Ella no les importó

Que llegasen supuso no una sorpresa. No, fue más que eso. Supuso un shock. Cuando los vimos por primera vez, la economía se desplomó, las guerras religiosas se intensificaron y varias de las capitales mundiales ardieron con antiguas y absurdas guerras civiles.

La supuesta civilización humana dio un vuelco cuando nos dimos cuenta de que había otros. Y entró en una crisis cuando supimos que se dirigían hacia aquí con vehículos que solo podemos describir como intergalácticos. Pero el verdadero shock, lo que nos ha vuelto paranoicos, es el hecho de que se hayan marchado sin entrar en contacto con nosotros.

El día 587, tras casi veinte meses de orbitar a la altura de las nubes con sus gigantescas barcazas mudas, esas grandes arcas se replegaron al vacío del espacio. Y desaparecieron.

Ella no les importó

No enviaron sondas a la superficie, ni patrullas de reconocimiento. Tampoco sufrimos ningún tipo de ataque ni se realizó emisión alguna por su parte. Las cincuenta y dos aркас (arcas), bautizadas por los bielorrusos cuando las captaron con sus radiotelescopios, llegaron, esperaron y, luego, se fueron como habían venido. En el silencio más profundo.

Observo los cada vez más pixelados puntos en la pantalla. Me recuerdan a las manchas de la radiografía que hundió mi vida, hace unos años. A diferencia de aquella imagen estática sobre la placa de luz del médico, los puntos de mi pantalla parpadean en verde. Suena una canción triste de Dillon en la radio que acompaña a la perfección a esa sensación de vacío que ellos dejaron al irse justo en el momento en que lo hizo ella.

Todos nos preguntamos qué es lo que no vieron en nuestro planeta, o en nosotros, los visitantes. Si vinieron a establecer contacto, ¿por qué no lo hicieron? Y, si no vinieron a hablar, ¿cuál era el plan entonces? ¿Qué civilización construye naves que necesitan de miles de generaciones de viaje solo para visitar un lugar del que irse al poco de llegar? ¿Qué es lo que nosotros no tenemos?

¿Por qué no nos ayudaron con nuestros problemas?, pienso. ¿Por qué tuvieron que irse antes de que ella…?

Tengo la televisión encendida, pero está en silencio. Tan solo leo los subtítulos mientras trato de deprimirme con la música y emborracharme con cerveza barata

Borracho es todo mucho mejor, pienso, mientras espero que hoy no amanezca nunca en el observatorio del que se supone soy el director.

El orador no me pone fácil la tarea de deprimirme. En la pantalla se ve un encarnizado debate entre los llamados pesimistas (entre los que deseo encontrarme) y los optimistas. Dos vertientes de pensamiento humano aún jóvenes y beligerantes, surgidas a raíz de la partida de nuestros no-amigos.

También de nuestros no-enemigos. Las palabras cruzan mi mente mientas echo un trago a la cerveza helada. Leo las palabras de Jasum Harfat mientras defiende el optimismo. Por cómo mueve los labios, habla en árabe, pero la emisión traduce sus palabras al inglés.

«…obvio que cualquier especie que haya recorrido el espacio que sugieren sus aркас tendrían el poder de destruirnos si lo hubiesen deseado; y que pocos motivos hay para enviar tantas naves (y tan grandes) a un sistema solar con agua líquida. Para mí, [el moderador manda callar por cercera vez al oponente en el debate, que trata de cortar a Jasum]… para mí, la colonización por parte de los aркаquianos de nuestro planeta era la única opción viable. No envías cincuenta y dos veces miles de millones de toneladas al espacio si solo planeas una visita. Buscaban algo, y lo que buscaban es…»

Termino la cerveza y miro de nuevo mi pantalla verde sin poder evitar pensar en cómo ella tosía al final.

Estoy demasiado borracho para llorar. No sé ni por qué seguimos observándoles. No nos dieron pistas cuando los vimos por primera vez en nuestros sensores, ni en todo el tiempo que estuvieron aquí. ¿Qué podría decirnos de ellos las últimas imágenes de ellos alejándose de nosotros?

¿En qué podrían ayudarla ahora a ella?

