La lluvia. Capítulo 1, la llamada

Zoe cerró la puerta de su apartamento con una brusquedad demoledora, que hizo que el desconchón sobre la pared acabase por ceder, precipitándose al vacío hasta llegar al suelo. La llave desplazó con la misma fuerza los cilindros que fijarían la puerta en su sitio hasta el día en que ella volviese.

cartel «la lluvia»
Imagen original: Jung Shan Ink

«Si es que vuelvo…» matizó sobre el guion de su cabeza. La idea de no regresar nunca había alborotado su mente en alguna ocasión. ¿Qué ocurría si entraba en aquél lugar y decidía no salir jamás? Llevaba puesto lo primero que había conseguido echarse encima, aunque sabía que eso no importaba. No importaba la ropa con la que se llegase allí, ya que ellos mismos la proveerían de todo aquello necesario para vivir.

Ese pensamiento la hizo sentir aliviada. Las preocupaciones dejarían durante un tiempo de existir.

La destrozada maleta de viaje que César le había regalado las vacaciones antes de abandonarla se quejaba mientras era empujada por el suelo. Una de las ruedas nunca había girado bien, y con el tiempo había terminado por dejar de rodar. César nunca repararía la rueda rota, ni el desconchón de la pared, ni la ventana que daba al patio y que goteaba los días de lluvia. De nuevo, esa línea de pensamiento le quitó otro peso de encima. Durante los últimos meses había tenido muchos momentos en los que esos pequeños desajustes hogareños tenían su importancia. Por fin, todos sus problemas estaban solucionados. Siempre y cuando llegase a tiempo.

La loca del segundo se materializó en mitad del rellano mientras ella bajaba corriendo las escaleras, y a punto estuvieron de chocar la una con la otra. La anciana no reconoció a Zoe hasta que esta estuvo una planta más abajo, a mitad de camino de la salida, momento en que la gritó los improperios que Zoe ignoraba. Aquella señora llevaba años muerta, pero lo ignoraba, y por eso seguía abriendo y cerrando la puerta de vez en cuando para asomarse. Luego bajaba hasta el portal, o subía desde este a su piso, y rara vez salía a la calle. Que Zoe supiese, aquella mujer nunca había tenido una visita.

A sus cuarenta y cinco años, Zoe percibió por primera vez la soledad que debía sentir aquella loca, y estuvo tentada de girarse y sentarse con ella, hablarle y preguntarle por su vida. Pero no iba a llegar a tiempo si lo hacía.

Tras cuatro matrimonios fracasados, una empieza a verlo todo desde una nueva perspectiva. No dudaba que en menos de tres décadas ella misma miraría por la puerta de su casa a ver quién sube y baja las escaleras, a menos que encontrase al hombre de su vida. De nuevo. Y a menos que algo cambiase, motivo por el cuál empujó la puerta con toda su fuerza. Para cambiar su vida.

Salió a la calle mientras se colocaba el teléfono de sustitución en la oreja izquierda y buscaba en el bolso el pequeño paraguas que esperaba haber cogido. No estaba, y había empezado a llover con fuerza.

«¿Dónde puñetas está el…?». El teléfono dio un tono. «Si creía que lo había metido en el…»

―Hola, pequeñaja ―la voz a todo volumen de su hermano la sorprendió, como siempre, aun a pesar de ser ella la que había llamado. Abstraída como estaba en la búsqueda del paraguas, su hermano mayor había conseguido desesperarla incluso con un par de palabras.

―Oye, tío, tienes que hacerme un favor. ¿Te acuerdas de lo del experimento que te conté hará una semana? Ese por el que bebiste como para quedarte dormido sobre el pobre Buffer.

―Buffer, están hablando de ti, colega. ¡Habla! ―Al otro lado del teléfono, varios ladridos saludaron a Zoe. Buffer era un perro cuyo objetivo en la vida consistía en llenar el espectro sonoro con ladridos, aullidos y diferentes tonalidades de queja capaces de irritar a todos los vecinos de su hermano.

