Futuro asimétrico

Estamos todos parados bajo una lluvia débil. Cientos de vehículos tratando de escapar de la ciudad, del mismo modo que ayer, y que mañana. Cuando era pequeño, creíamos que en el futuro no habría atascos, que los vehículos aeropropulsados sustituirían pronto la antigua rueda. Pues ahí va la bomba para 2020: no nazcas aún, imbécil, espérate un siglo más.

futuro asimétrico

Pero no, mi nacimiento es algo que ya no se puede cambiar. Como el de todos estos idiotas que me rodean, mis padres me tuvieron a mí y a otros tres hermanos más. Todos varones por el virus ARN que convulsionó nuestra sociedad. Todos sabían que no debíamos bajar tan profundo con las perforadoras, en el fondo lo sabían, y nadie hizo nada para evitar que se liberara aquello que había dormitado durante tanto tiempo bajo la corteza.

Si la humanidad ya se tambaleaba sobre sus cimientos hacía cincuenta años, cuando había un cierto equilibrio, ¿qué esperaban que iba a pasar más adelante? Ya os lo digo yo: lo que ha pasado es que ya somos demasiados, y que no hay nadie viniendo a rescatarnos.

No sé si somos nosotros los que lo tenemos peor, los que no tenemos descendencia; o los pobres desgraciados de la generación de mis no nacidos hijos. Esos sí que lo van a tener difícil, aunque nadie habla del tabú social que implica la desaparición de casi todos nosotros en el momento de nuestra muerte. A nadie le importa una mierda los pocos que vienen detrás.

Llegado un tiempo, la sociedad colapsará, y aquellos que queden sucumbirán a la barbarie. Quién sabe, igual volvemos durante un tiempo a las cavernas, esa etapa de la humanidad puede ser divertida.

Oigo los pitidos de cláxones a mi alrededor. No estoy seguro de lo que pretenden, pero ellos siguen apretando el botoncito que hace que el coche suene, como si eso pudiese cambiar algo de la situación actual, como si los cláxones fuesen a resolver todo este atasco social en el que nos vemos inmersos gracias a las políticas negligentes de hace unas décadas. Siguen pitando, otra medida fruto del exceso de testosterona en la sociedad, como el repunte de ventas de vehículos monopersonales.

No conozco nadie sin un vehículo propio. Pero, claro, si no puedes conseguir una pareja femenina, lo siguiente es un coche, y luego una casa para uno. Yo al menos tengo un perro que me acompaña a diario a trabajar. Que se metan las normas de higiene laboral por donde les quepan. Si Lucas, ese cerdo de contabilidad, no se ducha, yo puedo llevar a mi perro al trabajo.

Miro para atrás, con el tráfico parado, y veo a Dor tumbado en el maletero. Al percibir que le estoy mirando, se levanta de inmediato y trata de acceder al compartimento delantero, luchando contra el asiento que se interpone entre él y su dueño.

—¡Para, Dor, joder!—grito mientras empujo su enorme cabeza hacia el maletero—. A ver si ahora vamos a tener un accidente… ¡Quieto!

Noto que el vehículo de delante se ha movido a través de la cortina de agua, meto primera y acelero solo para percibir de manera leve la embestida que me deja inconsciente.

Abro los ojos en una sala con las paredes verdes, y por un segundo pienso que me he dormido en la oficina. Pero, a medida que mis ojos se ajustan, voy notando ligeras variaciones en la decoración. Por ejemplo, mi enorme calendario de la cantante de Skulls medio desnuda ya no está, y en su lugar una televisión antediluviana se encuentra apagada. Sigo mirando a mi alrededor y veo que el gotero con suero también es nuevo. No, seguro que no estoy en mi oficina.

Trato de incorporarme y el dolor me paraliza. Estoy tumbado en una cama con dos pequeñas barandillas a los lados, y he sido atado a la cama. El pecho clama a cada pequeño movimiento que realizo.

—No me jodas…—exteriorizo. Estoy en la sala de un hospital. Una habitación pequeña con una única cama. La mía. Junto a mi mano derecha hay un botón que no dudo en pulsar. Lo hago en cuanto reparo en él, y dos minutos más tarde, un enfermero entra acompañado de un médico.

—Buenos días. ¿Cómo se encuentra? No, no trate de levantarse.

—¿Qué hago aquí?—pregunto. Necesito información, no darla.

—Ha tenido un accidente. Ha sido embestido. El otro conductor está bien, se debió a un fallo mecánico en los frenos, y su seguro se hace responsable de todo. Incluida la operación que ha hecho falta para recolocarle la rodilla.

—¿Y Dor?—pregunto sin querer asimilar la posible respuesta—. Mi perro. Viajaba con un perro.

—Si es un boxer marrón, no se preocupe. Se lo está cuidando el otro conductor en una sala aquí al lado. No ha sufrido ni un solo rasguño. Ella se siente culpable por lo que ha pasado, y quiere disculparse.

—¿Ella?—En una sociedad en la que menos del uno por ciento de las personas eran mujeres, incluso el nombrarlas parecía algo fuera de lo común.

El médico asintió con una sonrisa.

—Ella—recalcó.

Ella no era una persona excesivamente agraciada. Ceceaba y unas gafas ridículamente colgadas de su nariz hacían que sus ojos se viesen magnificados por los aumentos. Dor tiraba de ella con fuerza, haciendo que trastabillase hacia delante en lugar de andar.

Recogí a Dor de la calle hace unos años, cuando era un puñado de huesos fríos y temblorosos en una bolsa de basura. Ahora guarda más parecido a un potro pequeño cruzado con una prensa industrial. Mi perro es pura fibra, y no lo digo como un cumplido. Su cerebro, ese pequeño puño que se ocupa de hacer que un animal piense, está constreñido por cientos de capas de fibra que no le permiten pensar con claridad.

De un salto, se sube sobre la camilla y me pisotea el pecho, descubriendo un nuevo umbral de dolor. Costaría el doble soldar la evidente costilla rota viviendo con Dor, quien sólo entendía «juguete» y «comida» como pseudoórdenes. El resto de comandos que regían su estúpido cerebro aún no habían sido descubiertos, si es que existían.

—¡Lo siento, lo siento!—no dejaba de repetir la mujer mientras trataba de hacer bajar a Don de mi cama. Con la ayuda del médico, lo colocaron y ataron a un mueble fijo.

—No se preocupe—consigo decir con más dolor en la voz del que soy capaz de admitir. No era hora de parecer débil. No se trataba de una belleza, pero hacía años que una mujer me había hablado por última vez, y no iba a perder esta oportunidad.

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