Expreso de Hellas Planitia

Una lámpara titilaba en el techo, sobria en comparación con el resto de la decoración de la sala, vibrando agitada por el temblor que sufría el resto de la habitación al completo. Un pequeño vaivén ligeramente más acuciado que los que se habían sucedido durante la noche le había despertado, haciendo que su vista enfocase las dos pequeñas bombilllas que descansaban sobre tulipas simples, simulando cristal.

El expreso de Hellas Planitia

Las tulipas, transparentes, reflejaban los tonos anaranjados que entraban por la vibrante ventana al exterior, y sobre la que corría el viento helado de un atardecer que no acabaría nunca. Él suspiró, se estiró sobre la cama y giró su cabeza para contemplarla. En ese momento, el sensor de ánimo de la sala detectó el movimiento, y una leve nota musical tras otra empezaron a filtrarse a través de las paredes como un susurro.

Nos hemos quedado dormidos hablando, pensó al contemplarla a su lado, respirando con calma, inspirando esa atmósfera tan especial sobre la que llevaban navegando varios días. No recordaba sobre qué habían hablado en última instancia, quedándose dormidos el uno al lado del otro, abrazados en el atardecer infinito que trataba de entrar a todas horas por el cristal. Tan solo recordaba húmedos besos de cariño, y una sonrisa complice, antes de caer rendido junto a ella.

Ahora que la música sonaba ligeramente más alta, reconoció el Vals del Danubio Azul de Strauss sobre el ruido de traqueteo cadente de la habitación. Supuso que ella se había dormido con él hasta que se giró un poco más, ahora moviendo el cuerpo para poder observar el suyo, y una esquina de papel rozó su hombro. Se levantó un poco y cogió el libro que ella había leído hasta dormir. Sonrió.

Ella ha aguantado más, como siempre, meditó mientras ojeaba el libro ante la cálida luz anaranjada de un sol que no se pone, y desplazaba ligeramente la comisura de sus labios en una mueca de felicidad al leer. Bajó el volumen y la contempló dormir. En el libro, varios mapas con nombres impresos mostraban un planeta rojo vacío de agua y vegetación. Sobre cada una de las páginas, el nombre del autor y el título del libro.

Marte: una historia de observación y descubrimiento / W.Sheehan,

Volvió a contemplarla, añadiendo nota mental de cada uno de sus gestos al dormir, enamorándose de su respiración, mientras meditaba en todos esos pequeños detalles que ella le brindaba. Siempre alegre, despierta, de una inteligencia infantil capaz de iluminar cualquier conversación.

Colocó el libro de nuevo sobre la cama, le dio un beso rojo en la mejilla mientras ella arrugaba la frente un poco, y pasó con cuidado sobre su cuerpo para salir de la estrecha cama individual en la que habían dormido.

Se puso de pie en el suelo y volvió a estirarse, haciendo que varios de los huesos de su cuerpo chesqueasen. Frente a él, la ventana iluminaba de rojo la estancia. Los filtros UV polarizaban la luz para disminuir su intensidad. Aun así, pudo observar el océano infinito de Hellas, que llegaba hasta el horizonte y reflejaba la luz de un sol que salía de nuevo en la distancia.

Ahora, el Sol los observaba casi desde fuera del mar de Hellespontus, mientras recorrían el pequeño sistema montañoso y cordillera del mismo nombre. Dejó la ventana, se vistió, y salió al pasillo por la puerta lateral de la habitación.

El pasillo era largo y estrecho, de no más de un metro de ancho. Lo justo para que el carrito de las habitaciones pudiese pasar. Miles de kilómetros al norte, en los montes de Libya, había trenes más modernos que este, construidos de polímeros, de casi una decena de metros de ancho y que transportaba a millones de personas al día hasta las ciudades de Lucus, hacia oriente. No este tren.

Reconstruido al detalle, el Hellas Planitia Express era una copia casi idéntica al Espreso de Oriente que cruzaba Europa en 1880, una joya de metal y madera propulsada por vapor. En la pared alumbrada que ocupaba cada ventana, el logo de la antigua compañía pintaba de dorado las paredes

Una capa de tecnología de última generación, altavoces y fibras sensoras recorrían el espacio que le llevaba al vagón restaurante. En cada ventana, observaba un mar casi verde rodeado por una fina capa de vegetación baja. El tren recorría las antiguas vías, traqueteando por las lindes de Hellas mientras el océano continuaba llenándose de agua.

A cien kilómetros sobre la sima profunda –ahora cubierta por millones de millones de toneladas de agua– en la que casi hubiese cabido el Monte Everest de Vieja Tierra, una dispersa cortina de agua provocaba un escaso arcoíris de gotas cayendo de manera perpetua.

El arcoíris de Hellas, pensó mientras recordó cómo lo contemplaron durante horas el primer día a bordo del expreso.

Arriba, la estación de terraformación seguía trabajando a pleno rendimiento desde hacía más de un siglo, y aún faltarían unas cuantas decenas de años de procesar asteroides helados para llenar la cuenca de Hellas sobre la que giraba el tren de manera constante.

***

Abrió la puerta con todo el silencio que fue capaz de crear, haciendo equilibrios con la bandeja que se había llevado del vagón restaurante y que contenía el desayuno de ambos.

Ella seguía sobre la cama, con los ojos cerrados, y él esperó un instante a colocar la bandeja sobre la mesa. Era posible que el ruido del metal contra la madera de roble marciano la despertase, y quería tener la oportunidad de contemplarla así un minuto más.

Este era su primer viaje juntos, y habían elegido el Expreso de Hellas para explorarse el uno al otro. El expreso rodeaba en un círculo casi perfecto el océano artificial del mismo nombre. Un tren lleno de encanto con rumbo a ninguna parte, sin más fin que descubrirse mutuamente durante una semana. Apenas sí llevaban un tiempo hablando, y ni siquiera habían hablado de la relación que les unía, pero sabían cada uno más del otro que cualquier otra persona sobre cualquiera de los planetas.

Apoyó suavemente la bandeja sobre la mesa y ella movió uno de los pies, estirándolo hasta el fondo de la cama mientras soltaba aire. La cama se movía ligeramente con el traqueteo cadente del tren, que levantaba leves nubes de polvo marciano que pasaban junto a la ventana.

Una orden gestual hizo que la música subiese varios tonos, despacio, y que la ventana empezase a dejar más luz dorada. Ella respiró algo más fuerte, y él se acercó a ella, agachándose, solo para verse sorprendido por sus labios.

Se había hecho la dormida, y ahora había levantado su cuerpo para encontrarle a él. Mientras le besaba, pasaba un brazo por su espalda, atrayéndolo hacia ella; y una pierna, arrastrándolo con su historia sensual dentro de una cama arropada de cuentos para dormir, rodeados a su vez del traqueteo cadente del tren que invitaba a…

~

…el calcetín izquierdo de ella cae al suelo.

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