La lanza de Ediólo

La lanza, arrojada por Ediólo con toda la fuerza de que era capaz, recorrió los sesenta pies antes de clavarse en la cabeza del auriga de Menis, llamado Eucleneo, y arrancarle la tapa superior de los sesos. El cuerpo sin vida de Eucleneo cayó a la arena por delante del carro, y este pasó sobre su cadáver, que se contorsionó bajo las ruedas de la biga larga de dos ejes.

La lanza de Ediólo

Menis tocó la espalda de Ecides, hermano del cadáver, indicando cogiese las riendas de las bestias y enfilase hacia Ediólo. Pero no era necesaria la orden. Ecides ya hacía restallar las sogas sobre los lomos de los caballos, que se dirigían a toda velocidad contra el cuerpo del sorprendido lancero. Un par de segundos después, Ediólo moría aplastado por la embestida de dos pura sangre, y el resto de su cuerpo envuelto en rojo fue cizallado por las cuchillas de las ruedas que habían aplastado a su víctima apenas un minuto antes.

Pero el carro no paró ahí. Junto con Ediólo, una decena de gregios había sido aplastada en la embestida rabiosa del nuevo auriga. La biga larga de dos ejes se había quedado atorada en un mar de cadáveres, tanto muertos como vivos. Bajo el carro se arrastraba Menne, primo lejano de uno de los primos de Ecides, y dispuesto a matarlo atravesando con su espada el pecho del asesino de gregios. Sin embargo, el cadáver de Menne se movía en un absurdo baile sin piernas, en que las tripas separadas por las ruedas del carro impregnaban la arena.

Menis, desde el carro varado, trataba de hacer retroceder a su colérico auriga de un combate desigual con un brazo de treinta hombres que ya trataban de abrirse paso entre el estropicio para destrozarle a martillazos la cabeza. Ecides bajaba furioso su lanza larga sobre los cuerpos mutilados a los que había embestido, y terminó por atravesar la cabeza del cadáver aún con vida de Menne justo antes de que uno de los martillos gregios fuese lanzado y le reventase el brazo izquierdo. La lanza cayó al suelo.

Instantes después, otros cinco martillos arrojadizos destrozaban el rostro y la espalda de Ecides, y convertían su aliento en una masa de sangre espesa que vertía a estertores sobre sus propias víctimas.

Menis había saltado de la biga larga de dos ejes, y corría por la playa en busca del ejército que Ecides, en su estupidez, había abandonado. Delante de él, a cuarenta pasos, los suyos abrían la formación de escudos para dejarle volver. Apenas a unas brazas, y ajeno al ruido que se estaba formando detrás de él, uno de los caballos gregios alcanzaba a Menis en su huida, y le despedazaba los tobillos, los gemelos, la cadera, la espalda y, finalmente, la cabeza.

Los caballos galopaban en formación de un frontal de doce y con una longitud de treinta filas, dispuestas a destrozar al ejército asenio que había ofendido al suyo en un combate sucio. Cargaba toda la caballería de su milicia, y varios de los asenios de las primeras filas trataron de huir sin éxito de la ola de pencos que se abrieron paso entre gritos y golpes sordos contra sus corazas.

Los asenios no tuvieron ninguna oportunidad contra la caballería pesada, que atravesó pisoteando las dos primeras filas de escudos y se ensañó con el batallón de arqueros largos, convirtiendo la arena en tripas y sangre.

 

Horas más tarde, cuando el sol se ponía sobre el horizonte, la lanza de Ediólo era arrancada del punto en que había caído.