―Oye, tío, voy a tener que colgarte enseguida ―La voz de Zoe sonaba cansada al otro lado del teléfono.

―¿Y para eso me llamas? ¿Para ver cómo ando de memoria y para colgarme? Vale…

El teléfono emitió un clic en el oído de Zoe, y la llamada se interrumpió. Ella andaba ahora calle arriba, hacia la avenida más grande de la zona. Cualquier lugar desde el que coger un taxi le valía, no iba a darle tiempo a llegar en transporte público. Marcó rellamada y esperó los tonos, el teléfono volvió a llamar, y el nombre de Raúl apareció en el teléfono.

―¡Hermanita, qué sorpresa! ―gritó en cuanto descolgó el teléfono. Su tono demostraba que él estaba esperando que volviera a llamarle. Otro de sus estúpidos juegos―. ¿Cómo estás, pequeñaja?

―Voy a matarte, ¿me oyes? Estoy atacada, de los nervios. Y asustada, estoy asustada, Raúl. Y no he pagado el yoga, vas a tener que pagarlo tú.

―La madre que te parió. Sabes que tienes cuarenta y pico años, ¿verdad? ¿Qué gimnasio es? ¿Para qué vas al gimnasio, por cierto?―preguntó Raúl. Sabía perfectamente que su edad la molestaría durante toda la tarde, y eso le hizo sonreír. Hoy parecía sencillo ponerla de los nervios.

―El Garden nosequé, el de la fachada rosa. El que está frente al parque con el columpio del que se cayó Buffer, ¿te acuerdas? ―Al otro lado del teléfono, Raúl contuvo una carcajada mientras apuntaba todo. No, por supuesto que no se acordaba del gimnasio de su hermana. Ni del parque, pero preguntaría por ahí.

―Pues claro que me acuerdo, hermanita ―mintió―. Esta misma tarde me paso y les pido una factura en tu nombre. Te guardo la deuda con intereses, porque está empezando a llover, ¿sabes?

―No me digas ―En ese punto, Zoe estaba completamente empapada. Al menos, había llegado a la calle que buscaba. Los taxis estaban todos ocupados―. ¡Joder! No hay taxis…

―¿Te recojo en algún lado?

―No, déjalo. Tengo que estar en el centro en cuarenta minutos. Si no, no me dejarán entrar.

―¿Al experimento mortal? ―Raúl lo había llamado así desde el principio, y su objetivo con ese asunto era seguir llamándolo así en un crescendo de agobio por parte de su hermana.

—Sí, a ese. Y no es mortal. Oye, te llamaba por lo del hotel, y para despedirme. Ahora necesito colgarte y salir corriendo al otro lado de la calle, creo que pasan más taxis por allí.

—¡Eh! No puedes colgarme. ¿Te has dado cuenta de que Buffer tiene diez años ya? ¿Habrías pensado que puede que no vuelvas a verle?

—Joder, Raúl, vete a la mierda, ¿vale?—A pesar de su temperamento hacia Buffer, siempre había querido a aquél animal. Su hermano a veces no sabía cuándo parar aquél estúpido comportamiento infantil.

—Vale. Apunto: memoria perfecta, llueve y te mojas, experimento mortal, nosequé Garden, irme a la mierda. Todo apuntado—dijo, e hizo una pausa—. ¿Se me olvida algo más?

—No, creo que no.

—Oye. Que te quiero, hermanita.

—Y yo. Te veo en unos años, ¿vale?

—Vale, pero invitas tú, lo apunt…

Zoe había cortado la llamada y corría hacia el otro lado de la calle empedrada bajo una lluvia cada vez más fuerte. Consiguió que un taxi parase debido a sus aspavientos y se montó, completamente mojada.

