Inquieta tranquilidad

Se preguntó por qué. Cómo era posible sentirse cómodo en aquel ambiente cargado de ruido y gente. Un ambiente inquieto y violento, de movimiento constante. Luego, bajó la mirada hacia el libro de tapas marrones y hojas amarillas. Y el vagón empezó a moverse con cadencia lenta para acelerar y huir del andén, en busca del siguiente.

Inquieta tranquilidad

Hacía años que ocurría del mismo modo: cada vez que trataba de centrar su atención en las páginas, algo aparecía en su mente. Cuando leía en el silencio de su vivienda, las paredes lo oprimían y se combaban hacia su persona, que decrecía sentada en el sofá que, a su vez, lo engullía poco a poco entre sus pliegues. La habitación lo comía y masticaba, deglutía eternamente hasta que cerraba el libro. El espacio de la habitación al completo luchaba por expulsarle de ahí, desalojando de aire respirable la sala, intercambiando una atmósfera gélida por aire abrasivo.

Necesitaba salir de casa para poder aguantar el peso de un libro en sus manos. Cogió el volumen de la encimera y salió. Cerró la puerta blindada con las dos cerraduras y bajaba los cuatro tramos de escaleras que le separaban de la calle.

Fuera de la vivienda era otoño. Se colocó la bufanda mientras caminaba hacia el sur, hacia la parada de metro más cercana. Cinco minutos después, bajaba las escaleras hacia el subsuelo. Caminaba rápido mientras parecía flotar sobre los escalones. Quería llegar cuanto antes al vagón. Introdujo el ticket en el torno y lo cruzó. Bajaba al andén cuando el tren lo alcanzaba.

Mejor. No le gustaba leer en el andén. De nuevo, las paredes cayendo sobre él. De nuevo, demasiado silencio.

Entró en el vagón y las puertas se cerraron detrás de él. Notó la atmósfera contenida en el interior del cilindro de metal y su ambiente viciado. Respiró tranquilo. Percibió el murmullo de la gente a su alrededor y el olor a cerrado. Localizó un asiento entre dos personas y se retiró la bufanda del cuello, acalorado. Luego, abrió el libro por la marca y lo dejó sobre su regazo, pensando en que ya no tenía cobertura. Sonrió al percatarse de ello.

Es por la distracción de las máquinas, escribió un día en un pedazo de papel que llevaba en el bolsillo, recordó.

Los pedazos de papel en el bolsillo son necesarios, pensó. Como un espacio donde depositar los pensamientos que agobian la cabeza y distraen de la lectura. Pero en casa no hay suficientes folios.

Mientras que en la vivienda le era imposible leer nada, allí en el vagón móvil y lleno de gente, las páginas volaban. No prestaba, por supuesto, ni la mínima traza de atención a las personas que subían o bajaban, al frenar o acelerar del tren, ni a esa sensación de calor que daba al juntarse los cuerpos durante ambos movimientos del tren. Mientras estuviese allí sentado, no había más que palabras escritas en hojas amarillentas hasta que sonase la alarma del reloj.

Había elegido la única línea que no se detenía en ningún momento: la circular. Pasarían horas hasta que el vagón fuese a las cocheras. En ese momento, cogería el siguiente. Le confortaba el ruido ambiente y el trasiego de la gente. En casa le resultaba imposible leer nada. Demasiado poco ruido. Demasiado espacio en blanco con el que distraerse, demasiado que colorear con su mente. Mucho trabajo pendiente.

El metro, sin embargo, era el lugar perfecto para leer, en una atmósfera de inquieta tranquilidad saturada de movimiento en la que perderse.

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