

Joaquín señala con esa última pregunta a Jeff. Tiene un bolígrafo con el que le apunta.

—¿Jeff —Se arrodilla frente al hombre atado—, qué hago?

En un impulso repentino, parece calmarse. Mira a un punto en la cara del hombre maniatado y se levanta. Avanza por la sala conectando cables y llevando tubos durante un rato. Luego, se acerca de nuevo a Jeff y le conecta algo en la cabeza. Una especie de casco protector. Le da algo que le mete en la boca, y luego se pone frente a él.

Tercera pregunta del Test de Kindred, señor Fernández: ¿Quiere usted saber lo que se siente al despellejar a alguien sin tener que mancharse las manos? ¿Eh? ¿Quiere?

Ríe histérico, y da pequeños saltos y palmadas. Tras ello, avanza hacia un ordenador y teclea algo. Jefferson grita en silencio. Con algo que le imposibilita hablar y maniatado, se revuelve. Sus gritos se oyen a todo volumen, aumentando de intensidad. Sea lo que sea lo que le hayan hecho, está llorando de dolor.

15:47. Sótano. Sala de vídeo

—¿Para qué vale esa máquina? —pregunta David—¿Qué es lo que hace?

—Es un dispositivo experimental que se usa para borrar recuerdos de la mente de las personas. Un tratamiento alternativo del doctor Kashir. Con él pensaba que se podría restaurar la mente humana. Otro médico con sus preguntas…—Gómez se puso en pie y se estiró. Avanzó hacia la puerta.

—Espera, ese nombre me suena. El doctor ha sido la primera víctima esta mañana. A manos de…

David se queda inmóvil, sujetando el archivo que tiene en las manos. Le tiembla el pulso. En el vídeo, los gritos han parado. En el archivo, el paciente abatido esta mañana se apellida Kindred. Alan Kindred, un alemán de origen inglés que se volvió loco y viajó a su país para tratar de ocultar el rastro de cadáveres. Lo cogieron hacía años, y se había sometido a un tratamiento experimental. Ha entendido lo que pasa demasiado tarde. David se gira, reconoce el contorno de Gómez al trasluz, bloqueando la puerta. Otras dos figuras se encuentran justo detrás. Tienen batas de médico.

El archivo se cae de sus manos mientras nota cómo se le empapa el pantalón. Nunca ha sentido más miedo que ahora. El vídeo sigue mientras las tres personas entran en el cuarto de seguridad a por él.

12:12. Planta 1. Sala especializada B-45. Grabación

En el suelo, el hombre con la camisa de fuerza se revuelve y dice algo ininteligible. El otro, el que viste como un médico, se agacha y le acaricia el pelo para que se relaje.

—Tranquilo, todo saldrá bien. No te preocupes, dame unos segundos. He tenido que atarte. No eras tú mismo… aún.

Le retira con cuidado el casco de la cabeza, soltando los anclajes, y le da la vuelta para liberarle de la camisa de fuerza, que el hombre del suelo se quita con rabia. Se saca el tapón de la boca y maldice escupiendo y golpeándose la cabeza dos veces. Segundos después, se relaja y se pone de pie mientras sonríe con la misma sonrisa del hombre con bata. Este viene con otra en la mano, y le ayuda a ponérsela al otro hombre, ahora con bata.

—Buenos días, señor Kindred —saluda el primero, levantando la mano.

—Buenos días, señor Kindred —responde el segundo, estrechándola.

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