La bondad de los monstruos

Monstruos. De aspecto terrible y sin el don de la palabra. Bestias deformes de lánguidos y guturales lamentos. Eso es lo que eran, y por esa razón les dimos muerte a todos mucho antes de descubrir el motivo por el que estaban aquí. Qué más daba, si podíamos destrozarles y hacerles volar en mil pedazos. Qué más daba si habían venido a ayudar.

la bondad de los monstruos

Monstruos con una coraza que costaba perforar con armas de energía pero cuya piel se rompía con el deslizamiento de las balas a través de sus frágiles cuerpos. Así son los monstruos de nuestras pesadillas. Masas informes y aterradoras demasiado fáciles de matar.

Ya no importan los motivos. Los verdaderos monstruos han llegado detrás de la primera andanada y ya no hay nada que nos defienda del verdadero horror, de los gritos enfermizos de los humanos que mueren a millones por las calles de todo el planeta. El terror tiene la delicadeza de una niña pequeña cuando despezada a los humanos.

Con forma humanoide, observo desde la ventana cómo varias de esas criaturas despedazan a una madre y a su hijo pequeño, bañando de sangre la calle repleta de papeles. Ajeno al dolor y acostumbrado a la matanza, me pregunto de dónde habrán salido tantos recortes de periódico y papeles. Da la impresión de que cada vez hay más, diseminados por las calles, y que cada vez están más rojos de la sangre de los cadáveres. Al cincuenta metros de mi posición, uno de los grandes, de apenas metro y medio de altura, ha abierto en canal a la madre con un movimiento de su garra. El pequeño, a cuatro patas, corretea en círculos alrededor del niño asustado, de su misma estatura. Está jugando con él. A los alienígenas les gusta jugar con la comida antes de destrozarla mediante un mecanismo que no sabemos cómo funciona. Armas energéticas, dijo alguien justo antes de que se apagasen las luces. Las mismas armas energéticas que no afectaban a nuestros primeros monstruos.

No disponemos de ninguna de defensa contra los atacantes. El fuego no sirvió de nada, salvo para ayudar a quemar nuestras propias ciudades y reducirlas a cenizas y agujeros humeantes en mitad de la faz de la Tierra. Disfrutando del sangriento espectáculo, me pregunto si es así en todas partes. Aún estoy esperando que los recortes de periódico desaparezcan de las calles y que éstas se llenen de marines de uno u otro países, que los ejércitos que masacraron a nuestros aliados barra las calles y las limpie de aquellas alimañas humanoides que juegan con su comida, con nosotros.

«Y con nuestros cadáveres» pienso mientras veo cómo ambos alienígenas cocean el cadáver del niño pequeño mientras lo destrozan poco a poco. Pronto se aburrirán, se comerán las partes menos duras y se irán a matar a otra parte.

Aún espero que los monstruos a los que matamos nos salven la vida, que renazcan mágicamente de las cenizas en las que los convertimos. Me repliego al otro lado de la casa que ocupo desde hace varias noches. Está anocheciendo y es cuando estas nuevas criaturas salen a cazar. Mejor dormirse, o al menos intentarlo. Cierro los ojos, y cambio una pesadilla por otra. Debería seguir moviéndome, pero la pereza a acampado en esta cómoda residencia que aún cuenta con agua a presión. La pesadilla de los tiempos buenos vuelve a mi cabeza.

 ***

Cuando vino la primera andanada de monstruos yo estaba en clase. Recuerdo que era imposible dejar de mirar a una de mis compañeras. Tenía el pelo rojo y mordía el extremo de un bolígrafo. Varias veces me había descubierto observándola, y varias veces había bajado la cabeza notando el calor en mis mejillas.

Ya no existía ese calor. Hacía meses que se había ido de nuestra vida. El calor se había extinguido del mundo.

Esa fue la última vez que vi a aquella chica. Si la volviese a ver ahora no hubiese tenido la vergüenza de no pedirle una cita. Si la viese ahora la besaría sin importar lo que pasase después. Cuando el apocalipsis llama por segunda vez a tu puerta, tus perspectivas empiezan a cambiar y las preferencias animales surgen a flor de piel. Una valentía de la que no tenías constancia te abrasa el pecho y te conviertes en un témpano. Uno que permanece inmóvil para no ser descubierto incluso aunque una mujer y su hijo sean asesinados frente a ti.

