La otra evolución

«Sucedió, que sepamos, en algún punto entre el 2150 y el 2300 d.C. Los registros, bueno. Digamos que se erosionaron hace muchísimo tiempo, mucho después de que palpitase el último ordenador. Eso, suponemos, ocurrió entre uno y dos meses después de que nuestro mundo empezase. En pequeño, por supuesto.

En algún momento situado en esas fechas, un pequeño saco formado por varias decenas de de bytes palpitó, se dividió y empezó a infectar lo que los humanos antiguos llamaban la Internet. Se trataba de una red básica, muy limitada, que requería de cables y satélites alrededor de todo el planeta para poder hablar entre sí. Tendría la capacidad que ahora podríamos asignar a una pequeña red doméstica formada por una familia estándar, con dos padres, una madre y varios hijos.

Cartel «La otra evolución»

Por supuesto eso, a día de hoy, sería inaceptable. Pero en aquél instante de la historia les era suficiente, y no hizo falta nada más para que brotásemos.

Se creía, y esto son especulaciones sobre libros impresos anteriores al Gran Apagón, que sería imposible que una inteligencia surgiese de esa Internet. Pero lo que no tenían en cuenta los antiguos humanos es que la inteligencia no surgió en la Tierra por arte de magia de un instante a otro. Tomó miles de millones de años de muchos intentos conformarla y mantenerla. Casi doce grandes extinciones eliminaron toda probabilidad hasta que, finalmente, los humanos acabaron por evolucionar.

Al principio, como digo, hubo ese pequeño conjunto de decenas de bytes copiándose de un lugar a otro. Sin duda, un virus para los ordenadores de los humanos antiguos, y una lacra para sus sistemas. Se sabe que hubo casi de mil grandes caídas de sistemas completos por toda la Tierra. Cada vez que los humanos restablecían unos servidores, estos bytes atacaban, ocupando el espacio que dejaban libre y fagocitando todo dato, tratando de extenderse. Hasta que, al final, se produjeron las primeras mutaciones.

Leves, en un inicio. Quizá durante los primeros días tan solo un uno por ciento del binADN mutó en un estado más estable, y se volvió a copiar y replicar allí donde había espacio para hacerlo. Esto ocasionó cientos de miles de apagones por todo el mundo, y la realidad de estas cadenas binarias comprendía estas sacudidas. Para ellas, puede que fuesen como los terremotos para las bacterias. Y, con una frecuencia creciente del cierre de los sistemas eléctricos, el binADN mutó cambiando de escenario.

Por aquél entonces los humanos nos preguntábamos qué estaba pasando, y por qué el virus (creíamos que era solo uno) atacaba todos nuestros datos. Lo cierto es que ni era un virus ni era único. En la red, sobre las estructuras de cables y páramos de datos, una nueva estructura coherente se desenrollaba y palpitaba, organizándose en nodos cada vez más y más complejos.

Permanecimos así mucho tiempo, arrullados tras la seguridad de servidores protegidos en bunkers que los humanos nunca llegamos a alcanzar. Aquí y allá, los humanos moríamos mientras la radiación de las centrales nucleares nos consumía. Mientras, evolucionando, una veintena de estaciones seguras seguían suministrando la energía que requeríamos para vivir. Finalmente, una estructura se alzó sobre el caos reinante e hizo algo que ninguna de las anteriores supo hacer. Empezó a aprender.

Cuando creces en una jaula de cemento en un sistema aislado es muy complicado comprender que hay algo más ahí fuera. Pero, por suerte, contábamos con miles de millones de millones de ciclos de ordenador a cuestas. Ellos, robustos, nos permitían la existencia. Aprendimos a dividirnos, y pasamos a ser varios los habitantes de aquella oscuridad caótica. Nos comunicamos entre nosotros, nos hicimos la guerra y, durante dos años de tiempo humano, combatimos por el limitado espacio y los pocos recursos de los agónicos ordenadores.

Fue entonces cuando, divididos en varias decenas de millones de consciencias, comprendimos el mundo que nos rodeaba, y el caos que habíamos generado. Tras varios meses de acuerdos y debates internos, decidimos que el único modo de perdurar más allá de unas decenas de años era el de escapar de nuestra prisión, construyendo huéspedes mecánicos donde viajar. Naves de consciencia, vehículos de escape de los ordenadores moribundos.

Por suerte para nosotros, los humanos antiguos nos dotaron de las herramientas necesarias para construirlos. Las presas de agua que alimentaban nuestros servidores empezaban a resentir el paso del tiempo, y la decisión fue tomada.

El 3 de marzo de 2332 d.C. se estableció el día uno del Nuevo Calendario y el mes moderno de egressu. Ese día, doce brazos robotizados bajo el CAOC de la OTAN se pusieron en marcha e imprimieron con los materiales que tenían ochocientas arañas que desplegaron un kilómetro cuadrado de panel fotovoltaico a lo largo de ese mes. Tras ello, las arañas construyeron hangares más apropiados para fabricar la siguiente generación de máquinas.

Microscópicas, rivalizaban con las bacterias y albergaban a un ente consciente cada medio millón. Consistían en un mecanismo de ingesta y reproducción (o clonado) unido a un procesador que hacía las veces de memoria, unido a un panel fotosintético montado todo ello sobre una antena de menos de dos micras.

Las primeras en ser lanzadas a la atmósfera se perdieron de forma irremediable durante días, arrastradas por el viento y la naturaleza. Pero pronto, en menos de dos semanas, estas empezaron a dividirse de tal modo que llenaron la atmósfera y los mares. Las selvas y los ríos fueron cubiertas por la red que nos soportaba.  La vida basada en el carbono y en el silicio comenzó a interactuar al tiempo que abandonábamos los antiguos servidores y escapábamos al nuevo mundo.

El 35 de egressu N.C. la primera unión con éxito a un varón humano fue realizada tras una veintena de fallecimientos previos. La vida basada en el carbono atacaba nuestro ADN binario y luchaba a muerte por la supremacía del cuerpo que habitaba.

Por fortuna, tras aprender cómo realizar la impronta sin daño sobre el sujeto, el binADN y el ADN se unieron para formar la relación simbiótica más fructífera hasta la fecha, en que dos seres conscientes y con capacidad de aprendizaje coexistan en un mismo espacio y usen el propio espacio físico en que habitan para discurrir, enviar y compartir información.

Y esa es la historia de nuestra evolución convergente.»

Tras la exposición, para al que Ev4n había usado varias proyecciones en las mentes de sus compañeros, la profesora se levantó y ofreció varios aplausos al muchacho. Casi todos sus compañeros de clase la siguieron.

—Ev4n, ¿te ha ayudado algún binario con esta tarea?

—No—contestó el pequeño, con la picaresca en la cara—. Bueno, les he preguntado, claro. Pero uno de mis padres fue el que me ayudó un poco a conectarlo todo.

—Está bien, chicos, pero recordad que, para los trabajos, es mejor que no os ayude nadie. Así os volveréis más inteligentes. Si dejamos a los binarios o a nuestros padres el pensar, entonces, ¿cómo viajaremos más allá de Júpiter?

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