La comunidad científica, entre la que se supone que me encuentro, es la única que quizá podría aprender algo más sobre su tecnología. Pero en cuanto a sus ideas, filosofía o deseos –si es que los tienen– seguimos en blanco. No parecían muy interesados en comunicarse.

¿Por qué no la ayudaron a ella?, pienso con la garganta oprimida. Quiero encontrarme con alguno, quiero sacudirle y enseñarle una foto de ella. No me importa que no signifique nada para ellos, quiero golpearles hasta arrancarles las putas respuestas.

Puede que Harfat esté en lo cierto, y que hayan decidido no colonizar un planeta ya habitado por respeto a su especie nativa. Es posible que tengan recursos para otro largo viaje. O para muchos más. Pero yo creo que les importamos una mierda, que no somos más que hormigas en un hormiguero esférico, y que se fueron porque no podíamos darles nada.

Creo sinceramente que no necesitan un planeta para vivir si pueden hacerse pequeñas lunas voladoras a medida.

Con una tecnología así podrían construirse su puto propio mundo y ponerlo donde les saliese de los huevos, un trago a la cerveza por cada pensamiento ¿Tienen huevos? Podrían terraformar Marte en cuestión se unos siglos transportando materiales desde el cinturón de asteroides con sus descomunales vehículos, y ocuparlo miles de siglos antes de llegar a su próximo destino.

Sospecho que si lo que buscaban era un hogar podrían habérselo manufacturado a medida desplazando alguna de las lunas de Júpiter, o dinamitando Venus con bombas de cianobacterias que recuperen nubes de vapor de agua en lugar de metano. Si hemos podido pensarlo los humanos, seguro que ha pasado por la mente de los aркаquianos, la civilización que construyó esas pequeñas lunas que levitan como por arte de magia sin propulsores visibles.

Cabrones, pienso al borde del llanto. En la televisión siguen tratando de convencerme. Seguro que ellos no enfermarán.

Su tecnología, en especial el modo en que propulsan sus naves, ha sido debatido desde que entraron en el Sistema Solar interior. Las aркас no soltaban chorros de partículas tras de sí, ni podíamos ver campos magnéticos o térmicos que sugiriesen estelas. Solo avanzaban y maniobraban sin dejar nada atrás.

A tomar por culo Newton, pienso mientras me levanto a por otra cerveza. La música triste no está funcionando porque ese gilipollas de Jasum Harfat sigue tratando de convencer al mundo de que los aркаquianos han sido benévolos y amigables con nosotros. Pero mi mente se resiste. Si han sido tan geniales, ¿por qué no nos han enseñado nada de su tecnología?

Porque no estamos preparados, dice la voz desvirtuada de mi expareja. La primera lágrima termina por caer cuando me doy cuenta de que no soy capaz de recordar cómo sonaba su voz.

Podrían habernos enseñado, joder. Cojo una cerveza casi sin ver, con las lágrimas corriendo por la cara. Son lágrimas de furia e incomprensión.

Ellos no pueden enseñarnos a pensar. Es algo que debemos aprender por nosotros mismos.

Lo sé, ya lo sé. Sé que ella tiene –tuvo– razón. Es como escuchar la voz de un ratontito Pérez post mortem en mi cabeza. Sé que si hubiésemos aprendido a pensar ella no habría tenido que morir. O al menos hubiese habido menos posibilidades de que el cáncer se la comiese por dentro. El cáncer que la puta sociedad con su contaminación había puesto en sus pequeños pulmones.

Lo que a ti te molesta es que no me hayan salvado, dice con la voz dulce que imagino mientras bebo la mitad del botellín de un trago. Observo mi pantalla verde, y pienso en su última radiografía, en la que las manchas indicaban indicaban ya las partes sanas. Pero quizá no hayan venido a salvar a una sola persona. No vinieron a eso.

En la televisión, el oponente pesimista trata de darme la razón mientras mi mente trabaja en su contra.

—Es que creo que ellos no han venido a curarme. —Recuerdo sus últimas palabras haciéndome daño, la noche antes de irse del todo. Justo después de que le prometiese que ellos seguro que la salvaban—. Creo que han venido a darnos esperanza. Y a decirnos que están ahí.

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