Hasta aquí.

Para cuando Carmen se dio cuenta del engaño, ya era demasiado tarde. Veinticinco años, un marido, y dos hijas tarde. Lo percibió del mismo modo en que han sido descubiertos las grandes ideas: por error. Un día cualquiera, al entrar en casa.

hasta aquí

—Mamá, ¿me das pasta?—irrumpió Marta, la pequeña, nada más abrir ella la puerta.

Carmen entraba empujando la puerta con el hombro derecho mientras en las manos llevaba varias bolsas de la compra. Marta la observaba desde el pasillo, completamente vestida para salir, sin ayudarla en ningún momento.

—Te estaba esperando, podías contestar de vez en cuando al WhatsApp—añadió—. Papá no tiene dinero, dice que te lo pida a ti.

Carmen dejó las bolsas en el suelo y cerró la puerta solo para cargarlas de nuevo a la cocina, donde las dejó sobre la encimera y empezó a descargarlas. Primero los congelados.

Marta la seguía de un lado a otro como un perrito que esperase su premio por haber hecho algo bien. Con la salvedad de que, a diferencia de su madre, ella no hacía nada para ganarse el dinero que Carmen le daba.

—¿Has hablado con papá, Marta? Yo no he podido encontrarle.

—Claro, mamá. Si está abajo, en el bar. Donde siempre.

Carmen dejó de mover objetos durante un segundo, dejando un paquete de quesitos sostenido en el aire. Luego, lo depositó suavemente en la encimera y se sentó en una silla. A diferencia de las del salón, las sillas de la cocina eran frías e incómodas, algo que no pareció importarla.

—¿Mamá?—Marta llamó su atención hasta que la madre salió de su ensimismamiento. Luego, ordenó—Que si me das pasta, que no tengo.

—Claro, hija, ¿cuánto quieres? ¿Cinco euros? ¿Diez, veinte?—La pequeña sonrió, y estuvo a punto de contestar que sí cuando la madre siguió preguntando—¿Cincuenta, cien? ¿Mil euros? ¿Quieres mil euros, cariño? Por hacer qué, ¿tocarme las narices?

Carmen se levantó, cogió el bolso y se dispuso a salir de la cocina.

—Mira, hija, si recoges toda la compra, y lo haces bien, el domingo te daré la paga que no te mereces, y será aquello que me sobre de los asuntos de la casa, nada de una cantidad fija. Empieza ya, que los congelados van a empezar a gotear.

—Pero…

—¡Vamos, Marta!—corrigió Carmen por primera vez en muchos años. Quizá, demasiados—Voy a ir a ver a tu hermana. Si cuando haya salido de su cuarto no está la cocina recogida, olvídate de la pasta. Y la paga de tu hermana dependerá de cómo recojas la cocina.

Avanzó hacia el fondo del pasillo, donde había menos luz, y llamó a la puerta de Belén, su hija mayor. Volvió a llamar, y una tercera vez. Abrió la puerta y se encontró a su hija donde acostumbraba: frente al ordenador con los auriculares calados.

—Mamá, joder, avisa, que estoy hablando—dijo mientras cerraba una pestaña.

—¿Estás hablando? Uy, perdona, cariño. Entonces supongo que no querrás paga esta semana.—Carmen sonrió sin un solo gesto de afecto—Mira, hija: tú, tu padre y tu hermana me tenéis hasta el coño. He venido cargada y ni uno solo me ha ayudado, aun a pesar de que os he llamado a los tres y ninguno tiene nada que hacer.

—No había…

—Belén, cállate—sentenció la madre—. ¿Hay tinta de impresora?

—No, si no has comprado tú, no hay.

—No, no he comprado tinta de impresora. No importa.—Miró su reloj—. Son casi las cinco, la reprografía de abajo está a punto de abrir.

—¿Qué quieres imprimir? ¿Te dejo un pincho?—preguntó Belén a su madre.

—¡Oh, qué amable por tu parte! Pero no, cariño, porque vas a bajar tú a la calle. Entra en Internet. Ahora. Vamos, o ni tú ni tu hermana recibís paga esta semana. A ver cómo le explicas a ella que no cobra porque tú no quieres ayudarme.—Volvió a sonreír sin afecto mientras Belén desplegaba el navegador.

***

Diez minutos después salía del cuarto de Belén. Acudió a la cocina, y esta estaba ya recogida, pero no había rastro de la pequeña. Probablemente había salido de todos modos.

—Qué más da…—dijo Carmen en voz alta—. ¡Vamos, Belén, que ya son las cinco y quiero ir a hablar con tu padre! Y como le digas algo antes, a él o a tu hermana, ya sabes lo que te espera.

Belén salió de casa unos minutos después, en silencio. Volvió media hora más tarde.

—Había cola—dijo, tendiendo un pequeño paquete de folios.

—No te preocupes, media hora no es nada comparada con veinticinco años—dijo agradecida—. Venga, ya puedes encerrarte en tu cuarto hasta la cena. Aire.

Belén desapareció, y Carmen se sentó en la cocina a leer los documentos. Lo hizo con mucho detenimiento a lo largo de casi dos horas. Luego, volvió a coger el bolso y bajó al bar.

***

—Hombre, Carmen, cuánto tiempo—saludó Fermín mientras servía dos cervezas a una mesa junto a la puerta—. ¿Qué te pongo?

—Nada, gracias, estoy de paso. Tengo que decirle algo a mi marido. ¿Dónde anda?

—¿Dónde va a andar? Ahí, en la barra, como todos los días. Que este es mi bar y me encanta que venga, pero a ver si espabila y busca trabajo, que su cuenta ya empieza a pesarme a mí. Dile algo, mujer.

—Eso seguro, Fermín. No te preocupes.

Avanzó hacia la barra y puso la mejor de sus sonrisas. Pablo estaba apoyado sobre la barra con un botellín en la mano, mirando hacia la tele, sin verla.

—¡Hola, cariño!—dijo Carmen todo lo alto que pudo.

—Hostias, Carmen, qué susto. ¿Qué haces aquí?

—Pues ya ves, que me he dicho «voy a bajar un rato, que así veo a mi marido. A ver qué hace y por qué no me ha ayudado a subir la compra».

A estas alturas, las once personas del bar observaban la escena. Incluido el dueño, quien se había detenido en mitad de la sala.

—Ay, perdona cariño, no lo sabía.—Trató de justificarse Pablo.

—Bueno, no te preocupes, si nos ha venido bien y todo. Ya lo verás. Mira, hasta te he traído un regalito.

—¿Qué me has traído, mujer? No me tienes que comprar nada, que ya sabes que no tenemos mucho dinero.

—Sí, eso ya lo sé—dijo Carmen mirando los cinco botellines junto al brazo de Pablo—. Lo sé porque soy yo la que trabaja todos los días y la que lo administra mientras tú y nuestras hijas lo echáis por tierra.

—Hombre, mujer, no te pongas así, si…—Cogió los papeles. Su cara palideció—Carmen, ¿qué es esto?

—Pues mira, esto es para que puedas venir al bar todos los días sin que yo te diga nada. Eso sí, tendrás que pagar tú tu cerveza, es la pega. Tienes que firmar en todas las páginas y luego dármelo a mí. Y ahora me voy a la comisaría a informar de que te he pedido el divorcio. Que una ve de todo por la tele, y se preocupa. No vaya a ser que a alguien se le vaya la mano esta noche. Que por cierto, duermes en el sofá de mi casa.

Carmen salió del bar con una sonrisa. Esta vez, de las de verdad.