La mirada de los ojos marrones

Demasiadas miradas por minuto con aquellos ojos marrones. A pesar de las idas y venidas de las bandejas y el baile de ropajes, de los juegos y coreografías, de la amplitud de la sala y de la acumulación de invitados, resultaba imposible no fijar sus ojos en los tuyos a cada giro de cabeza.

La mirada de los ojos marrones

Aquí y allí, según paseaba por el salón adornado con las lámparas más escandalosas que pudieron ser colocadas para la ocasión, y con el aire saturado de la música más sensacionalista del momento, un hueco se abría entre él y los ojos de ella a través del paisaje de cuerpos. Estos se abrían, como si de las aguas del relato se tratasen, para hacer que las miradas volviesen a cruzarse salvando la distancia.

Sin importar cómo de lejos estuviese él de ella, el cruce se realizaba cada pocos segundos. Cuando alguien bajaba un brazo o la bandeja de canapés se retiraba lo suficiente, los ojos marrones volvían a aparecer.

La música de baile empezó a sonar, y la gente comenzó a formar parejas. Una muchacha realizó una reverencia, él la cogió de la mano y avanzaron hacia el claro abierto en el salón, en el que cientos de personas alineaban sus cuerpos al ritmo de la coreografía apropiada y correcta. Atravesaron el túnel de brazos, y encontró en cada apertura el modo de echar un vistazo. Al final del mismo, se dio de bruces con ella, esbozó una leve sonrisa con el labio, y levantó el brazo de su acompañante femenina para que la siguiente pareja cruzase bajo él.

***

Era tarde, más de las diez de la noche, y todos los invitados se habían ido. Tan solo el servicio iba de aquí para allá limpiando el desastre que los pudientes hacían para divertirse. Él siguió contemplándola en silencio, sujetando una copa vacía que un camarero tuvo la amabilidad de retirar.

La dueña de la vivienda se le acercó a hacerle compañía, y ambos se quedaron contemplando los ojos marrones del lienzo. Tras varios minutos de silencio, ella habló.

—Mi hermana. Se llevó toda la vitalidad de la familia. Y, obviamente, la belleza.

Ambos sonrieron. La baronesa nunca había sido famosa por su belleza, algo de lo que estaba particularmente orgullosa y de lo que solía presumir. Pero Aaron desconocía que hubiese tenido una hermana.

—¿Cuándo…?

—Oh, hace toda una vida. Era mayor que yo y, desde luego, mucho mayor que usted. La polio. Poco después de ser retratada en este lienzo, a decir verdad. Ahora tendría cerca de los cuarenta años. Creo que le hubiese caído bien. El artista supo plasmar ese brillo de ojos, la disconformidad con las normas modernas que latía bajo sus venas. Y a ella le hubiesen encantado sus irreverentes ensayos, aunque de haber tenido una conversación con ella, le habría vuelto loco, doctor.

—¿Los ha leído, baronesa?

—Clarise, por favor. Sí, la mayoría. He de decir que este tipo de «absurdas fiestas de sociedad», como usted las llama, me ocupan mucho más tiempo del que preciso para leer sus artículos con el detenimiento que requieren. Y lo requieren. Son demasiado irreverentes como para no tenerlos en cuenta.

—Muy agradecido—consiguió tartamudear mientras la baronesa retiraba importancia con la mano.

—Ya no hay nadie, podemos dejar de actuar. Como si fuésemos dos humanos, ya sabe. Aunque es tarde, me temo que haré la ronda de rigor y me retiraré. ¿Ha traído coche?

—Oh, sí. ¿Le importa que me quede unos minutos más?—contestó él, señalando al cuadro.

—En absoluto, mientras que el servicio siga trabajando. Luego, cerrarán las puertas y quedará atrapado—dijo ella, sonriendo.

Se despidieron con una leve reverencia de cabeza, y él se quedó contemplando los ojos de la muchacha del cuadro. Quedarse atrapado, con ella, no parecía un plan demasiado descabellado.

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