El taxi olía bastante raro, como si hubiese tenido las ventanillas bajadas todo el día. Pero Zoe no iba a abrir la ventana para ventilar. Le dijo al taxista la dirección y este se dirigió a la velocidad que el tráfico permitía mientras ella situaba las manos en la calefacción.

Media hora después, pagó al taxista y volvió a la lluvia, que ya formaba pequeños riachuelos en los márgenes de las calles. Cruzó por el paso de peatones del que apenas sí se escuchaba el trino, y vio por segunda vez el edificio.

La primera vez, hacía unos meses, había ido a verlo para saber exactamente su localización. Grande, mucho más de lo que parecía, y achatado, crecía en el mismo centro de una plaza. Daba la impresión de que había desalojado el patio interior del edificio de alrededor y que habían metido dentro el centro de estudios.

Sobre la fachada de no más de cuatro metros, visible en un pasillo estrecho que daba acceso al mismo, podía leerse «Centro de Estudios Sociológicos». No había logo, ni marca comercial, ni siquiera una placa que indicase quién financiaba aquello o a qué departamento del gobierno le había arañado unos cuantos céntimos. Las puertas, de un metal negro sin pulir, resaltaban frente al blanco de la fachada. Zoe abrió una de esas hojas y entró a un hall mucho más grande de lo que marcaba la fachada, sin duda parte del antiguo patio interior. El suelo estaba formado por pequeñas losas frecuentes en plazas públicas, como si el edificio hubiese sido colocado justo encima.

Al fondo, a unos veinte pasos, un pequeño mostrador encerraba a una señora de una edad indescifrable. Cuando se acercó, descubrió las patas de gallo y ropa que marcan a una persona como entrada en años, mientras que rejuveneció en el momento en que le atendió.

—Buenos días, guapa. ¿En qué puedo ayudarte?—preguntó con una voz que no le correspondía y una sonrisa demasiado blanca para ser suya.

—Hola, soy Zoe Quiroga. Buenas tardes. Me habéis llamado para lo del experimento.

—¡Ah, eres tú! Te hacía algo más bajita en la foto, fíjate. Vale, perfecto. Ya rellenaste el contrato por correo, ¿verdad?

—Sí, eso ya está. Tengo aquí una copia si quiere…

—No, no, tengo el original. No me hace falta. Es solo que es necesario que firmes el contrato. Ya sabes que puede dar problemas, siendo como es el experimento.

—Ya—contestó Zoe, sin tener demasiado claro qué tipo de problemas podrían ser aquellos. ¿Legislativos?

—Pues mira, es fácil. ¿ves la puerta a mi derecha?

Zoe asintió.

—Pues entras, y verás un cartel con las instrucciones.—La señora silenció la voz que no le pertenecía y abrió la boca demasiado blanca.

Zoe se quedó mirándola, esperando algo más de información. Tras unos segundos se hizo patente que no la recibiría. Dio las gracias y avanzó hasta la puerta, y tras cruzarla se encontró en una habitación de unos cuantos metros de ancho por otros tantos de largo. Era más espaciosa que su salón. Al fondo, había una puerta idéntica a la que había atravesado, y en el centro de la habitación había un cartel bastante grande junto a una silla que contenía un poco de ropa y un carrito de limpieza con una bolsa abierta totalmente vacía.

DEPOSITE TODAS SUS PERTENENCIAS, INCLUIDA LA ROPA QUE TIENE PUESTA, EN LA BOLSA DEL CARRO. CUANDO TERMINE EL EXPERIMENTO, SE LE DEVOLVERÁ TODO.

NO OLVIDE PULSERAS, PENDIENTES U OTROS OBJETOS. DEJE TODOS EN LA BOLSA.

LUEGO, CIÉRRELA CON UN NUDO Y CRUCE LA SEGUNDA PUERTA.

RECUERDE: AÚN PUEDE SALIR DEL EDIFICIO.


Imagen original | Jung Shan Ink

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