Ha habido un accidente…

Hoy, he vuelto a despertarme dentro de una pesadilla. Por suerte, pronto volveré a quedarme dormido, acunado por el frío de las calles que no permiten el calor ni al abrazo de varias capas de cartón, ni una botella de vino. El frío paraliza el alma, y nos convierte en un adorno estático en las calles, símbolo de la mediocridad humana.

He soñado que volvía a ser yo, y que entraba en casa. Y que ella estaba viva de nuevo, corriendo a abrazar a su padre tras el trabajo.

cartel «ha habido un accidente»

Tiene el pelo como el de su madre, pelirrojo, y una sonrisa a la que es imposible no contestar con otra. La abrazo, y huele como debe oler la pureza. Me arrastra a su cuarto, donde ha organizado una pequeña galería de arte rupestre, todo ello pintado con sus pequeñas manitas sobre folios distribuidos al azar por el suelo. Aquí y allá, sus pulgares e índices representan cabezas y brazos, hojas y soles. Le digo que es precioso, y que si lo ha hecho ella sola. Me dice que sí, con otra sonrisa, mientras un rastro de sangre baja desde la comisura de sus pequeños labios.

Abro los ojos y oigo a la gente a mi alrededor. A diferencia de ellos, yo soy capaz de percibirles, permaneciendo invisible. Aun a pesar del frío, dentro de las cajas hace un calor relativo que me salva de la neumonía. Me desperezo y arrastro hacia el extremo de la caja, y la abro a la calle.

Es una de las calles más grandes de la ciudad, y miles de personas la cruzan en una u otra dirección. Todos ellos portan abrigos cálidos y sonrisas en las caras. Es Navidad. Lo sé por el frio y por las luminarias que ha colocado el ayuntamiento. Todos parecen tener prisa, aun a pesar de haber venido a pasear al centro. Da la impresión de que deben llegar pronto a alguna parte. En cierto modo, les envidio.

Me arrastro un poco más, dejando la mitad del cuerpo fuera de las cajas, y tanteo la botella que dejé a la mitad anoche. En la etiqueta se lee los grados que tiene, pero me siguen pareciendo pocos. Con todo y con esas, servirá como desayuno. Bebo sin incorporarme, y mi mirada se topa con una madre y su hijo. Debe tener cerca de diez años, y él también me está observando. Ambos me juzgan desde mi pasado, sin darse cuenta de que yo antes era como ellos. Sin darse cuenta de lo cerca que están de acabar como yo.

Recuerdo que llegué con los regalos a casa. Estaba agotado del trabajo de la oficina, y me senté unos minutos en el sofá del salón antes de mirar la hora. Era demasiado tarde como para que ellas no estuviesen en casa, por lo que debían estar de compras, como yo. Sonreí y me levanté, acariciando mi barba incipiente, en dirección a la cocina. Mis dos chicas estaban fuera, comprando regalos para mí. Qué menos que darles una sorpresa con la cena.

La madre tiró del niño, y siguieron andando calle abajo, en dirección al bullicio montado en la plaza, unos metros más abajo. Al parecer, algo importante sucede hoy para esta sociedad de la que no quiero formar parte. Termino de incorporarme y sigo bebiendo a chupitos la botella, que baja suave por una garganta entrenada durante largos años en la calle. Cojo el libro que empecé ayer y continúo donde lo dejé solo para ignorar a la tinta y volver al pasado con a mirada perdida.

La mesa ha sido servida, pero ellas aún no han venido. Sobre el mantel, dos platos y velas adornan el centro. Empiezo a preocuparme. Elsa me hubiese llamado para decir que se retrasaba tanto. Descuelgo el teléfono y marco el número de su madre. No está allí. Cuelgo y vuelvo a probar. No están con la familia, ni con unos amigos a los que solemos visitar. Llamo a la comisaría, e informo de que no localizo ni a mi mujer ni a mi pequeña. Toman nota, pero tiene que pasar algo más de tiempo. Me dicen que si mañana por la mañana aún no sé nada, vuelva a contactar.

Dejo el libro a un lado. Es imposible concentrarse en nada últimamente. Demasiada Navidad a mi alrededor. Demasiado espíritu familiar, como el que perdí yo hace veinte años, justo después de aquella llamada.

El teléfono suena mientras trato de distraerme con la televisión. Me levanto de un brinco, impaciente, y descuelgo el auricular.

—¿¡Elsa!?—pregunto esperanzado.

—Hola, buenas tardes, ¿hablo con Gonzalo Valero Río?

—Sí, pero no quiero comprar nada, estoy esperando una llamada—interrumpo. No quisiera que mi mujer llamase mientras estoy hablando con esta señorita. En el fondo, sé que no van a venderme nada. En el fondo, ya sé lo que ha ocurrido.

—Gonzalo, ¿es usted marido de Elsa Martín Gómez?

La pregunta cala en mi interior con mucho más significado del que parece tener en un principio. Me pregunto por qué no dan las malas noticias de manera directa. Hay frases en nuestro diccionario colectivo que deberían ser eliminadas. Esta es una de ellas. Asiento con la cabeza, en silencio.

—Señor Valero, ha habido un accidente.

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