La creación de Ciudad Jardín: Esa no es nuestra señal

Los helicópteros no dejaban descansar. Llevaba días sin poder dormir nada tras aquella alteración. El doctor Irwin Stewart se levantó del sofá, se estiró todo lo que daba de si su metro ochenta tras dos semanas de dormir en un sillón y tuvo todo el cuidado del mundo para colocar el pie justo en la trayectoria de la taza de café frío que se encontraba en el suelo.

El poco café restante empapó el polímero que hacía las veces de alfombra. No era la primera vez que le ocurría en este periodo, y todos estaban lo suficientemente somnolientos como para cometer errores día tras día. Hacía dos noches, la prensa había fotografiado ayer a un miembro de su equipo dormido en su coche en una carretera secundaria, echados en un arcén, a apenas tres kilómetros del campamento.

Ciudad Jardín

La presión y el esfuerzo físico comenzaban a pasar facturas al equipo de más de treinta biólogos, ingenieros, genetistas e historiadores que formaban parte del proyecto. Y la señal extraterrestre seguía siendo indescifrable por el batallón de matemáticos desplegados en los alrededores del complejo.

Irwin abrió la puerta de su módulo, subió la persiana y abrió la única ventana de par en par. Aquél pequeño espacio de propiedad temporal requería ventilación. El módulo prefabricado había sido puesto allí el primer día de todo aquél caos, traído por una constructora de la zona cuyo dueño había comprendido la importancia de todo aquello. Irwin pensó que el constructor simplemente estaba loco, pero lo cierto es que había conducido casi doce horas para hacerles una visita cuando apenas eran unos pocos científicos en tiendas militares para ofrecer una flota de vehículos de recreo y casetas prefabricadas a cambio de absolutamente nada.

Salió del módulo, pintado a brochazos para eliminar el logotipo comercial, al césped pisoteado del «jardín». El jardín, como lo llamaban de manera cariñosa, era desde hacía diez meses el terreno que circundaba el radiotelescopio Very Large Array. Las llanuras de San Agustín poco tenían que ver con un jardín renacentista con sus matojos, cardos y tierra dura y seca, y quizá por eso el nombre cuajó a la perfección. Ahora, un centenar de módulos y una veintena de caravanas se disputaban el espacio vital entre los miles de kilómetros de fibra óptica extendidos entre todos los módulos. Las barracas de militares y nodos de servidores ocupaban gran parte del área sitiada.

En casi un año desde la recepción de la señal, el «jardín» se había transformado en Jardín, la ciudad improvisada de mayor crecimiento demográfico de la historia. Las llanuras de San Agustín, con menos de diez mil almas al inicio de toda aquella locura, contaba ya con más de medio millón de personas. Jardín era ahora el improvisado centro del mundo, uno de los centros más avanzados en cincuenta campos científicos y la aglutinación de caravanas más grande que se haya formado nunca.

Desde que detectaron la primera señal, los vehículos del ejército no habían dejado de ir y venir desplazando a la zona a especialistas de veinte disciplinas científicas, nombrando al doctor Irwin la cabeza al mando de todo aquél caos organizado. Pero el desplazamiento de personal técnico supuestamente capacitado había sido solo la primera movilización de personal. Durante las primeras semanas, e incluso meses, cientos de técnicos fueron traídos desde universidades y empresas de todo el planeta, desplazando a familias completas al recinto que creía más allá de su capacidad óptima. Muchos más vinieron de manera voluntaria.

Al principio, la policía local lo había tenido fácil para despachar a los curiosos. Ahora, Irwin miró al límite vallado del campamento número uno en tecnología. Allí fuera había crecido una nueva ciudad cuyo centro y motivo distaba ya de la inteligencia fuera de la Tierra que había sido demostrada. El motivo de Jardín era Jardín. Jardín era un conglomerado de vehículos de recreo, lonas y tiendas de campaña, e incluso en algunos puntos (aún con el ejército estadounidense tratando de desmantelarlo) se había comenzado a construir con madera y ladrillo.

Hacía ocho meses que los fanáticos de la vida extraterrestre habían comenzado a llegar junto con las familias de los técnicos implicados en el proyecto y traídos de todo el globo. Pronto, se formó la barriada Norte, en la que se alojó a casi quinientas personas durante el primer mes y que ahora contaba con su propio barrio y una carretera principal. La semana pasada, una canalización de agua desde la ciudad de Datil recorriendo toda la ruta U.S. 60 hasta el norte de la nueva ciudad.

Es gracioso comprobar cómo la globalización acelera la locura en un crescendo de sinsentido hasta convertirla en un lodazal absurdo repleto de gente. Las primeras semanas todo el mundo estaba ilusionado con la prueba de vida inteligente ahí fuera. Hoy en día, con el cumplimiento del centenar de dimisiones en campo por parte de científicos implicados en el proyecto, la idea de la vida extraterrestre se tornaba burlesca.

Ni siquiera habían empezado a desentrañar la señal extraterrestre llegada al radiotelescopio cuando empresas que ofrecían los servicios mínimos comenzaron a desplazarse para atender las necesidades de unos pocos miles de locos que habían acampado por toda la planicie. Con los primeros camiones les siguieron periodistas, estudiantes e incluso directores de cine con sus elencos, y al terminar el tercer mes la policía local ya tenía problema con mafias y empresas de carácter dudoso que vendían desde gasolina a alimentos en condiciones que eran como poco cuestionables.

Los mercados son el centro de la civilización, y en tanto que son importantes, Jardín cuenta ahora con nueve grandes mercados sin regulación en los que medio millón de personas compran y venden bienes. El doctor Irwin había sido desplazado desde la India, y aquello le hizo sentir como en casa, pero comprendió el agobio para sus colegas occidentales de tal sistema organizativo. Las personas se desplazaban en motocicletas o en bicis, siendo imposible en muchos casos cruzar con coches los ya dos kilómetros de ciudad a menos que se accediese por las carreteras completamente sitiadas que llevaban a la alambrada.

Paseó quinientos metros hasta la garita sur y charló un par de minutos con el guardia. Esta era su cantidad máxima de deporte diaria, motivo por el cual había ganado casi quince kilos. Luego pasaría horas encerrado en los improvisados laboratorios situados bajo las torres 5A-8A tomando café y tratando de comprender el mayor misterio al que la raza humana se había enfrentado nunca. Comprobó cómo los soldados habían completado el muro sur, una barrera necesaria para separar al supuesto mundo civilizado del caos de Jardín.

Paseó junto al muro recién levantado pensando en los datos que conocía. El primero es que la señal era lo suficientemente fuerte y el foco tan estático como para haber sido lanzada en las inmediaciones del Sistema Solar. Lo segundo era que la señal estaba ordenada en patrones. Lo tercero es que estaba volviendo loco al mundo libre. Más de un terabyte era recibido por segundo, y sus máquinas eran incapaces de procesarlo y analizarlo al completo. Además, la señal no parecía ser periódica, sino que variaba constantemente.

Caminó dos kilómetros hasta la puerta Este y comprobó cómo aquí Jardín comenzaba tras una endeble valla metálica, pero lo hacía a una distancia prudencial de veinte metros. Una distancia ganada a pulso mediante el uso de la violencia y la fuerza.

No es lo que hubiese imaginado hace unos años, cuando aún esperaba encontrar un motivo para mirar al cielo. Ahora, pensó dando una patada al último matorral visible, hubiese deseado no haber encontrado nada.

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