La Torre de las Luces

El vacío crecía junto al corazón de Adeline más rápido de lo que el médico dijo que lo haría. Y, en consecuencia, esta pronto se encontró muy cansada como para salir de caza o realizar las tareas básicas de su edad. Durante días permaneció en cama hasta que, cansada y aburrida, se ofreció a acompañar a las partidas fuera del pantano y actuar como vigía. No llevaría peso, y descansaría tantas veces como fuese necesario. Además, su tío se haría responsable de ella.

Cartel «La torre de las luces»

Era su tercer día fuera de casa, y el agotamiento la hacía tener que sentarse cada hora y beber de aquél asqueroso té de hierbas. El médico había insistido, siendo el descanso y el té las únicas dos condiciones indispensables para su partida. Ahora, en la tierra firme alejada de la torre, Adeline se arrepentía de haber venido.

Desde aquí, un monte elevado al noroeste de la antigua ciudad, podían contemplar el gran valle, y su hogar. La Torre de las Luces yacía inclinada sobre el páramo, como lo había estado a lo largo de toda su vida. Sobre los pastizales, el calor de los mosquitos y la vegetación en descomposición, la torre inclinada era lo único que permanecía en pie, y seco, de la ciudad que una vez ocupó toda la vista.

De vez en cuando, en sus exploraciones, localizaban la entrada a alguno de los edificios de roca que los antiguos habían construido quizá un milenio antes. Raro era la construcción cuyas ventanas no habían sucumbido al lodo y a la presión externa. Cuando lo inusual ocurría, trataban de rescatar todo del interior para llevarlo a través del pantano a la torre.

Adeline se sujetó el pecho. Algo le oprimía desde el interior. Se trataba de un vacío doloroso que la obligaba a sentarse y a pelear por la entrada de aire. Varias personas de la expedición, entre las que se incluía Téo, se acercaron a ayudar a sabiendas de que nada podría hacer. Él había estado enamorado de Adeline desde que ella tenía memoria, pero no iba a dejar que nadie sufriese su temprana muerte. El médico ya se lo había dicho: no había cura para el mal del pecho.

Tannis, el tío de Adeline, fue llamado. Apartó sin esfuerzo al joven Téo y situó a su sobrina sentada sobre él. Repitió los ejercicios que les habían enseñado, y poco a poco el aliento volvió a los labios de la joven, junto al color perdido de la cara.

Ella y su tío se quedaron sobre aquella roca, descansando, mientras el resto de la expedición exploraba unas ruinas cercanas descubiertas hacía unos meses. Habían encontrado un plano del lugar, y la construcción parecía sólida. Tan solo una parte del edificio había sido parcialmente anegada, y una cuadrilla braceaba barro desde entonces, abriéndose paso metro tras metro.

Una vez Adeline consiguió ponerse en pie, caminaron varios kilómetros en busca del resto de sus compañeros. Adeline tenía ahora dos verticales limpias en su sucio rostro, fruto de las lágrimas. Su tío, aunque parecía frio y carente de sentimientos, se rompía cada noche por dentro. Al faltar su padre, él se había hecho cargo de la responsabilidad de la joven, y cuando la enfermedad del pecho la atacó movió cielo y tierra para localizar al mejor médico. Todo para darles una fecha final.

Llegaron a la excavación y volvieron a descansar. Ella estaba débil, pero no iba a darse por vencida tan fácilmente. Si la enfermedad se la iba a llevar, no iba a ser sentada. Se levantó de un salto y, en contra del consejo de su tío, entró al edificio por la grieta que habían despejado los excavadores.

El interior estaba más caliente que por donde había entrado, lo cual no tenía sentido para ella. Como tantos otros aspectos de su sociedad, cada semana encontraba más preguntas sin respuesta que soluciones a las mismas. Ahora se encontraba en una incomprensible sala blanca. Esta, a diferencia de otras que había visitado con anterioridad, no tenía las goteras y suciedad característica de las ruinas. El espacio era grande, en forma de túnel, y se ramificaba varias veces antes de perderse en la penumbra. Los pasillos sin explorar disponían de dos listones cruzados en el suelo. Tanto el suelo como las paredes estaban formados por una roca lisa, y reflejaban parte de las antorchas dispuestas para dar luz al entorno.

Adeline paseó por el reguero de velas y platos con aceite hasta dar con una sala diferente a las anteriores. Esta estaba cubierta por pinturas en dos de sus extremos. Colgados de la pared, varios cuadros mostraban edificios junto a personas sonriendo. Un sonido crujió a sus espaldas y Adeline se giró sobresaltada.

—Lo siento—el rostro de Tannis surgió de la oscuridad—, te he asustado.

—No importa.—Adeline avanzó a por una de las antorchas y regresó a la pintura, acercando el fuego a la pared.—Parece de verdad.

—¿El qué parece de verdad?—preguntó su tío con curiosidad, acercándose al cuadro.

—Las caras de estos cuadros. Nunca había visto una pintura así. No se notan las pinceladas.

—Esto no es una pintura—corrigió Tannis, quizá la persona más culta de toda la torre—. Es otra cosa. Una fotografía.

Los conocimientos de su tío, que solían avasallar al resto de los habitantes de la ciudadela, a ella la entretenían, y era él quien debía tener cuidado con qué contaba a la joven, ya que carecía de respuestas para muchos de los temas sobre los que en ocasiones había leído.

—¿Qué es una fotografía?—Quiso saber ella.

—Era el modo que tenían los antiguos para congelar momentos en el tiempo.

—Pensaba que para eso estaban las pinturas y los libros—preguntó Adeline, confundida. ¿Para qué serviría algo así?

—Este era otro modo. A los antiguos les gustaba mantener recuerdos de casi todo, aunque ahora muchos se hayan perdido.

Adeline siguió avanzando por la sala, y  percibió el pequeño cuadrado bajo uno de los cuadros, se agachó y trató de leerlo. El texto sobre fondo blanco parecía escrito con las letras que había aprendido en el colegio de la torre, pero no parecía tener sentido. La mitad del texto, más abajo, era aún más confuso, aunque notó un paralelismo. Solo reconoció la palabra «torre». Acercó la antorcha a la imagen mientras echaba la cabeza hacia atrás.

—¡Tannis, ven! ¡Mira!—exclamó con excitación—¡Es la Torre de las Luces! Pero… esta torre es diferente, está de pie. ¿Crees que hay otras torres parecidas por ahí, tío? ¿Otras ciudades?

Su tío se acercó a la imagen, se echó a reír y leyó ambas partes del cartel, poniendo un acento diferente en la segunda línea.

Torre Eiffel, campeonatos terranos 2056.

Eiffel Tower, Terrans championships 2056.

—No es otra torre, hija. Es la Torre de las Luces. No siempre ha sido la torre inclinada, ¿sabes? Hace mucho tiempo, se construyó recta. Es curioso, esto ocurrió cerca de aquí, hace muchísimos años. Mira, se ven los montes tras la torre, ¿los reconoces? Supongo que los antiguos guardaban todo esto para no olvidar.

—¿No olvidar el qué?

—Cómo vivir, supongo. Quién sabe lo que pensaban, empezaron las Últimas Guerras, ¿no? No eran demasiado inteligentes.

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