La cuarta pared

«Demasiado poco ruido, si es que esto tiene algo de sentido para vosotros. Si es que, al menos, se me permite el uso de esa expresión

Tecleaba todo el frondoso ambiente desde mi cuarto diminuto en una calle menor de una megaciudad pequeña, quizá como única salida al mundo real. Quizá como el modo de construir una nueva realidad sobre la que sentarme y teclear. Una realidad tranquila lejos del ruido de la urbe. Y, cuando lo conseguí, sentí miedo.

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Tras un día de trabajo agotador, accedí al tren horizontal del nivel 57 de la ciudad. De pie, completé los veinte minutos que me separaban del otro convoy que tengo que coger para llegar a mi casa. El olor y el ruido de cientos de personas hablando saturaban mis oídos como cada día. Y estos, acostumbrados, dejaban de escuchar pasado un tiempo. De nada servía la música cuando siempre hay alguien molestando con una flauta o una guitarra, aporreando sonidos presuntamente étnicos en un mundo en el que cualquier pueblo o tribu del planeta carecía de sentido.

Solo había dos tribus: los que tenían más de un mes de crédito en su cuenta y los que teníamos menos y sobrevivíamos día a día.

Sin embargo, quizá fueron aquellos molestos ruidos los que hicieron saltar mi mente hacia un pasado en que las junglas aún eran consideradas recuperables. Hacia el ruido de la jungla repleto de pájaros, aullidos de bestias. Fresco. Sin gente alrededor.

El pitido indicó mi parada y me bajé junto a otras personas, cada una convencida –como yo– de que éramos el puto centro del mundo. Menudos imbéciles. Unos cuantos de esos otros idiotas me acompañaron, a mí y a mis pensamientos, al segundo tren.

Este era un tren vertical, construido sobre la fachada del edificio Chesamende Musango, y realizaba el trayecto directo hasta los niveles inferiores y subniveles altos. Ningún otro tren de por aquí bajaba más abajo de eso si quería conservar sus piezas. Arrastraba en mi caída los sonidos de las selvas tropicales que me había imaginado en el vagón anterior, y supe de pronto que debía escribir sobre aquello en cuanto llegase a casa.

Una vez alcanzamos a la estación del subnivel 7, me abrí paso por las soterradas calles y túneles que constituían mi barrio entre los vapores de las tiendas de comestibles. Un giro a la izquierda en la galería y dos más hacia la derecha en los corredores y abrí la puerta blindada de mi casa.

En este piso de la ciudad, mi casa era todo un palacio. Cincuenta metros cuadrados para mí solo, consistentes en una cocina que nunca usaba unido al salón donde escribía. A diferencia de las casas de casi toda la ciudad, yo nunca tuve términex de vídeo, y no lo necesitaba pudiendo acceder al nexonet a través del implante coclear. Dejé la mochila en el suelo del salón y encendí las ventanas.

Estas mostraron las vistas desde la altura de un rascacielos flotando sobre un cielo azul. Probablemente alguna simulación de los siglos XXI o XXII, cuando el cielo aún existía. Accedí al nexonet y ajusté las emisiones de las ventanas para que mostrasen una jungla frondosa, y mi implante para recibir los sonidos de la jungla.

Ahora, me encontraba absurdamente plantado en mitad de un absurdo caparazón de hormigón y acero, rodeado de una densa selva con sonidos que invadían la atmósfera. Pasé varios minutos absorbiendo estas sensaciones. Luego, desplegué el teclado portátil que siempre llevaba en el bolsillo. Estaba ajado, y alguna de las teclas fallaba de vez en cuando, pero no lo tiraría hasta que me fuese imposible escribir con él.

Como siempre, deseché el sofá y el sillón, y acabé por sentarme en una de las sillas de la cocina, apoyado en la barramericana. Durante un segundo, traté de pensar de dónde vendría el nombre de aquella imitación de madera horizontal que separaba cocina y salón, solo para desechar el pensamiento y empezar a escribir.

«El aroma de la jungla entra por los boquetes de las ventanas que me rodean. A saber, seis de ellas, inclusive la puerta por la que he accedido. La más cercana de las ventanas la tengo casi al alcance de la mano, sobre el fregadero, e ilumina con la luz verde de la selva el resto de la estancia.

Desde mi perspectiva, puedo observar un centenar de árboles en cualquier dirección. Y, en ocasiones, furtivos y esquivos al ojo, movimientos que me hacen pensar que algún animal ha saltado de rama en rama, o corrido a ras de suelo moviendo las frondosas bajas plantas. No concibo cómo nadie pudo haber sobrevivido en este ambiente cuando aún existió sobre la tierra. Y, en cierto modo, le tengo miedo.

La luminosidad es aplastante, la humedad prensa el aire y el calor consigue que mi respiración sufra. Me da la impresión de que la jungla trata de entrar e invadir mi casa, y puedo incluso sentir las leves ráfagas de aire cargando de ruido que corre de una ventana a otra.

