La caja de música de la bailarina

Dotaba a cada gesto toda la fuerza entrenada a lo largo de los años. Con cada giro y cada movimiento, los músculos se tensaban en situaciones que hubiesen sido imposibles hacía tan solo unos años. Al ritmo de la música, su cuerpo esbelto se movía con la gracia que solo el duro entrenamiento podía facilitar, y que tan solo la voluntad otorgaba de buena gana.

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Relajó la espalda y marcó los músculos del abdomen al ralentizarse la música. Por su cabeza, ajena a sus propios trazos sobre el aire y a la escena que había conformado, tan solo transitaba el ritmo que llegaba de sus oídos. Ni las horas de planificación ni el esfuerzo previo, ni su familia oponiéndose durante años a su desmejorado sueño, ni el cumplimiento de la visión que estaba cristalizando en el plano de la realidad. Tan solo el actuar de los músculos en una coreografía ensayada hasta la locura.

Mientras, cada una de las notas circulaba por su cabeza, se extendía, y erizaba su coordinación en movimientos de brazo precisos, certeros. Trazos orgánicos que cizallaban su objetivo a través del aire, frente a ella.

Faltaban las aclamaciones. Pero no había público. No había patio de butacas. Ni espectadores. Nadie aplaudía, y nadie lo haría nunca al contemplar la escena que nadie podría observar. El corazón le temblaba con fuerza dentro del pecho, confinado. Contenido en el ritmo impreso por la costumbre del entrenamiento. Coordinado con su respiración agitada y modulada tras cientos de horas de ensayo. Impulsivamente controlado.

Soltó la fuerza sobre el brazo derecho, haciéndolo caer hasta situarlo junto a su cadera, y retiró la gasa con la que se cubría el rostro, así como los auriculares. Mostró al resto de la escena las facciones cuidadas, neuróticas, medidas hasta demencia, de una bailarina de éxito como ella.

La nariz, demasiado afilada para el escenario, olió la el final del acto. Una boca excesivamente grande –oculta parcialmente con maquillaje– dejaba entrever unos dientes que nunca fueron del agrado del público. Ni de los miembros del jurado que la rechazaron por última vez. Observó la escena que había bailado con ojos fugitivos, buscando algún elemento impreciso en el cuadro, sin encontrarlo.

Situó la gasa en un bolsillo y enfundó la espada corta que aquellas personas habían confundido con atrezo, tras pasarle un paño por ella. Los productos químicos en el interior vaina se desharían del resto de la sangre. Salió de la habitación, pasando con cuidado sobre los cadáveres de los tres jueces. Cerró la puerta con gracia, dando fin a la escena.

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