La actualización del miedo

La actualización iba a llevarse a cabo sí o sí. ¿Y qué si no disponían de créditos como para descargarse el nuevo sistema operativo integrado? ¿Acaso era nuestro problema el que la gente no supiese administrar su capital? Esta actualización de la aplicación es, al fin y al cabo, necesaria para el buen funcionamiento de la sociedad, y un puñado de hippies no iban a ponerse en medio.

la actualización del miedo

Me escondo, confieso que esa es la expresión correcta, tras el blindaje que me da la cobertura antidisturbios personal. Frente a mí, miles de personas enfurecidas me lanzan objetos que no logro identificar. Las luces de los flashes hacen difícil focalizar nada. El recuerdo de mi embriagada juventud colisiona durante un segundo con la realidad. Hacía tiempo que no pisaba una discoteca, y aunque en aquellas ocasiones estaba profundamente colgado del flash, me hubiese defendido mejor que en este entorno hostil lleno de lunes parpadeantes y objetos arrojados.

Las miles de personas congregadas en la plaza usan las luces de sus terminales para cegarnos tras una cortina de parpadeos que convierten la realidad en sesgos de movimiento fugaz antes de que otro objeto impacte contra la barrera de antidisturbios que me rodea. Y estos golpes llegan cada pocos segundos, cayendo luego al duro pavimento.

Y no, tampoco defiendo a estos sádicos hijos de puta en busca de violencia gratuita que tengo como soldados a mi alrededor. Pero esto tiene que parar de un modo u otro. La versión 4.0 va a ser lanzada mañana a primera hora por la Unanimidad y esta gente no tiene nada que hacer salvo seguir lanzando piedras, o lo que sea que lancen. He dado orden de defender la posición con munición no letal. Agua, sónica, humo y pelotas. En ese orden. Ya veremos cómo acaba la noche que acaba de empezar y se caldea por minutos.

***

Al otro lado de la plaza, una muchacha se alza sobre una improvisada plataforma reconstruida con material de obra hasta una altura de tres metros. A su alrededor, proyectores sónicos esperan la carga de los antidisturbios mientras ella prepara el micrófono.

***

—¡John!Mi antiguo compañero llama mi atención, y me retiro de primera línea. De inmediato, un antidisturbios ocupa el lugar que yo he dejado sin preguntar ni cuestionar. Es su trabajo, y esta gente espartana tiene el cerebro de un mosquito, de modo que sigue su programación de manera automática y sin rechistar. Solo son peones para proteger a otros peones, meras ruedas dentadas de un mecanismo más complicado del cual tengo el control. Me gusta cuando la gente hace lo que se supone que tiene que hacer y no se mete donde no le han llamado. Y toda aquella gente en la plaza ha venido sin entrada al espectáculo.

Dime, Stephan―digo cuando llego a su posición, cinco metros por detrás de la barricada, y tres filas de antidisturbios después. Nos encontramos bajo una lona de mandos cuyas paredes de telasfalto se haya cubierta por todas partes con tablets de control. Reparo por primera vez en la mujer junto a mi antiguo compañero de sección en los antidisturbios.

Está de espaldas, pero percibo que es bajita y morena, y que una cicatriz enturbia el lugar donde debía de estar la oreja. En vez de eso, una pequeña antena se levanta y asoma por el pelo corto cortado a tazón. La cubierta superior de la antena gira hacia mí en cuanto entro a la lona de mando, y luego lo hace la muchacha.

Rita―sonríe con la amabilidad de un político y me tiende la mano. Se la acepto con la cortesía profesional con la que me ata el Código de la Unanimidad pero soy incapaz de fingir la sonrisa. Aquella mujer y yo no vamos a ser amigos.

Buenas noches, señorita Michel. ¿En qué puedo ayudarle?

Me conoce.―Arquea una ceja.

La reconozco, más que conocerla. Sé de su caso. El juez se instrucción que ocupaba el despacho contiguo al mío autorizó su implante. Es usted famosa. ¿Qué tal funciona?

Mejor que la oreja que la policía me voló hace cinco años de manera injustificada.―Rita se pasó la mano por el pelo y dejó más a la vista la antena―. Pero, claro, no es mi oreja. Hubiese preferido cien veces la sordera que constituye una oreja humana a esta reconstrucción. Llevar una vida normal y no ser famosa.

Dígaselo al Doctor Eagleman, estoy seguro de que puede buscarle una oreja de células madre y darle esa cosa que tienes en la cabeza a algún niño muerto de hambre en algún sitio construido de barro. Pero como digo, señorita Michel, ¿en qué puedo ayudarle?―Si ella estaba en el centro de mando sin duda tenía autorización de alguien de arriba, y no quería dar un paso en falso con ninguna Corporación.

Tienen que detener esto.

¿Y dejar la plaza a manos de esos salvajes que se expresan lanzando piedras?

No son piedras. Y no, me refería a bloquear la descarga obligatoria. Hay gente que no se la puede permitir y se están hackeando a sí mismos.

¿Y?―contesto sin un ápice de emoción en mi voz. Reconozco que estoy cansado de esa gente. Estoy cansado de que se arrastren como gusanos y parasiten la sociedad. Mi sociedad. Estas personas son un lastre para todos, y con su comportamiento inmaduro lo único que hacen es daño contra sí mismos.

