La joven que vivía a través de una ventana

Pegó su cara al cristal y observó el pájaro detenido justo delante de ella. Poseía todos los colores que no había en su cubículo oscuro, vagamente iluminado por la escotilla. Sostenía en el extremo de las alas tonos azulados. Junto al pico, una alta concentración de rojos. Y marrones junto a la cresta. Un arcoíris barría hasta estos extremos el verde del cuerpo.

El ave andaba de un lado a otro de la cornisa de cuyas grietas había sido consciente toda su vida. Caminaba hacia el este, movía la cabeza en busca de algo en la superficie, giraba sobre sus cortas patitas, y volvía a recorrer el alfeizar en dirección contraria.

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En los extremos de su caminar, la muchacha no era capaz de ver al pájaro, estando este fuera del alcance de su visión. Sin embargo, ella podría visualizarlo aunque cerrase los ojos, al igual que podía sentir las imperfecciones de la piedra de la que estaba fabricada la losa sobre la que avanzaba el ave, después de tantos años de observarla, a pesar de no haberla tocado nunca.

No recordaba nada más que aquél cuarto pequeño, y la ventana minúscula alumbrando el mundo exterior. Frente a ella, una cama del tamaño del cuarto le permitía recostarse a lo largo de toda la noche. Ella siempre dormía con la mirada fija en las estrellas que rotaban a través del cristal. A los pies de la cama, una ducha vertical le permitía asearse a diario. Junto a la ducha, un armario poseía toallas limpias a diario, así como una muda y las prendas para vestirse. Las que estaban manchadas las dejaba caer por un estrecho tubo junto al armario del que había tratado de ver el fondo, sin éxito.

Frente al guardarropa, un escritorio servía de comedor. Los alimentos llegaban puntuales por la hendidura a ras de mesa que deslizaba las bandejas hacia esta. La única puerta de la habitación, entre el armario y la ducha, daba a un estrecho cuarto con un retrete y un lavabo impolutos, que alguien se ocupaba de limpiar. Pero ella no pensaba en que alguien limpiaba cuando ella dormía. Aunque siempre había vivido así. Sola. Y no podía imaginarse que otras personas se encargasen de servir su comida o limpiasen su ropa. Al igual que los pájaros vuelan, la ropa se limpia. Así era el mundo en el que vivía, y ella no era quien para plantearse que aquellas labores requiriesen de otras personas para ser realizadas.

Junto a cada mueble y objeto de la habitación, un diagrama pictográfico le había enseñado a usar los diferentes elementos. En el baño había una figura humana limpiándose haciendo uso del papel. En el lavabo, varios relieves mostraban cómo alguien se aseaba y cepillaba los dientes con el cepillo que cada mes cambiaba de color. Cuando lo cogía, lo introducía en la boca y pulsaba el botón que lo hacía vibrar y que paraba al rato, momento en que lo lavaba y depositaba en su sitio. Sobre la mesa, un esquema del uso de tenedor, cuchara y cuchillo corrigió sus hábitos. Al lado de la trampilla para la ropa sucia, un pictograma le enseñaba a cómo quitársela y arrojarla por el tubo.

Sin embargo, ningún pictograma ni información visible podía enseñarle a hablar. Aunque hacía mucho tiempo que había aprendido a conversar consigo misma dentro de su mente, nunca llegó a usar las palabras que jamás había oído. Incluso los leves sonidos que en ocasiones soltaba la habían sorprendido en alguna ocasión. Por temor a que perturbar el silencio no estuviese bien, se reservaba los sonidos de sorpresa para descuidos ocasionales en los que se golpeaba sin querer contra los muebles, así como ante cambios a través de la ventana. Como cuando toda una familia de pájaros la estuvo contemplando durante horas.

Aquél rectángulo era su única ventana al mundo, la única conexión que tenía con la humanidad. Sin embargo, la altura a la que se encontraba de la calle no le permitía distinguir a las personas, que avanzaban por la calle como lo hubiesen hecho las hormigas a ras de suelo. Para ella, tan solo eran figuras informes y poco definidas que se movían de aquí para allá en sus vehículos. Así era el mundo, un cúmulo irracional de sucesos bajo su ventana. Y de pájaros.

