La anciana que sabía doblar a las personas

Mae, con el cariño que caracterizaba a las señoras mayores, cogía uno de los folios de colores de la mesa y llevaba la esquina superior derecha al lado largo contrario, formando un triángulo grande y un rectángulo en la base del folio. Retiraba este último y abría el doblez del isósceles para doblar la segunda diagonal.

La anciana que sabía doblar a las personas

Una vez hecho esto, llevaba cada una de las puntas del cuadrado al centro, formando uno más pequeño al que daba la vuelta y con el que repetía la operación. Las esquinas pasaban del exterior al centro del cuadrado. Luego, marcaba todas y cada una de las líneas con sus dedos sin unas, y desplegaba tres de los cuatro lados, dejando el cuarto doblado sobre el centro del cuadrado.

Con un giro de muñeca que nunca supe copiar, Mae desplegaba una pajarita grande, del tamaño de la diagonal de un folio. Luego, aplaudía sin apenas hacer ruido, sonreía con su cuidada dentadura postiza y colocaba la pajarita sobre alguno de los muebles de la sala de juegos.

Esta resultaba amplia para todo aquél que la veía por primera vez, pero tormentosa y pequeña para cuando veía cómo los ancianos convivían en ella. La falta de juegos y espacio solía ser el mayor motivo de conflicto en la residencia. Apoyadas por la senilidad y la sensación de insatisfacción permanente de los residentes, la sala de juego era el caldo perfecto para las reyertas y los gritos. Hasta que llegó Mae.

He trabajado en esta residencia de ancianos durante casi quince años, y nunca he visto nada como ella. El primer día se aseó y vistió ella sola, dejando que las auxiliares y enfermeras tuviesen unos segundos de descanso. Salió al pasillo, a explorar, y cuando hubo recorrido una vez todo el edificio, fue directamente hacia la sala común.

Allí permaneció bajo el dintel de la puerta durante casi cinco minutos. Recuerdo que pensé que podía tener alzhéimer, miedo, o que incluso se podía haber hecho sus necesidades encima. Al fin y al cabo, esto último no era infrecuente aquí. Pero, una vez hubo inspeccionado a fondo toda la sala, y toda la gente de dentro le hubo prestado un mínimo de atención, caminó hasta el armario donde se guarda el material. Avancé junto a ella con la llave en la mano, y abrí el mueble para que viese lo que había dentro.

Las palabras que le dirigíamos no tenían contestación. Nunca hemos estado del todo seguros de si podía hablar castellano, porque nunca nos habló en todo el tiempo que estuvo con nosotros. En lugar de eso, señaló con la mano un paquete olvidado de folios al que nadie prestaba atención. Descansaba bajo un dominó con piezas faltantes, y tenía disponía de una decena de colores diferentes. Ella lo cogió, se lo llevó al pecho y lo abrazó con la ternura de una niña. Con los folios bajo su protección, volvió a inspeccionar la sala.

Este era un momento particularmente difícil. El nuevo trataba de abrirse camino y espacio en una sala abarrotada, y raro era que no causase molestias a los residentes que se habían ganado un territorio para ellos. Pero Mae avanzó hacia una mesa ocupada por dos señoras y un caballero que, en contra de todo pronóstico, cedieron una silla a la sonrisa. Mae se sentó con la espalda muy recta, sacó un folio del paquete, y empezó a doblarlo ante la atenta mirada de todos sus compañeros.

Una vez hubo terminado la primera pajarita, se levantó y la colocó en el centro de una mesa cercana, donde fue admirada por sus dos ocupantes, que agradecieron el detalle. Hizo lo mismo con las siete siguientes, dejando una en cada mesa, hasta que todas tuvieron al menos una. Luego, empezó con los muebles.

Lejos de provocar tensiones, Mae parecía limar las asperezas entre los residentes, como si aquellas figuras de papel absorbiesen la reyerta y las ganas de pelear. Cada pajarita era de un color, y estas empezaron a aparecer en lugares insospechados de la residencia, producidas no solo por Mae, sino por los muchos aprendices que le salieron. Aun a pesar de que los ancianos tienen prohibida la entrada a casi todo el edificio, hemos llegado a encontrar pajaritas sobre muebles en el sótano, en la biblioteca, dentro de las herramientas de cocina, e incluso sobre el tejado. Aún hoy seguimos abriendo libros y dejando caer las figuras de papel.

Cuando Mae murió, se celebró por primera vez un entierro con la ayuda de todos y cada uno de los residentes, médicos, auxiliares, cocineros y el resto de personal del edificio. Nadie hubiese querido faltar a la despedida, y cientos de pajaritas, ninguna con la delicadeza con la que Mae las doblaba, fueron liberadas sobre su tumba.

Recuerdo con cariño la mirada y sonrisa de aquella anciana, y trato de emularla décadas después de que Mae se fuese de este lugar. Sin embargo, ella tuvo mucha más fuerza de la que tengo yo. «No quiero volver a pasar por la sala de juegos» pienso mientras observo mis manos arrugadas. Los gritos y las peleas han vuelto, y mis pajaritas no funcionan.

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