Guerra heredada

Más de tres siglos matándose entre sí. Trescientos años de guerra continuada con el único aparente objetivo de arrasar el planeta y convertirlo en un erial recalentado saturado de nubes bajas de vapor contaminado.

Qué facción hubo tenido razón en algún momento de la historia pasada, con las tripas de Neegan tratando de salir de su estómago entre estertores de dolor, resultaba ahora irrelevante. Cuestiones como qué inició la guerra, qué bando político estaba en lo cierto o el honor en el combate año tras año carecía ahora de importancia.

Guerra heredada

Puedo ver su figura a unos metros gracias a los sensores de pulsos de mi traje, aun a pesar  de que ambos estamos rodeados por una densa capa de nubes amarillentas y rápidas que bailan sobre nosotros.

Por lo menos, aquí abajo no nos verán el resto de aeronaves enemigas, pienso mientras cierro los ojos por el dolor. El visor, configurado para mostrarme los contornos importantes en verde y a las personas en azul, hace palpitar la forma de mi capitán y amigo en un baño de vapor amarillo.

Me arrastro a su cuerpo ayudado por los brazos. Tengo una pierna rota que no siento y de la que tiro con todo mi cuerpo. La otra apenas me responde, pero nubla mi juicio con espasmos de dolor. Creo que me la he partido en varios puntos. Las palabras emergencia médica no dejan de resonar en mi casco cada pocos segundos, seguidas de un pitido que se confunde con mi respiración agitada dentro del traje. Un vistazo a mi suministro de oxígeno resta importancia a las heridas internas que me matarán en cuestión de horas.

:-: 11′ O2 :-:

Creo que nunca he sentido tanto dolor, y es muy posible que sin las inyecciones del uniforme de eyección aéreo no hubiese sido posible moverme. Todos los sensores indican daños irreversibles en los músculos de la pierna, así como la muerte inminente de Neegan Throm. Hace rato que he ocultado el panel médico de la proyección de mi visor.

Llego a la posición de mi capitán y observo la apertura que tiene en el estómago y por la que se le salen las vísceras. Respira rápido, lo más rápido que he visto respirar a nadie, y está en shock. Tiene los ojos abiertos pero no mira a ningún lugar en concreto más allá del horizonte de nubes que tratan de corroer sus tripas con sus besos ácidos. Hace unos minutos gritaba, pero ahora se dedica a abrazarse los intestinos mientras no deja de respirar. Me pregunto en qué estará pensando, si es que su cerebro le deja espacio para eso tras la cortina de dolor.

El traje inteligente ha tratado de cerrarse sobre la herida, pero carece de material suficiente y ha sufrido demasiados daños. El informe de ambos ordenadores es claro: mi mejor amigo y capitán va a morir en cuestión de minutos.

Todo por una guerra absurda en la que ambos hemos nacido. Una guerra repleta de batallas que se luchan por conceptos que perdieron relevancia hace siglos. Es posible que sea eso en lo que esté pensando, en no haber vivido otra cosa salvo la muerte y la batalla. El conflicto por el conflicto y como fin último.

Veo caer del abdomen de mi amigo trozos calcinados de sus tripas, y los desfiles militares y medallas pierden el brillo que tuvieron ayer. ¿Es esta la gloria de la que habla el alto mando? ¿Es este el honor de la batalla?

Se me caen las lágrimas sobre el visor sin que pueda hacer nada por contenerlas. Estas se escurren por las grietas moleculares y son redirigidas al sistema de depuración del traje en caso de que las necesite en algún otro momento. El exoesqueleto sigue actuando hasta el último minuto como si fuese a sobrevivir. Su programación es clara: proteger la vida del soldado. Proteger mi vida.

Percibo una sacudida en el traje, y pienso que debe estar quedándose sin energía. Trato de llevar mis manos a los hombros de mi amigo. Le quedan, como a mí, minutos de vida, y quiero ponerme en la trayectoria de sus ojos. No quiero que muera solo.

Sin embargo, el traje vuelve a dar otro tirón, y pierdo el control del mismo. Con un grito de dolor por mi parte, el traje me pone de rodillas junto a Neegan, aplastando mis rodillas, y lleva las manos al cierre de emergencia de su casco. Es entonces, un segundo antes de que mis manos liberen el oxígeno, cuando sus ojos se clavan en los míos con pánico. Pero ya no hay nada que hacer. El aire atmosférico entra en sus pulmones y le hacen toser sangre mientras sigo gritando.

—¡No! —El traje me ignora, retirando el casco por completo del rostro de mi amigo y obligando a ver como se ahoga en su propia sangre— ¡No!

Libera las presillas del contorno, y corta con láser allí donde el traje se ha fundido al cuerpo de mi amigo. Trato de revolverme en vano. Luego, extrae su cadáver en corrosión con el aire y empieza a recolectar las piezas necesarias para darme a mí unos minutos de ventaja. Extirpa el tanque de oxígeno de reserva, la batería y una pequeña caja de herramientas, y comienza a conectar los sistemas a los míos.

Me oigo gritar mientras el traje me muestra una perfecta visión de Neegan en descomposición. Le envidio en cierto modo, y pierdo varias veces el conocimiento. Despierto por los movimientos del traje, que trabaja para mantenerme con vida un poco más. El dolor me hace regresar en alguna otra ocasión a la inconsciencia hasta que abro los ojos a una atmósfera rancia y rala.

Llevo de manera instintiva las manos al casco, y compruebo que no lo llevo puesto. Echo un vistazo alrededor y una luz se enciende poco a poco desde mi pecho para iluminar la estancia. Me encuentro bajo tierra a juzgar por la falta de ventanas. El casco se encuentra en el suelo, junto a mí. El dolor de las piernas es irreconocible con nada que haya podido sentir con antelación, y noto hambre por primera vez en mucho tiempo.

Al otro lado de la habitación, una forma metálica me observa con expresión simiesca. Es bajito y achaparrado, de piernas y brazos largos pero curvados, y dispone la misma expresión que vi en su momento en las películas en que aparecen los ahora extintos perros. Sé lo que es. Siempre ha habido historias sobre las pocas IAs que trataron de evitar la guerra, y su huida de la Tierra. Cada pocos años alguien aseguraba que aún quedaban unos pocos miles en el planeta que se habían quedado por algún motivo que quizá ni ellos mismos conocían.

Una voz más cálida de lo esperado me pregunta antes de que mis ojos rompan a llorar.

¿Para qué queréis seguir luchando?

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