Demasiado poco ruido, si es que esto tiene algo de sentido para vosotros. Si es que, al menos, se me permite el uso de esa expresión. A mi alrededor, el sonido de la madera crujiendo por la brisa empañaba el de los ruidos de mis vecinos sobre el hormigón. En lugar de gritos y pitidos procedentes del túnel de tres carriles situado a diez metros a mi derecha, varios simios chillaban y movían las ramas invisibles a mis ojos, sobre mi cabeza, justo allí donde debería haber estado el inicio del nivel 5. Los pájaros se encargaban de liquidar el resto de ruidos que pudiesen llegar a entrar en mi estancia, amortiguándolos con sus trinos.

Observé por la ventana en que se había convertido la puerta, que una de las raíces del árbol más cercano parecía entrar unos centímetros en el piso. Me froté los ojos y lo achaqué al cansancio tras un día de trabajo duro. Sin embargo, allí estaba de nuevo la raíz al abrirlos. E invasiones similares se habían producido en el resto de las oquedades que ahora parecían sin marco.

En la ventana sobre el sofá, la más larga de la estancia, varias ramas y hojas habían traspasado la vertical sobre la que las imágenes se proyectaban. Eso es imposible, pensé mientras me levantaba de la silla e iba a ver de cerca aquél efecto óptico.

Me detuve a mitad de camino, justo en el punto donde antes me había parado al entrar en casa. Sobre el sofá descansaban dos hojas de distintas tonalidades de verde. Las cogí con la mano y las solté con la adrenalina disparada. Estas cayeron al suelo despacio.

Toqué el implante coclear y traté de apagar las ventanas mediante el lazo de unión del nexonet, sin éxito. La jungla siguió allí, con sus ruidos y su calor. ¡Podía sentir el calor! No se trataba de mi imaginación, y era incapaz de extinguir las imágenes.

Me acerqué a la ventana de las ramas y avancé la palma para tratar de tocar el cristal de proyección. Mi mano avanzó unos centímetros, tocó una enredadera, y siguió avanzando hasta que tuve fuera de la casa el brazo entero.

No, esto no puede estar pasando. Estoy en mi casa. Las selvas no existían, y yo estaba a siete pisos bajo tierra en mi… Miré al suelo que me rodeaba. Un manto de tierra, hojas y rastros de humus cubría el suelo de todo el nivel. Me agaché y sostuve la mezcla de tierra y materia en descomposición en las manos. No pude evitar oler el aroma húmedo antes de soltar el puñado. Con el pie, traté de hacer un pequeño agujero que pronto estaba excavando con la mano. Más de dos palmos más abajo, me convencí de que la casa ya no tenía suelo de hormigón.

Al observar alrededor de mí, aún podía ver las paredes, los muebles y las habitaciones. Sin embargo, todo estaba cambiado. Roto, ajado por el tiempo y la humedad. A diferencia del teclado, que permanecía aun libre de suciedad, el resto de la casa sostenía una gruesa capa de polvo y restos de telarañas.

Traté de abrir la puerta que daba al baño solo para quedarme con el pomo en la mano. El prensado de madera estaba podrido.

Avancé de nuevo hacia la entrada y realicé el mismo experimento de estirar el brazo. Este pasó el marco de la puerta y se internó en la selva. Desde mi perspectiva, el recuadro de la puerta era lo único que había antes de un abismo de jungla a mi alrededor.

Fui pisando, saliendo de la casa, con el miedo de quien no ha visto nunca nada parecido. A cada zancada, la jungla se hacía más y más grande a mí alrededor, hasta el punto en que el sol tocó mi piel, colándose entre dos árboles.

Varias lágrimas se me cayeron de los ojos y no pude sostenerme en pie. Clavé las rodillas en la tierra y me quedé sentado sobre los tobillos, mirando mis brazos iluminados por el sol. ¿Es esto real? pensé. Se sentía de verdad. Percibía el calor que relataban los antiguos libros y holos sobre el sol. Percibía cómo cruzaba la atmósfera hasta llegar a mi persona.

Cuando decidí levantarme y mirar atrás no fui capaz de localizar la puerta de la que había salido. Rodeándome solo estaban los árboles y las lianas, los ruidos de los animales y la humedad ambiente. Avancé unos pasos y localicé sobre una roca con musgo el teclado. Descansaba en perfectas condiciones y, flotando sobre él, mis lentes polarizadas eran capaces de ver la pantalla y el texto escrito en el aire en letras oscuras.

Lo apagué de manera consciente y dejé el teclado sobre la misma roca. Tras ello, me interné en la selva


Quiero agradecer a Max, personaje ficticio de Maurice Sendak en su libro «Donde viven los monstruos», por explorar los mundos de la imaginación. Aun estando castigado en su cuarto.

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