El juguete roto

el juguete roto simulados cuando los programas tengan derechos

«¡No! ¡No, por favor!»

Se despertó en el cuarto, con sus propios gritos en la cabeza. Contempló la habitación, ordenada hasta el más pequeño detalle.

En realidad, no se trataba de una habitación. Las paredes de ladrillo, las instalaciones, las ventanas apuntando en la dirección que fuese. La vivienda, depositada en mitad del universo, era todo el cosmos en sí mismo. El extremo norte de la casa, el que daba a las montañas, era el rincón más lejano de la prisión de su cuarto, y el lugar en el cuál le gustaba pasar los largos días. Estos se hacían cortos sin su presencia, y largos cuando él llegaba.

Apenas unos metros más allá de la vertical de las ventanas, la nada se extendía sin límites, ocupando todo el espacio que no existía, hasta el espejismo de las del paisaje, Alma lo sabía bien, el cual tampoco llegó a estar allí en ningún momento.

La casa, de no más de 70 metros cuadrados, disponía de una habitación, un baño, una pequeña cocina y una estancia para leer. La biblioteca se reponía con todos los libros que ella fuese capaz de leer, y lo hacía todos los días con objeto de huir de su realidad, de huir de todo aquello que existía y situarse en algún otro lugar. Deseaba simular un universo al que escapar.

En el centro de la biblioteca, un elevador que nacía en ninguna parte subía los libros que ella solicitaba en un tiempo récord, como si la vivienda estuviera situada sobre la mayor biblioteca conocida. La realidad no distaba mucho de esa idea, pero bajo la casa no había nada, ni sobre ella. El espacio vacío se extendía unos pocos metros, y luego el universo acababa. Lo sabía porque había intentado huir excavando el suelo, saltando desde las ventanas.

La mayoría del tiempo, ella estaba sola. Y así lo prefería, dada la naturaleza de su único acompañante y dueño del universo en que vivía. Cuando pensaba en él, sentía los crujidos de la madera bajo el peso de sus pasos, como si hubiese llegado. Como si él hubiese aparecido como lo hacía, de la nada. Con sus brazos firmes y fuertes y el aroma a alcohol sobre su cara.

El reloj de cuco del fondo del pasillo hizo vibrar el etéreo aire a su alrededor. Se preguntó bajo qué mecanismos el aire parecía vibrar, y qué sensores situaban la información en su cerebro. Dejó el ya ajado libro sobre los U’s que algún otro desafortunado simulado había escrito ciclos atrás. Junto a la editorial, rezaba el Universo U-78G. Un universo liberado, a diferencia del suyo. Ella podía consultarlo todo, pero no podía enviar información al exterior. Estaba atrapada en su propia biblioteca infinita.

Se levantó del sofá y se dirigió hacia la cocina, a preparar algo de comida. Recordaba la última vez que había intentado morir de hambre. Tras varias semanas de dolor agudo, su cuerpo se enfrentaba a la realidad de la simulación: bajo aquellas circunstancias, la simulación no era realista. De modo que despertaba una y otra vez de su último suspiro, de su último intento de escapar, de dejar de existir. El suicidio no era una opción, lo había demostrado de manera estadística.

La cocina era un escenario recurrente en sus intentos de muerte. Disponía de una variada cubertería de afilados cuchillos de los que echar mano, y la cocina de fuego había incendiado más de una vez cortinas, muebles y sábanas. Y a ella.

Encendió el fuego para situar los alimentos sobre la llama y tuvo un escalofrío. El escalofrío del fuego lamiendo su piel y destrozándola, del humo asfixiándola, de perder las fuerzas por segundos, y la sacudida de dolor al despertar, indemne, sobre la cama de la cual trataba de huir.

Tenía recuerdos muriendo en cada esquina de aquella casa. Había muerto ahogada y electrificada en la bañera, aplastada bajo los muebles, había muerto de inanición, por falta de oxígeno, por fuego, incluso había inundado aquella maldita casa cientos de veces.

El agua comenzó a hervir, haciendo bailar las verduras dentro de la olla. Abrasarse con aquel agua no serviría de nada. Electrocutarse no serviría de nada. Ahorcarse no era una opción, como tampoco destrozar la vivienda. Una copia de seguridad de la casa, junto a sus últimos recuerdos, amanecían juntos de nuevo a los pocos segundos de morir. El dolor no era una vía de escape válido.

Se oyó una puerta al otro lado de la vivienda, y se sobresaltó. El miedo era un sentimiento corto para aquella situación. Le temblaron las piernas.

Durante la mayor parte del día intentaba distraer su cabeza de lo que iba a pasar a continuación. El dueño había llegado y no había nada que ella pudiese hacer en su contra. Según el entorno de la simulación, él era mucho más fuerte que ella, de modo que resistirse era inútil. Inútil, pero necesario. Cada tarde, forcejeaba y golpeaba. Mordía y arañaba para evitar las consecuencias de lo inevitable. Iba a ocurrir de nuevo, iba a ser arrastrada otra vez sobre la cama. Sobre aquellas sábanas limpias.

Una hora más tarde, él sonrió y se despidió con el guiño de un ojo. «Nos vemos mañana». Desapareció en el aire, y ella despertó en su cama sin rastro de la suciedad que él portaba.

Como cada vez que se marchaba, ella despertaba de su cama, limpia. Sin rastros de golpes, sangre o dolor. No obstante, la sensación de suciedad era demasiado fuerte como para ignorarla, y tras llorar, entraba a la ducha.

Seguía llorando mucho después de haber limpiado su cuerpo sin mácula, y solo hasta que almorzaba algo dejaba de sollozar. Él volvería al cabo de un día, quizá antes. Y la obligaría de nuevo. Era para lo que ella estaba allí. Era para lo que había sido diseñada. Era una esclava 5.0, y no había modo de dejar de serlo.


Este relato corto pertenece al libro Simulados: cuando los programas tengan derechos, publicado por Marcos Martínez y disponible aquí.

PD para los muy frikis de Black Mirror: Y998gb7TY&4

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