Esta misma noche

El despertador suena, como cada mañana, cinco minutos después de que él se despierte. Lo para al segundo pitido suave y sonríe mientras se estira en toda la longitud de la cama, soltando un ruido contenido en la garganta. Ella se da la vuelta, le susurra algo incomprensiblemente bonito y vuelve a caer en un sueño profundo.

esta misma noche

—Yo a ti también—asegura, dándole un beso y cubriéndola con la manta. Porque ella siempre tiene frío a última hora de la noche.

Avanza un par de pasos y su rostro muestra la mueca de dolor es incapaz de evitar. La rigidez se extiende desde el dedo gordo del pie derecho hasta poco más de la rodilla.

Ya ha empezado, piensa, tal y como le dijeron que haría.

Echa un último vistazo a la habitación, recorriendo mentalmente la vida tras los objetos. Las aventuras que cada uno de ellos guarda. Por último, fija la vista en la cama. Desde donde está, a ella no se la ve, pero él sabe que está ahí, hecha un ovillo bajo la manta.

Saberla cerca, aunque se encuentre a kilómetros de distancia, es lo que lleva haciéndole sonreír los últimos treinta años. Hacer que ella sienta lo mismo es de lo más orgulloso que puede sentirse. Cierra la puerta con el cuidado, y se viste en el pasillo con la ropa que descansa desde la noche anterior frente a la puerta.

Siempre le ha gustado ser metódico, y prepara siempre la ropa del día siguiente en una silla. La camisa y los pantalones vaqueros con los que trabaja se encuentran doblados sobre la silla, con un cinturón raído sobre ellos. Lleva años sin usar zapatos para ir a trabajar. Bajo el asiento, descansan unas antiguas botas de montaña lo suficientemente blandas para estar a gusto todo el día, y lo suficientemente pesadas como para sentir el movimiento de sus pies. Junto a la silla, en un perchero, una chaqueta deportiva a la que tiene en gran estima.

La recoge y se la cala sobre los hombros, terminando de vestirse. A través de la penumbra del pasillo mal iluminado, observa su reflejo en el espejo del fondo.

Pues has aguantado bastante bien, reflexiona, bajando las escaleras.

Desayuna lo mismo de siempre, su desayuno favorito: zumo de naranja, un bol de cereales y café. En ese orden, y sin mezclar. Tras terminar, cubre con un pequeño mantel la cafetera para que a ella no se le enfríe lo que queda, y friega su plato y taza. Se cepilla los dientes y sale de la vivienda.

Vive en una casa agradable en un barrio agradable. Adosados, juntos pero independientes, de dos pisos. Los vecinos quedan de vez en cuando para cenar o ver películas juntos en la casa de uno o de otro, y casi todos se conocen entre sí.

Una vida bonita, piensa, y camina dos manzanas más. Se monta en el taxi que le espera desde hace un minuto.

Este le desliza, al ritmo de música étnica, por la ciudad casi vacía por la hora, y le lleva hasta la puerta de la oficina. De su oficina. Se despide y entra haciendo uso de la llave magnética. Le pesa la pierna. Mira el ascensor, sonríe, y vuelve a elegir escaleras. Cuatro pisos dobles que siempre le dejan más cansado de lo que admite cuando abre la puerta y saluda a algún madrugador. Hoy no los hay. Demasiado madrugar.

Suspira y se sienta en su mesa, contemplando el resto de la oficina. Él se sienta en una mesa idéntica a la del resto de sus compañeros, a los que con cariño llama subalternos. Observa la mesa de delante y localiza una pequeña pelota de papel doblado, que se levanta a tirar a la papelera. La misma que ayer le lanzó soplando por el bolígrafo a su mejor jefa de equipo. Un absurdo juego bobo con años de tradición entre los más veteranos. Contempla las sillas vacías de su segunda familia, y vuelve a sentarse y a arrancar el ordenador.

Media hora más tarde, los primeros empleados hacen su aparición. Siempre le había llamado la atención el orden de llegada. Los solteros, primero. Luego venían los que tenían pareja y, más tarde, aquellos cuyos pequeños les habían hecho perder el reloj. Diez minutos más tarde, la ayudante abre la puerta.

—Buenos días. Perdona por la prisa pero, ¿en cuánto tiempo podríamos tener al abogado? Tengo que resolver unos asuntos urgentes. Imprescindible que sea hoy, y cuanto antes.

—Si le llamamos, vendrá en menos de una hora a menos que tenga una reunión. Dos, máximo. ¿Va todo bien?

—Llámale, por favor. Despiértale si es necesario, de hecho. Hoy tengo que dejar atados unos cuantos cabos. Y que nadie se vaya de la oficina hoy hasta que haya salido de hablar con el abogado. No, no te preocupes, es una buena noticia: todos vais a tener un aumento de sueldo. No me mires con esa cara. En realidad, ya era hora. Os lo habéis ganado.

***

Siete horas más tarde, el taxi le deja de nuevo en su casa, donde cojea hasta el sofá del salón y la espera durante dos eternas horas más.

Luego, besos. Besos adolescentes y tiernos. De los que pensaba se habría olvidado de dar, descubriendo la mecánica del juego de los labios con cada movimiento. Hacer el amor en el sofá fue lo único que cenan. Luego, él vuelve a cubrirla, esta vez con la manta del sofá. Porque ella siempre tiene frío a última hora de la noche.

Se viste en el silencio de la oscuridad y avanza hacia la puerta renqueando. El dolor ahora se dibuja en su rostro, y se ve incapaz de contener la mueca.

Mejor fuera de casa, piensa. Coge la cartera, en la que hace meses guarda varias fotografías de su rostro. Sale de la vivienda, da unos pocos pasos más, y mira hacia atrás. No, no lo has hecho tan mal.

Continúa recto, hacia el parque del norte de su urbanización, donde a estas horas no habrá nadie que le moleste. Percibe el dolor en el pecho. Sabe que quizá no llegue, pero aun así camina varios cientos de metros más.

Se rinde, finalmente, en un banco a una veintena de metros del césped. Qué pena, piensa, con la mirada puesta en los árboles. Luego, despliega el teléfono móvil, marca el número de la policía, y pone en silencio el terminal. Sin saberlo, en el instante en que el sol libera de rojo la copa del ciprés más alto del parque, él se tumba a morir.

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