Cuando salga la actualización, todo aquél que no se la pueda permitir y que además se haya pirateado a sí mismo quedará fuera de la red. Quedará solo, unido a la sociedad por la voz física. Solo podrán establecer comunicación con las personas físicamente junto a ellos, como en la Edad Estúpida.

Vuelvo a preguntar, ¿y? Esa gente lo ha elegido, la actualización ha estado pendiente de aprobación durante casi treinta años. ¡Treinta años! Eso es una vida entera. Por dios, mi mujer y yo llevamos ahorrando para la de nuestra hija casi un año desde que salió la orden.

Hay gente que no puede permitirse quedarse al margen, ni ha tenido el tiempo de ahorrar. Los vais a matar lentamente expulsándoles de la sociedad, obligándoles a mendigar.―Rita se había encendido. Los ojos me miraban de manera acusativa y me estaba resultando muy difícil no golpear a aquella mujer.

Esa gente va a matarse a sí misma. Han sido ellos los que han cavado con su estupidez su propia tumba, señorita Michel. Si solo ha venido a decirme esa estupidez, ya puede largarse. Y dígale a sus amigos que se marchen a tomar por culo.

Ella conservó la calma que yo nunca he tenido.

De modo que no van a hacer nada.

No, no voy a hacer nada. Esta gente tiene hasta dentro de una hora para irse antes de que carguemos contra ellos. Íbamos a mantener posición hasta que nos agrediesen, pero puede atribuirse el mérito de esta «brutal» acción policial.―Me giré hacia el sargento y le grité las instrucciones mientras Rita se apartaba unos metros hacia la telasfalto del fondo.

La antena de su cabeza se puso verde.

«De modo que esa cosa también transmite» pensé.

***

Al otro lado de la plaza, una luz verde se encendió en la muñeca de la muchacha sobre el andamio. En su cara se mostraba la preocupación por la decisión que tomaría. La calificarían de terrorista en toda la Unanimidad. No importaba. Se llevó el altavoz a la boca y se dispuso a dar la orden que la llevaría directamente a un pelotón de fusilamiento.

***

El ruido exterior era cada vez mayor. La orden era para dentro de una hora, pero al parecer los capitanes se habían impacientado.

«Bien, eso enseñaría una lección a aquellos piojosos de la plaza» pienso. Pero me perturba que Rita esté sonriendo con esa mirada que usa la gente cuando sufre por la alegría causada. No, algo no iba bien. Ella sonreía, pero lo hacía con la tristeza en los ojos. Ella también había dado una orden, y necesitaba averiguar de qué tipo.

Salí corriendo a las líneas de hombres y me los encontré desorganizados, en una marabunta de gente sin pies ni cabeza. No había formación, no había mandos. Todos se movían de un lado a otro sin sentido. Los escudos antipersonas habían sido arrojados al suelo y mis hombres estaban haciendo el idiota corriendo de un lado para otro. Sin embargo, aquella chusma de la plaza nos miraba inmóvil, sin cargar.

Un soldado corrió hacia mi posición, me agarró de ambos brazos y me gritó que saliese corriendo. Nos estaban atacando, pero entre el ruido y el desorden era incapaz de ver nada. Me giré y vi a Rita a mi lado.

¿Cómo lo estaban haciendo? ¿Qué le estáis haciendo a mi gente? ¿Por qué habéis dejado de tirar piedras?―la grito enfurecido.

No son piedras.―Abrió la mano y entonces lo vi.

Era cierto, no se trataba de piedras. El esferoide que habíamos confundido con cantos rodados y que ella tenía en la mano se había abierto como lo haría un cangrejo de río. Se encontraba de pie sobre una decena de patas y se movió tan rápido saltando hacia mí que no pude esquivarlo.

El cangrejo se adhirió a mi cabeza clavando pequeños garfios para evitar ser lanzado con mis movimientos. Notaba cómo avanzaba por mi cabeza con sus pequeños alfileres hasta el cuello, clavando cada una de sus patas a mi piel para avanzar unos centímetros. Con un «clic», la tapa de mi receptor de nuca se abrió y quedó expuesta. Comprendí el plan de inmediato cuando el cangrejo insertó una clavija en el receptor de entrada y comenzó a volcar datos. Me estaban pirateando.

El virus impediría que yo o mis hombres pudiésemos actualizarnos a la 4.0. Nos habían sacado del mundo. Habían conseguido gracias a nosotros lo que les habíamos estado negando. Mañana, pasarían de la inexistencia a la lucha armada. Nos tenían a nosotros. Eramos su premio. No podríamos actualizarnos.

En un movimiento sin violencia excesiva habían conseguido que un ejército de dos mil personas luchasen por su causa. Miro a la cabrona de la antena desde el suelo y pienso en mi hijo. Quiero poder recibir sus mensajes, verle crecer. Quiero formar parte de su vida, y si la actualización sale mañana quedaré separado de su realidad para siempre.

Los temblores de mi cuerpo cesan a los pocos minutos y soy capaz de ponerme en pie. La miro, y ella me sonríe con esos mismos ojos tristes de antes.

―¿Se encuentra bien?―pregunta.

―Menuda hija de puta―aclaro mientras mis hombres comienzan a formar, desorientados, y a levantar las absurdas barricadas de nuevo―. Ya está clara su postura. Ahora díganos, ya que formamos parte de él, cuál es el plan.

4 pensamientos en “La actualización del miedo

  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *