La chispa del amor

Corrían, como hacemos todos, en contra de un tiempo que no se detiene por nadie. El reloj de ella contaba cinco minutos, pero ambos dejaban atrás el camino a toda velocidad. Él dando más de lo que sus piernas eran capaces, ella forzando las condiciones de fábrica. Acabasen donde acabasen, llegarían juntos.

la chispa del amor

Él percibía el ácido láctico en sus piernas, que dolían con cada nuevo impulso, con cada nuevo paso. Ella notaba cómo el flujo eléctrico apenas era capaz de mover sus servos, y cómo la efectividad del flujo era cada vez más débil.

—¡No tiene sentido!—gritó ella, deteniéndose, mientras él hacía otro par de metros y volvía—Cariño, lo estoy acelerando. Con cada paso, el reloj avanza más rápido.

Mostró las indicaciones de su panel y el reloj mostró menos de tres minutos. No habían pensado en ello. Cualquiera diría que con una relación similar, ambos estarían preocupados por las especificaciones técnicas, pero cuando había amor de por medio raro es el que se detiene a leer un catálogo, inclusive el propio.

Habían coincidido hacía un mes mientras ella escapaba de la fábrica y él trataba de suicidarse. Gracias a ella, quien lo golpeó en su huida y le lanzó al río sobre el que no sabía nadar, él lo consiguió. Durante unos minutos, estuvo muerto, y ella le dio la vida forzando sus pulmones encharcados.

—No sabía que teníais impulsores de aire en la boca—dijo él antes de perder la consciencia aquél día.

«Yo tampoco» pensó ella haciendo uso de la heurística en cascada de su cerebro positrónico.

Ahora, él la observaba con las manos en las rodillas, agotado. Veía cómo los minutos se iban de su muñeca a la nada que la absorbería poco después, borrando sus recuerdos y relegándola al fibroplástico y el organometal de que estaba fabricada. No, se negaba a ello.

—Ponte en gasto mínimo—ordenó él.

—No vas a poder conmigo si no te ayudo. ¡Peso casi sesenta kilos!—exclamó antes de hacerle caso, subirse a su espalda y desactivarse.

Dicen que una persona desmayada pesa más que una que no lo está cuando la llevas a cuestas. Lo cierto es que no lo hace. La masa es la misma, de modo que es imposible que pese más. Lo que ocurre es que la persona pasa de colaborar a no hacerlo, y a convertirse en un peso muerto que se ladea y retuerce, buscando el modo de caer al suelo.

Ella se había enroscado antes de hibernarse a sí misma, y había bloqueado las articulaciones de modo que a él le costase menos portarla de un lado a otro. Aun así, las piernas le ardían y el corazón palpitaba al ritmo que el reloj que ella había situado junto a su cara. Once minutos. Si tenían suerte, lo conseguirían.

La casa estaba a tan solo quinientos metros, y no había nada más a su alrededor. Se odió a si mismo por haberle propuesto la excursión al campo. ¡Una dependiente de la corriente eléctrica en el campo! Qué estupidez. Pero siguió andando con ella a cuestas mientras el recuerdo con la naturaleza bombeaba el esfuerzo requerido.

«Nunca hubiese creído en que ella tuviese ese tipo de sensibilidad» pensó mientras la veía unas horas más tarde contemplando el paisaje sobre las montañas cubiertas de bruma.

Abrió la puerta de madera de una patada y buscó el enchufe más cercano, depositando el cuerpo de ella con la mayor delicadeza posible junto a él.

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Arrancó la toma del enchufe con las manos desnudas y sacó el cable de la pared con cuidado de que no hiciese contacto el cobre. Abrió el panel de la espalda de ella, esperando encontrarse allí la batería. Sí, allí estaba, con los bornes cubiertos de un polímero desconocido y algo de grasa. Retiró el plástico, peló los cables con los dientes y los enrolló alrededor de los bornes. Después, corrió al cuadro eléctrico a subir los plomos.

Ella tembló en el instante en que la electricidad volvía a su cuerpo. Tan solo un espasmo. Él se quedó allí, mirándola desde la entrada abierta al frio de la calle que era incapaz de sentir en su agitado cuerpo. Se acercó poco a poco y esperó casi diez minutos a que ella abriese los ojos y lo mirase.

—No sabía que los humanos pudieseis generar electricidad—dijo ella.

—Yo tampoco.

Ella no contestó. En lugar de eso le besó. Allí, con ella impedida en la pared, volvieron a hacer el amor.