Ex Nihilo: desde la nada

La nada de que estaba vacío el universo ensordeció los oídos de quien no podía estar allí con la ausencia de todo ruido. Y eso le irritaba. La falta de todo le hacía sentirse triste. Buscó en un derredor de vientos inexistentes y eligió un punto que no ocupaba ningún espacio.

«Construiré aquí» dijo mientras soplaba con su deseo el universo que se desplegaba a su alrededor, incandescente en un principio.

Cartel «Ex Nihilo desde la nada 2»

El espacio que antes no había se construyó a sí mismo con su expansión, y delimitó la franja inexistente fuera de tiempo donde Él quedó atrapado. Desde su perspectiva, el universo le robaba un espacio que no ocupaba y se alejaba al mismo tiempo.

Encerrado en el exterior del universo, solo podía quedarse mirando lo que su hijo conseguía para sí mismo. Al poco, el tiempo comenzó dentro de la expansión, y los nudos del espacio que había dentro empezaron a interactuar. El cosmos que había desatado fue tan brillante como no lo sería nunca más, y la materia empezó a cimentarse a sí misma.

Formaba cirros de miles de millones de bolas de gas inerte y, al compactarlos, los hacía brillar como nuevas estrellas que se repartían por toda la expansión. A medida que fabricaba más espacio para vivir, creó un firmamento donde observarse.

Él contemplaba su invento desde fuera, maravillado con la vista de lo que había diseñado en un arrebato de ira intemporal. Se preguntó qué le ocurriría si volvía a hacerlo, y experimentó con varios inicios aquí y allá, contemplando las olas de estrellas que se devoraban unas a otras, fagocitándose a lo ancho y largo de una burbuja de existencia suspendida en la mitad exacta del vacío que Él ocupaba.

Aquí y allí, las bolas de gas creadas por la aglomeración de la materia explotaban, lanzando nuevos elementos a la inmensidad de su obra. Con cada ola explosiva, las sustancias se advertían diferentes. Más densas, más complejas.

En torno a muchas de esos arrebatos explosivos, giraban de manera ocasional esferas más pequeñas, apagadas y sin brillo, diferentes todas entre sí y parecidas en su movimiento. Desde la perspectiva que aportaba estar en ninguna parte de aquél reloj gigantesco, Él pudo observar los paralelismos en sus movimientos.

Elipses sobre elipses y dentro de otras órbitas circulares. Los que no poseían brillo, los apagados, arrastraban a su vez objetos más pequeños con los que a veces colisionaban. Giraban alrededor de las brillantes bolas de gas que tendían a explotar, y estas a su vez giraban sobre sí mismas en espirales y brazos alargados, generalmente planos, que rotaban unos junto a otros. Más arriba, estos conglomerados de millones de millones de luces orbitaban otros conglomerados más grandes. Aquí y allá, puntos negros de materia compactada trataban de engullirlo todo a su paso y alrededor, curvando el tejido de la existencia que Él había causado.

Tras un tiempo, objetos mucho más pequeños empezaron a moverse aquí y allá. Al principio los confundió con las rocas heladas que tendían a ocupar el vacío entre bolas de gas, con sus colas de vapor helado surcando la nada entre materia. Pero la estela de estos objetos solía ser lineal, recta, así como sus facciones. Contempló las construcciones lisas y llanas, y las habría desestimado como cristales flotando aquí y allá por las fuerzas que la propia materia imprimía en la materia. Pero estos objetos no seguían las órbitas sobre órbitas que el resto parecía obligado a elegir. Vagaban a su voluntad por las galaxias y elegían dónde posarse y de dónde levantar el vuelo.

No colisionaban, sino que se asentaban sobre las esferas apagadas que giraban sobre las incandescentes. Y se expandían. Aquí y allá, el oleaje que provocaban escapaba radial desde algún punto en su interior, y se apagaba tras un parpadeo. Por todo el universo se sucedían estos cristales voladores arrojados al vacío del espacio, y él prestó atención a cómo empezaban.

Se concentró en una pequeña bola azul en mitad del brazo menor de una galaxia pequeña, apartada del resto del universo. Y entonces los vio. Objetos mucho más pequeños que el rocoso apagado que ocupaban. Vagabundeaban de aquí para allá, muriendo y construyendo obras cada vez más grandes.

Él trató de hacerles señales desde fuera del universo. Pero estos seres, ajenos a lo que ocurría sobre sus cabezas, siguieron matándose como acostumbraban durante milenios, y muchos más después de aquellos. Tras un tiempo, cansados de sentirse solos, ellos le crearon a Él. Escribieron sobre su obra y sobre el reloj en el que vivían.

Siguieron edificando sobre la superficie del apagado, y luego lanzaron sus propios cristales con ellos mismos dentro, expandiendo las palabras que Él no había dicho nunca. Se internaron en el resto de apagados que giraban sobre su esfera de helio, y se propagaron como los virus que ellos mismos portaban. Durante un tiempo, las olas de sus cristales voladores se percibieron sobre el espacio que rodeaba la estrella y las estrellas circundantes hasta que, en otro parpadeo, desaparecieron.

Él siguió mirando mucho después de aquello, hasta que el reloj gigantesco empezó a enfriarse y a unirse pieza por pieza en el único punto que desapareció. Sonrió desde ninguna parte, divertido con su juego, y volvió a soplar.

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