La ira es mucho más fácil

Recogió el portátil con demasiada prisa, y ahora se encontraba trabajando sobre la pequeña pantalla táctil situada en su base, donde los dedos se perdían. El ratón parecía poseído de algún modo, vagando errante y ajeno a sus órdenes por una pantalla llena de objetos. Tras diez minutos tratando de hacer algo, cerró el ordenador y lo colocó sobre la bandeja que tenía enfrente.

la ira es mucho más fácil

Bandeja era un término mucho más adecuado que «mesa» para hablar de aquella pequeña tabla horizontal que separaba los asientos. No había nadie delante de él, pero en diagonal, hacia su izquierda, una señora puso era cara de asco que nadie puede evitar cuando algo a nuestro alrededor nos molesta.

«Pues que se joda» pensó Julián «Si la molesta el ordenador, que se cambie de asiento o vagón. Yo llegué primero»

Era cierto, Julián se había montado en la primera estación, a más de dos horas y media de su destino, y aún le quedaba prácticamente todo el trayecto por delante. El tren volvió a ponerse en movimiento, y pudo observar desde su posición de ventanilla cómo el andén daba lugar a un polígono industrial y luego al campo. Las tierras de cultivo yacían, en el más estricto sentido de la palabra, muertas. Al parecer, llevaba sin llover demasiado tiempo, y este año no se había podido recolectar ni un pequeño porcentaje de las cosechas.

Bueno, aquello no era problema de Julián. Su problema, hoy, era su hijo pequeño y algún estúpido altercado en el colegio, de la gravedad suficiente como para haber tenido que tomar el primer tren que pudo para llegar a tiempo a la cita con la profesora y el director de la escuela. Tenía la comida,  un bocadillo rápido de estación, en la punta del estómago.

No, para qué engañarse. Tenía problemas, muchos más que aquella tontería. De hecho, el tener que coger el tren así no solo no solucionaba algunos, sino que le creaba otros. Si tan solo pudiera trabajar durante una semana sin interrupciones… Algo, por supuesto, imposible.

El tren se detuvo once veces a lo largo del recorrido. Algunas de las estaciones constaban tan solo de un pequeño andén de escasos metros donde un par de personas se subían. Otras, las menos, eran enormes complejos con locales de todo tipo que incluían restaurantes, locales de alquiler de vehículos y tiendas de ropa. Julián vio todo ello a lo largo de un duermevela de más de dos horas. Y en ningún momento retiró el ordenador del centro de la mesa, frente a su asiento. Pero en algún momento entre dos estaciones, entre las que había vuelto a quedarse dormido, el ordenador apareció perfectamente alineado sobre la mesa con los lados de esta. Algún pasajero lo habría colocado para leer algo, quizá el propio personal del tren.

«Qué más dará» pensó.

A lo largo del último tramo, soñó que alguien le quitaba el portátil y trataba de darse a la fuga. Al principio, en sus ensoñaciones, trataba con éxito de lidiar contra el ladrón, ejecutando movimientos fuera de su alcance para un hombre de su complexión, y conseguía recuperar el aparato. No obstante, su subconsciente comenzó a reorganizar el suceso que solo tenía lugar dentro de su cabeza, y pudo observarse a sí mismo totalmente inmóvil mientras le robaban su ordenador. Lo cierto es que casi parecía agradecido, como si un amigo le quitase una pesada carga de encima.

Abrió los ojos a la realidad para darse cuenta de que el tren se encontraba detenido en la vía. Una mano enorme se encontraba sobre su hombro izquierdo, y la acompañaba una voz.

―Caballero, hemos llegado. Última parada.

―Gracias ―consiguió mascullar Julián antes de carraspear―, muchas gracias.

Recogió el dichoso aparato y se echó la mochila a la espalda. Resultaba extraño ver a un hombre de cuarenta y cinco años dentro de un traje de corte clásico arrugado por una mochila escolar destrozada. Llevaba aquella mochila desde hacía treinta años, y los remiendos se habían convertido en la mayor parte del área de la misma. Sabía lo que opinaba la gente sobre este hecho, pero le daba igual. No pensaba cambiar de macuto hasta que no le quedase otra opción. Y, desde luego, no pensaba comprarse uno de esos ridículos maletines con ruedas que últimamente habían infectado las ciudades. No pocas veces había que tenido que salir de una jauría de ellas a patadas. Si la gente los llevaba arrastrando despreocupados a metro y medio de distancia, bloqueando el paso, él se sentía con el derecho de golpearlos hasta abrirse camino si éstos le impedían seguir andando. Algo que ocurría prácticamente a diario. La gente, simplemente, se paraba sin motivo alguno en medio de ninguna parte, y dejaba la cola en forma de maletín, cortando el paso a todo el que trataba de seguir adelante. Pues a patadas.

―Un billete sencillo, por favor.―La tonalidad de la voz fue infinitamente más amigable que la frecuencia de mala hostia que había sintonizado su cerebro desde que le llamase la profesora de su hijo hacía horas. La taquillera extendió el billete y le devolvió una cantidad excesiva de monedas sueltas—. Muchas gracias.

«Mierda» pensó con un saco de monedas en el bolsillo, y enfatizó: «Mierda»

El trayecto en metro fue de tan solo veinte minutos y, sin embargo, no pudo evitar que se le hiciese mucho más largo. Quizá por el hecho de tener que ir de pie. O por la señora del vagón que se montó en el último instante, cruzando las puertas que se cerraban. Le dedicó una sonrisa al cruzarse sus miradas cuando las puertas se hubieron cerrado. Evidentemente, le había reconocido. Julián forzó una sonrisa y se giró ciento ochenta grados para no tener que ver su cara de felicidad todo el trayecto. Se preguntó si ella se habría dado cuenta de este hecho, pero descartó ese pensamiento rápido.

«¿Qué más dará lo que piense?»

Un par de golpecitos tocaron su hombro, y él se giró de mala gana, mostrando una espléndida sonrisa falsa.

—Perdone, ¿podría darme un autógrafo?—preguntó ella.

Él miró alrededor con la vista perimétrica y se dio cuenta de que estaba rodeado de cientos de personas, y contestó.

—Faltaría más…—mientras pensaba «mierda, va a volver a pasar».

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