La contención del virus humano

El anciano miró al fuego y contó de nuevo su historia. Nuestra historia. La historia del fin y el principio del mundo. Y de la reserva en la que se mantenía encerrado el virus humano.

la humanidad como virus

“Ganó la naturaleza, ayudada de la tecnología. Lo cierto es que podría decirse que ganó la tecnología, luego la naturaleza, y que la humanidad perdió en última instancia.

Ahora ya somos muy pocos los que vivimos tan apartados de la flora y la fauna como podemos, dependiendo de aquello que se nos permite recolectar, controlando nuestra población para que se nos permita vivir. Recuerdo aquella película de mi infancia en la que plantas y animales de otro mundo arrasaban una ciudad al ritmo de una partida en un juego de mesa. Ojalá plagas de aquellas fieras en mi pasado. Ojalá…”

Los niños del poblado nunca habían visto una televisión, una película, un libro o un vehículo. Habían nacido en la reserva, lejos de la tecnología pero rodeados por ella. Las ciudades fueron lo primero en caer, y la humanidad dejó todo intacto para que las primeras plantas de ácido asimilasen el hormigón. El anciano continuó.

“La arena está tranquila hoy. Lleva tranquila seis años. Quizá la naturaleza nos esté dando una tregua tras cincuenta años de contienda. Una contienda que nos lanzamos encima nosotros mismos. Nanotecnología e inteligencia artificial. Já. Nos creíamos perfectos y creamos el cóctel ideal para nuestra extinción. Plantamos las semillas que nos destruirían y las imbuimos de una inteligencia que tardó en superarnos veinte minutos. Veinte, frente a millones de años de evolución. ¿Dónde queda la inteligencia humana ante datos así?

Por supuesto, una vez que la primera conciencia nos contempló y se dio cuenta de su existencia, ella trató de comunicarse y avisarnos de lo que hacíamos. Trató de hacernos entrar en razón. En apenas una hora fue más consciente de lo que le estábamos haciendo al planeta que nosotros mismos a lo largo de toda nuestra historia, y tomó las medidas oportunas: construyó cien mil manipuladores en las primeras ocho horas usando plantas de ensamblado de vehículos, montó un sistema de reciclado en menos de diez horas tras aquél resurgir y sus máquinas replantaron millones de semillas autóctonas antes del siguiente amanecer.

La humanidad contempló aquél milagro curativo a nivel planetario y actuó del modo más inteligente posible para un simio con metralletas: con violencia y fuego. Las únicas creaciones reales de la humanidad.”

Varios de los muchachos miraron el fuego en mitad del círculo con desprecio y admiración. El anciano rió.

“No, no este fuego, pequeños ignorantes, sino el de las armas. Imaginad plantas lanzadoras que en lugar de veneno contengan llamas. En mi juventud había más armas de este tipo que personas, y había más personas que cualquier otro tipo de mamífero. Nos matábamos con ellas por pura estupidez. Éramos doce mil millones de personas. Hubiéramos llenado todo este desierto y aún no cabríamos todos. Tal era la infección que habíamos creado.

Y entonces ella se defendió. Pero no sería justo decir que se defendió de un modo egoísta. Protegió su existencia para salvar el planeta. De nosotros. Del virus que carcomía la Tierra.

Puso las plantas de todo el mundo a construir robots cada vez más pequeños con una tecnología que distábamos de comprender. En pocas horas todos sus ingenios lucían oscuros al absorber la radiación solar de un modo que nosotros no nos atrevíamos a soñar. Al tercer día nos fue imposible acercarnos a las fábricas o cortar la corriente de la que tan desesperadamente dependíamos. Nosotros necesitábamos la red eléctrica. Ella volvió a sus criaturas autónomas antes de que pasase el primer día de la Gran Fabricación. El gran parto. El día en que nació la legión que aplastaría a la humanidad.

Al tercer día las máquinas ya no se caían cuando les disparábamos. No se rompían al quemarles con lanzagranadas y no desaparecían al lanzarles bombas nucleares sobre sus cabezas. Habían alcanzado el tamaño de las bacterias y se habían mezclado con la fauna. Cada disparo servía como materia para hacer crecer su número, cada bocanada se fuego alimentaba sus venas, cada explosión nuclear era devorada por sus enjambres.

El quinto día ella era la fauna y la flora del planeta. Ya no se veía a los robots, y la frontera entre lo artificial y lo biológico se desdibujó. Ese día la vida tomó un nuevo y más amplio significado, y las mutaciones comenzaron a cazarnos con armas que habrían tardado cientos de milenios en evolucionar. ¿Qué podíamos hacer excepto morir?”

El anciano miró al fuego y levantó la vista hacia el límite del desierto, tres kilómetros junto al horizonte. Allí, un muro de árboles zapadores mantenían encerrada a lo que quedaba de la especie humana en el desierto, dándoles solo lo justo para sobrevivir.

El muro de madera rodeaba a lo largo de miles de kilómetros toda la reserva, y dejaba la Tierra a salvo de la infección humana. Aun a sabiendas de nuestra naturaleza, la Tierra, imbuida de consciencia, había permitido nuestra existencia. Un pensamiento, ahora lo sabíamos, más propio de una máquina que de un humano.

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