La esclusa de los humanos prescindibles

Para aliviar la sobrepoblación que amenaza con una futura hambruna, una vez al año se envía a cientos de personas al vacío del espacio. Para evitar que haya revueltas, el mecanismo debe garantizar que nadie sepa quién será el siguiente lanzado por la esclusa. De modo que toda la población avanza en fila india hacia los trescientos módulos de escape con compuerta que dan directamente al espacio y esperan su juicio personal rezando a una docena de dioses diferentes, ninguno de los cuales tiene el menor interés en la suerte de las vidas de los viajeros.


El mecanismo era simple. No iba a poder vivir mucho más sin su amor.

La primera vez que acudí a la ceremonia, con once años, mi corazón palpitaba y sudores fríos recorrían todo mi cuerpo. Mi hermano mayor trató de tranquilizarme la noche antes, pero en aquél momento no se encontraba conmigo. La profesora nos pedía ser fuertes y estar calmados pero a la humanidad, y pongo especial énfasis en los niños pequeños, nunca ha reaccionado bien al saber que puede morir en los próximos minutos.

campo estrellas

Cada niño a bordo de la Sylinder disponía de su propia espada de Damocles, una que pendía sobre su cabeza al nacer y lo atemorizaba cada año en el cumpleaños de la nave. Lejos de tratarse de una injusticia o del capricho de algún violento gobernante, el mecanismo era necesario para eliminar el excedente humano.

Trazas de ADN corrupto, endogamia involuntaria, enfermedades hereditarias. Con ciento cincuenta mil almas, la Sylinder era el mayor navío que había despegado desde Marte en dirección al Cinturón de Kuiper, y no podía permitirse una sobrepoblación que amenazase la futura primera colonia.

El cinturón sería nuestra nueva casa. O la de nuestros nietos. O la de los nietos de quienes llegasen a ver las oscuras cuencas de los asteroides capturados. Puede, si no me echan por la borda de manera previa, que sobreviva lo suficiente como para ver nuestro rocoso nuevo mundo. Aún a millones de kilómetros, nuestro destino permanecía girando a nuestro alrededor.

Éramos el onceavo bote. Por delante de nosotros, diez pequeñas naves sembradoras trasladaban a unas cincuenta mil almas en su conjunto. Ellos contaban con mecanismos de población aún más estrictos que los nuestros. Uno de cada dos era despachado en la adolescencia, filtrando la calidad humana. La llamada sigma-8.

Yo era un sigma-7 a bordo de la Sylinder. Hacía años que sabía que no tenía que preocuparme por que se abriese la esclusa que daba a la inmensidad del espacio durante mi ceremonia. Thomas pirateó de pequeño una de las bases de datos redundantes de nuestro mundo cilíndrico para comprobar su gradación de acuerdo al ordenador de la nave. Era un genio con los ordenadores aun a pesar del ser un sigma-3.

Debería haber sido lanzado la primera vez con once años. Por algún motivo, el ordenador decidió que Thomas podría quedarse un tiempo más, aunque por lo que sabíamos su esperma no había fecundado ningún óvulo en el núcleo de la Sylinder hasta la fecha.

Hoy, Thomas se encontraba situado delante de mí en la fila. Es la décima vez que pasamos por el proceso. Él ya ha cumplido los 21, pero a mí me quedan aún unos meses. Como cada año, lo veo avanzar hacia el habitáculo vacío y en semipenumbra, y observo cómo las compuertas se cierran a su espalda. Pero este año es diferente. Este año hace una semana que no hablamos, una semana que no hay besos hasta pasada la medianoche. La relación se ha congelado, y dudo que yo pueda sobrevivir mucho más tiempo sin su amor.

pasillo de nave en el espacio

Tenemos un juego que ha sobrevivido desde que nos conocemos, él se gira y me guiña un ojo antes de que el sello de presión vuelva opaco el interior del ya de por sí oscuro habitáculo. Temo por él. Temo por mí. La compuerta se cierra y hoy él no se ha girado. No ha habido guiño. Ni anoche hubo aquél abrazo interminable que ambos necesitábamos cada trescientos sesenta y cinco días para afrontar el miedo del día siguiente.

Quiero volver a notar sus manos sobre mi espalda y sus besos. Temo por mi mente cuando él ya no esté. Cuando eyectan a alguien, sus familiares suelen hacer una celebración, vestigio de tiempos en los que los humanos no morían al frío del espacio. Tras aquello, no se solía hablar más de su vida. Los eyectados desaparecían, eran olvidados. Pero yo no quería olvidar a Thomas. Quería vivir con él para siempre en el interior de nuestro mundo cilíndrico.

La compuerta volvió a abrirse con un siseo, y en el cuarto ahora vacío entró una chica. No la conozco de nada, pero lleva diez años entrando por delante de mí, y saliendo por la compuerta que da a la sala presurizada en la que ya descansan la mayoría de mis compañeros, sin duda aliviados de seguir vivos.

Espero con todo mi alma que Thomas se encuentre entre ellos. La sala, aislada del resto de la nave, permanecerá en silencio hasta que se abran las cinco compuertas. Entonces, la humanidad volverá a su día a día, segmentada, ignorando a los muertos que ahora nos mantienen vivos, felices por no haber sido nosotros los despachados.

La humanidad se ha convertido en una caravana de carretas avanzando por el desierto del espacio no muy distinta a las tribus nómadas que viajaban por los desiertos abandonando a los enfermos y los heridos. Al menos nosotros moríamos de manera instantánea, congelados en el frío del espacio.

El cilindro, con sus cultivos internos, solo puede alimentar a un máximo de ciento sesenta mil personas, y el excedente por encima de ciento cincuenta mil salen por la borda en forma de carámbanos humanos. Estamos regando nuestro sistema solar con cadáveres.

La compuerta se abrió y me tocó de nuevo a mí. Accedí a la sala y coloqué mi mano sobre el display iluminado en verde con la esperanza de oír el chasquido de la puerta que me devolvería a mis amigos. El panel se puso de color naranja y las luces comenzaron a parpadear. Nunca lo habían hecho con anterioridad, ni había tardado tanto las compuertas en abrirse.

Nervioso, comprobé el panel sobre el que había colocado la palma, que brillaba con letras rojas.

CIUDADANO THOMAS KEBBLER
21 AÑOS
SIGMA-3

– EYECCIÓN –
– EJECTION –
– 喷出 –

Las últimas palabras titilaban en rojo carmín sobre la pantalla, y bañaban la pequeña sala con su augurio de muerte. Mi cerebro tardó un segundo en conectar las migas de pan. El último acercamiento de Thomas para conseguir mis huellas, su minucioso trabajo informático, la apatía de las últimas semanas. La esclusa se abrió y perdí el conocimiento debido a la aceleración para no volver a recuperarlo nunca más.

El mecanismo era simple. No iba a poder vivir mucho más sin su amor.

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