El virus puede habernos venido bien

Las piernas duelen a cada paso, y los pies suplican un descanso que no podemos permitirnos darles. Hace tiempo que el destrozo de las botas pasa factura, y que nuestras manos y labios muestran las inclemencias de un tiempo que se ha portado bien con nosotros.

Cartel «El virus puede habernos venido bien» 2

Lo cierto es que hemos tenido mucha suerte. Apenas sí nos ha llovido, no nos ha nevado en ningún momento y los vientos no son demasiado fuertes. Después de ochocientos días de caminar, la verdad es que tengo la sensación de que le debo algo a alguien.

Miro a mi hija, quien yace recostada a la falda de una roca, y sonrío. En estos momentos de paz, el haber perdido el resto de mi familia casi parece no tener importancia con ella a mi lado. He conseguido traerla hasta aquí, y eso bien se merece una celebración. Saco la última chocolatina del bolsillo de la cazadora y la sostengo en la mano mientras observo el paisaje.

Me encuentro en un valle verde y amarillo que da muestras de la llegada del nuevo otoño. Observo el arroyo al que bajaremos y las pedreras que vamos a evitar. Hay un pequeño bosque donde quizá consigamos cazar algo. Si no, trataremos de pescar o coger cangrejos de río. Ninguna de los montes bajos que me observan desde el otro lado del valle parece preocupado por nuestros estómagos.

Ellos ya estaban aquí cuando la humanidad comenzó a pasear por estos valles, y seguirán aquí cuando nos hayamos ido del todo. Su tiempo se mide en especies, el nuestro en horas. Y tan solo se nos permite nuestro tiempo juntos para disfrutar el uno del otro. Aunque sospecho que los montes están más tranquilos sin nuestra presencia. Menos follón. Menos contaminación, pienso mientras extraigo de la atmósfera una bocanada de aire limpio.

Sonrío al pensar en que no echo en falta lo que dejamos atrás. Las ciudades, llenas ahora de muerte y cadáveres, no tienen nada para mí o mi hija. No hay nada a lo que volver allí. Me guardo la chocolatina en el bolsillo y despierto con cariño a la pequeña.

—Tenemos que seguir moviéndonos, pequeña—susurro mientras trata de hacerse una bola y protegerse de las temperaturas. Dejo que se despierte poco a poco y tomamos el sendero hacia el valle.

Se trata de un Gran Recorrido, y está marcado con una pintura que se va desvaneciendo con el tiempo. El propio sendero no es más que un hilo de arena sobre el que millones de botas caminaron en su momento, pero que ahora tan solo recorren unos pocos humanos perdidos. El rastro de los caminos se está borrando poco a poco, y cada vez resulta más complejo seguirlos. Una vez más, la humanidad comienza a abrir veredas a lo largo de las montañas y campos, cuyos cultivos crecen ahora libres de nuestras directrices.

Hace dos días dejamos atrás la ciudad donde conocí a la madre de mi hija, casi quince años atrás. No se parecía en nada a la urbe llena de ruido y polución que recordaba. En lugar del ruido de los coches, cientos de miles de pájaros trinaban los atardeceres, invadiendo un cielo rico en mosquitos. Estos crecían gracias a los pantanos en que se había convertido el asfalto y las carreteras. Me gustaba mucho más esta ciudad, aun a pesar de que la otra me diese a lo que más quiero en este mundo.

Ella me mira con sus ojitos cansados y me pregunta si tenemos que seguir hacia el sur hoy, que si no podemos descansar un poco más. Le digo que depende de si llegamos al río por la tarde y conseguimos pescar algo más. Eso la divierte, y pronto se lanza colina abajo en busca del agua. En ocasiones, cuando me oye hablar del viejo mundo, tengo la sensación de que me mira con extrañeza. Ella casi no recuerda la civilización moderna y su estruendo. Se ha criado andando durante casi los últimos tres años, y antes de eso era demasiado pequeña como para recordar. Para ella, yo he venido de otro planeta.

No la pierdo de vista en ningún momento, por miedo a las otras personas. Con la caída de la civilización, también lo han hecho las costumbres menos naturales de los hombres, y en varias ocasiones hemos tenido que huir de ellos. Los niños son objetos de lujo en lo que muchos calificaron como mundo moribundo.

Yo miro al cielo limpio, a la vegetación exuberante y a mi hija, y pienso que el mundo está mejor sin tantos humanos. Llevo tiempo dando vueltas a la idea de que, después de todo, el virus nos ha venido bien.

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