La ciudad que no fue

La ciudad que no fue

Justo ahí, ¿lo ves? Justo ahí, bajo la línea en que el sol desdibuja el planeta. No, más arriba. ¿Ves el planeta? ¿Sí? ¿Y la línea marrón que cruza su ecuador? Justo sobre ellos están los anillos. El anillo A es el blanco, y llega hasta donde se vuelve gris. ¡No estás mirando! Ahí, ¿ves? Y luego hay un salto, donde no hay anillo, hasta el Anillo B, que es el más grande del planeta. El que también es un poco blanco. Pues, si te alejas lo suficiente por los anillos, pasando por los colores amarillentos y marrones, llegas a los rojos. Mira, justo ahí. Esos. El anillo K y F, los dos rojos, y uno al lado del otro, girando en torno al planeta. Y, ¿ves la línea chiquitita de negro que los separa? Pues, en esa línea, que también rodea el planeta, hay varias lunas. Ahí, ahí, y ahí. Y… también detrás del planeta, pero que hasta mañana no se ven. Tienen que darle toda la vuelta, y saldrán todas por allí. Porque todas giran hacia allá. Todas las lunas y todos los anillos. Y el planeta. Y, si nos esperamos aquí, y dejamos que giren el tiempo suficiente, aparecerá la luna que importa. Queda poco. No es la más grande, la más grande es esa. Pero la otra luna es la que importa, porque es la que tiene la brana. Y esta no se abre a todas horas. Casi todo el tiempo, esa luna es una luna cualquiera, y se parece a aquella otra. Pero, justo cuando los anillos salen de la sombra de la luna y el sol ilumina la brana, esta se despliega y se abre. Y, entonces, la luna desaparece. El espacio se alalbe…alablea…se alabea, que es como cuando mueves una sábana. Así, haciendo ondas. Solo que las ondas no se mueven sobre el espacio. Las ondas son el espacio que se retira. Y deja abierta la brana, que es como un agujero en mitad de la nada, y que da al otro lado. Y es entonces cuando se ve. Muy poquito, apenas unos minutos cada día, cuando el sol empieza a iluminar la luna. El polvo de la luna se va, y entonces queda el espacio al otro lado. Espacio vacío, como en el que flotamos. Y, al fondo, abajo del todo del pozo que forma la brana, se ve el brillo de la ciudad. Circular, blanca, gigantesca, fina como una pizza, y también girando todo el día. La ciudad ocupa casi todo el agujero de la brana, aunque se encuentra muy lejos. Como esa luna de allí, que parece pequeña pero en realidad es muy grande cuando te acercas. Si entras en la brana, y te acercas a la ciudad, vas viendo sus partes. Y parece que es muy nueva, como las mejores naves espaciales de la galaxia. Pero, en realidad, la ciudad es una nave muy muy antigua. Más antigua que los planetas. Pero es que, desde su lado, la brana pestañea, como cuando cierras los ojos y los abres luego. Y se ha pasado pestañeando toda la vida, desde que se hizo la ciudad. Desde aquí, sobre el planeta, la brana abre el ojo unos minutos y luego se cierra. Pero, desde el otro lado, no deja de abrirse y cerrarse todo el tiempo. Y cada vez que se abre es un día diferente de aquí. Y por eso la ciudad es tan vieja, porque la brana lleva desde que empezó pestañeando. Nunca nadie ha cruzado la brana, porque al otro lado la gente que vive en la ciudad les dispararía. ¡PUM, PUM! Puashhhhgg…

—Vale ya, ¿no?—interrumpió su madre—. Víktor, es que siempre igual. Quédate sentado, y abróchate el asiento para la reentrada. Vamos, que quedan unos minutos antes de llegar al espaciopuerto. Quítate de la ventana y siéntate como una persona normal. Y deja de decir bobadas, hijo.

El módulo de descenso bajó, crispando la atmósfera, arrastrando tras de sí fuego ionizado de las capas altas de la atmósfera mientras vibraba por la velocidad. Varios minutos después de tocar suelo, a ochenta mil kilómetros de allí, el sol iluminó la luna que de verdad importaba, alabeando el espacio y rasgando el tejido del tiempo. Al otro lado, al fondo de la brana, un punto de luz observó el nuevo día durante unos minutos. Luego, el agujero volvió a cerrarse.

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