Creo que se llamaba Clara, aunque no estoy seguro. Ya qué más da. Es casi seguro que ha muerto. Apenas me encuentro con una persona a la semana de los millones de habitantes que había en mi ciudad.

«Sí, seguro que ha muerto» pienso dentro de mi pesadilla mientras sigo en clase, mirándola de nuevo, sabiendo que pronto estará muerta y sin poder levantarme de la silla. Repito lo que hice aquél día cada noche, y no la beso porque aquello no fue lo que hice.

El reloj de la pared se encontraba aún a cinco minutos de la hora del timbre cuando nos dimos cuenta del ajetreo en la calle. Cientos de personas corrían de un lado a otro y no dejaban de pasar vehículos de policía. El profesor suspendió la clase al minuto siguiente y yo salí a la calle con mi mochila. La misma que aún duerme conmigo, ahora llena de comida, antes se encontraba repleta de hojas de papel. Quizá los papeles que cubrían las calles fuesen eso: los apuntes de los miles de estudiantes devorados por aquellas cosas. Cada vez que uno de esos humanoides captura a un estudiante, lo convierte en una bola de papel que esparce por la ciudad.

Cuando salí a la calle me separé de Clara y la eché una última sonrisa tímida. Supuse que el alboroto sería algo puntual, y que volveríamos a vernos de nuevo la semana siguiente. No fue así. La gente hablaba por las calles y enseñaba fotos en sus teléfonos. La policía le estaba disparando a algo en varios puntos de la ciudad.

No quería irme a casa, quería ver lo que ocurría cara a cara, aunque fuese peligroso. Recuerdo la adrenalina palpitar en mi cerebro. En mi imprudencia, fui al centro de la ciudad, donde se decía que se habían avistado más de aquellas cosas. No pude avanzar más de trescientos metros a partir de un punto, pero pude verlo mucho más de cerca de lo que hubiese querido.

Era enorme, mucho más grande que cualquier animal que conozcamos hoy en día. Quizá solo esas ballenas que salían en los documentales de la televisión fuesen más grandes que aquello que entró por el agujero excavado en el aire. En mitad de la calle, a trescientos metros, un agujero de más de cincuenta metros de diámetro daba a alguna otra parte. Algún otro mundo, aprendimos luego. Uno lleno de tierra y oscuridad, grutas y pasadizos.

La sensación era la de que una enorme vela circular estaba anclada al cielo, un espejismo perfectamente formado y sin contorno. Un cuadro cuyo realismo dejaba boquiabierto. Pero de la vela surgían aquellos monstruos, aquellos seres. De la pintura en mitad del aire salían aquellos seres como de un hormiguero.

En las inmediaciones, tres de aquellos monstruos trataban de batirse en retirada cuando las fuerzas del orden los masacraron uno por uno. Recuerdo el ahora tan familiar sonido de las armas de fuego y la explosión del lanzagranadas.

Aquellos monstruos tenían seis patas, eran peludos y medían más de treinta metros de largo. Casi esqueléticos, varios arpones surgían de cada una de sus patas, y una boca tan grande como el capó de un coche aullaba salivando, protegida por dos mandíbulas laterales. Ningún humano fue nunca herido por alguna de aquellas criaturas, supongo que aquello debió darnos una pista. Pero, en lugar de eso, los masacramos durante semanas, llegando a entrar a través del millón de portales establecido por medio mundo, y regocijándonos en su exterminio. Habíamos matado a los monstruos.

Recuerdo que aquél primer día pensé que las fuerzas del orden eran geniales. La humanidad entera temblaba de miedo ante criaturas de otros mundos en nuestro jardín mientras yo me maravillaba del potencial bélico de la humanidad ante aquellas alimañas. Ante aquellos aliados a los que matamos antes de que pudiesen ayudarnos.

Y hubiesen podido. A eso habían venido, a ayudar. Los monstruos eran nuestra única línea de defensa frente a lo que vendría con la segunda andanada. Contra aquellos humanoides enfermos de violencia. Los monstruos podían derrotarlos. De todos los lugares del mundo, cuando apenas sí quedaban monstruos y la humanidad luchaba a dos bandas, nos dimos cuenta del error cometido.

Las dos razas alienígenas establecieron combate. Por cada humanoide muerto fallecían mil monstruos. Para cuando nos dimos cuenta y dejamos de matarles ya era demasiado tarde. No habría suficientes monstruos para protegernos.

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