Le gustaban mucho aquellas criaturas que iban y venían por el cielo, acampaban bajo su ventana y exhibían aquellos colores tan llamativos. Se sentía más identificada con las aves que con aquellos otros sujetos chiquititos de allí abajo cuyas intenciones no podía comprender. Las ideas de los pájaros, sin embargo, eran accesibles para ella.

Saltaban desde aquella altura, abrían sus alas, y se dejaban mecer por el aire, que supuso mucho más denso que en su cuarto. En ocasiones había tratado de batir sus brazos sin éxito, y echó la culpa de su incapacidad para mantenerse sobre el suelo al poco peso del aire que le rodeaba, y sobre el que le resultaba imposible apoyarse. El de fuera, además, cambiaba de color a lo largo del día, mientras que el color del espacio dentro de su cuarto permanecía constante a lo largo del día.

Envidiaba a aquellas criaturas que podían contemplar el resto de los edificios, de los que ella distinguía tan solo un par de fachadas a lo lejos. Y se preguntaba cómo de lejos podría llegar a través del aire. ¿Se acabaría en algún momento aquél organismo cambiante sobre el que miraba?

Para ella, la ciudad era una criatura viva que crecía y cambiaba con los años. Lo hacía de un modo vago y lento, casi imperceptible. A menos que se tuviese una década de tiempo para mirar, y ella la tenía. Las cúspides de otros miradores como el suyo ascendían cada vez más hacia el aire, permitiendo a los voladores el poder posarse cuando estuviesen cansados. Supuso que había alguna relación amistosa entre la ciudad y los pájaros, pero nunca supo describirla.

Se imaginó a sí misma siendo uno de ellos, y visitando todas las ventanas que veía desde la suya. Hacía tiempo que sospechaba que, tras cada cristal, había otra joven como ella mirando el mundo. Y se preguntaba si algún día podría salir de allí para visitarles, o si por el contrario la vida era mirar a través del cristal. Quizá algún día la ventana se abriese y a ella le creciesen plumas de colores con las que llegar agitando los brazos hasta otras jóvenes.

Alguna vez había golpeado la ventana sin querer, pero el cristal emitía un tono de sonido que la asustaba casi tanto como su propia voz, y pasaba a distraerse con otra cosa diferente.

Se preguntaba qué serían aquellas formas oscuras en el horizonte, hasta dónde llegaría el mundo, y cuándo llegarían las luces que se veían en el cielo nocturno a caer sobre la ciudad. Tras años de observar, supuso que estaban demasiado lejos como para llegar en un tiempo corto, ya que siempre parecían estar en el mismo sitio.

Se sentía feliz cuando descubría algo nuevo, como cuando descubrió que el sol daba vueltas sobre el mundo, y su relación con la luz,  los cantos de los pájaros y los sonidos que venían amortiguados desde el suelo, allá abajo. Todavía había mucho que no comprendía, como por qué los pájaros no paraban quietos, o por qué no había visto otros rostros mirando desde otras ventanas. Tampoco entendía qué era aquel otro sol, el que salía de noche, y que iluminaba tan poco que apenas se podía ver. Ni por qué en aquél momento los pájaros se escondían, dejándola sola.

Sin embargo, le gustaba localizar estructuras y patrones, como los ciclos de luz y oscuridad, y predecir cómo sería el sol que salía durante la oscuridad. Había descubierto hacía mucho que este cambiaba con el tiempo desde ser un círculo entero de luz a un círculo completo de similar a la de su cuarto. Aunque no sabía por qué un sol querría hacer algo así en lugar de iluminar el mundo para que los pájaros siguiesen volando.

Ella seguía observando el mundo cada día y cada noche, buscando esos patrones que le aportaban pistas sobre el funcionamiento de la realidad a la que daba su ventana. Preguntándose si algún día podría volar sobre la ciudad.

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