La tranquilidad de la tecnología

Las puertas se abrieron en la estación central, dando paso al caos. Cientos de pasajeros se empujaban y chocaban por subir y bajar del vagón. A pesar de la preferencia de aquellos que deseaban desembarcar, el ansia por un sitio libre hacía que aquellos que subían no guardasen el orden apropiado, haciendo incluso que la gente se tropezase.

Cartel «La tranqulidad de la tecnología»

Sofía fue una de esas personas. Tratando de alcanzar el andén, tropezó con el ligero cambio de altura que señalizaba el límite del vagón. Lo hubiese superado con creces, pero un golpe por detrás la proyectó fuera del tren.

Pidió tres veces disculpas al caer a plomo sobre tres de los irrespetuosos viajeros que, ignorándola, pugnaban entre sí por subir. Trastabilló varias veces más y, por fin, recuperó la verticalidad en el andén.

Todo aquél circo la agobiaba. Más incluso que a sus compañeros de facultad acostumbrados a la ciudad, al asfalto, a la falta de aire. A estos ritmos agotadores que parecían marcar el paso del tiempo en la urbe.

Ella pertenecía a la vida sencilla fuera de la ciudad, y este había sido el primer año que había tenido que compartir su aire con todas aquellas personas. En su cuarto, en el colegio mayor, eran tres personas las que se movían en el mismo espacio. No había conseguido nada mejor por el importe desembolsado. Las clases, masificadas tras las reformas educativas, apenas sí cabían a contener la avalancha humana. Pero el transporte era el que se llevaba la peor parte. El tren traqueteaba y zigzagueaba por las vías como si azuzasen al conductor con dinero. Quizá lo hacían, y esto derivaba en golpes y choques incontrolables entre personas.

Sofía se había criado en un ambiente muy distinto, en el que se penalizaba socialmente la proximidad entre personas, y esta no era bien vista.

«Una elitista busbuja de sociedad en una montaña» había sido el modo en que un compañero había llamado a su hogar.

—Puede que así fuese, que fuese elitista, pero es mi verdadero hogar—pensó Sofía, mirando cómo el resto de personas perdían interés en el tren que salía y trataban de abrirse paso por el carril preferente de las escaleras mecánicas. Incluso las no mecánicas, menos frecuentadas, tramitaban cientos de zapatos desordenados, yendo y viniendo a la vez por la misma rampa.

Sintió nauseas, y una presión en el pecho que la obligó a sentarse en uno de los bancos corridos del andén. El resto de personas continuó su marcha, poniendo cuidado en ignorarla.

Durante un buen rato fue incapaz de levantarse. El miedo la había poseído y convertido en un jirón de ropa sobre un bsnco. Apocads, trataba de respirar como le había aconsejado el psicólogo. Despacio, llenando sus pulmones en su totalidad, dejando ir el aire con calma. Su cabeza casi rozaba las rodillas cuando sintió un ligero golpecito en el hombro, seguido de la frase:

—¿Está usted bien?

Levantó la cabeza para encontrarse con un señor mayor, unido a un bastón de madera de verdad. Sofía solo pudo pensar en cuánto podría llegar a valer esa pieza en manos de alguien tan débil? ¿Cómo es que no le habían robado?

—¿Hola? ¿Está usted bien?— repitió el señor. Por algún motivo, algo en su voz la relajaba y recordaba a su propio abuelo. Las personas mayores tienen esa facultad.

—Sí. Es solo que…—pensó en mentir, en decirle a aquél señor cualquier tontería, levantarse e irse—…es que hay mucha gente—dijo en su lugar, con dos lágrimas cayendo por las mejillas. Levantó su terminal, sin funcionar y rasgado al haber caído al suelo unos minutos antes, durante el forcejeo.

El señor mayor se sentó a su lado con un esfuerzo considerable.

—No puedo hacer nada con la gente, me temo. Cuando nos despidamos habrá el mismo número que ahora. Sin embargo…—Sacó de su bolsillo su propio terminal. Se trataba de un producto de lujo, un cristal completamente transparente y ligeramente curvo, fabricado de un material virtualmente irrompible Sofía había visto anuncios sobre ese dispositivo, muy lejos de su capacidad económica. El señor encendió la pantalla, que se condensó nítida sobre la placa. Tocó una serie de opciones y el dispositivo se apagó. Luego, se lo tendió a Sofía— Tenga. Para usted. Solo tiene que iniciar sesión con su cuenta pública y toda la información de su teléfono que estuviese en su servidor se volcará en este. Tiene batería de sobra, y una tarjeta universal de gasto ilimitado.

El señor se levantó aún más despacio que como se había sentado y, paseando, salió del andén.