La verdad sobre la reencarnación

Me despierto de la muerte por segunda vez esta semana y trato de levantarme de la urna semisumergida en la que han colocado mi nuevo cuerpo. Empujo de mala gana al idiota que trata de atenderme y salgo en pelotas al pasillo, donde hundo una de las taquillas metálicas de un puñetazo. Todo mi nuevo cuerpo está en shock. Morir siempre me ha puesto de mala hostia, pero este último año se hace particularmente difícil.

la verdad sobre la reencarnación 2

Vuelvo a tener migrañas, y si hay algo molesto es volver a nacer con dolor de cabeza de fondo. Alguien me trae una toalla que uso para secarme la cara y cubrirme los huevos. Miro alrededor y Neil, el jefe de medicina y psiquiatría del Instituto, me mira desde el otro lado de la sala, encogiéndose de hombros. Avanzo hacia él.

—¿Va a ser así cada vez, Irvin?—pregunta.

—Díselo a tus ingenieros y doctores, son ellos los que producen estos cuerpos de pésima calidad.—Abro mi mano entumecida, incluso después del impacto contra el mueble, para demostrárselo.—Tienes suerte que solo golpee taquillas para volver a sentir algo. ¿Qué día es?

—El día que es es el problema. Doce de marzo. Acabas de morir hace unas pocas horas. En esencia, lo que hemos tardado en recoger tu último pensamiento. Por cierto, te habías volado medio cerebro. Irvin, tienes que tener cuidado con cómo mueres. Hagas lo que hagas…

—…no destruyas el cerebro—interrumpo—. Ya, ya. Dame algo para la cabeza, y luego déjame en paz. Por favor.

Termino de secarme y me visto con el clásico uniforme oscuro del Instituto. Neil me da algo intravenoso que entra como arena en mi brazo, y empiezo a sentirme una persona de nuevo. Recupero rápidamente la sensibilidad de las extremidades, y aprovecho para hacer ejercicios de coordinación.

—Lo siento—me disculpo.

—Tranquilo. Llevas demasiado tiempo en esto. Y tu despertar lo han programado sin margen de descanso. La ira acumulada, ya sabes…

—No pasará a todos, ¿verdad? A Jonas le retiraron hace unas semanas.—Me quedo allí plantado, como un pasmarote, con mi nuevo y hormonado cuerpo de combate. Neil sigue a mi lado. Que recuerde, es la única persona que me ha soportado durante los últimos veinte años. Posiblemente mi único amigo.

—Lo sé. Estamos fabricando su cuerpo de jubilación. Un varón de diecisiete años nuevecito, para que lo disfrute.

—¿Por qué nos retiráis con cuerpos jóvenes? Que yo sepa, ninguno ha llegado a los nuevos cuarenta en sus cuerpos de jubilación. Sabéis que nos volvemos locos mucho antes y alguien acaba por matarnos del todo. La muerte verdadera. Creo que lo hacéis para simular tranquilidad, como eso de poner cinturones de seguridad en aviones extraorvitales a la Luna o a Marte. Al otro lado de la chapa hay vacío, y nada más. ¿De qué va a servir un cinturón de seguridad?

Neil asiente sin responder nada mientras trastea con su tablet. Comprueba y vuelve a comprobar mi sistema y mi psique. Como jefe médico, está obligado a llevar un control psiquiátrico de todos nosotros.

—Neil, ¿sabes cuánto tiempo llevo haciendo esto?

Él se detiene un segundo, deja de introducir comandos en su dispositivo y me mira. Sí, claro que lo sabe. Trabajé con su padre, y lleva toda su vida adulta monitorizándome, cuidando de mi y reencarnándome una y otra vez.

—Cincuenta y siete años. Todo un récord. Solo doce personas de todo el programa habéis llegado tan lejos.

—Cincuenta y siete años—repito—. A veces, creo que es demasiado.

—¿Quieres hablar de ello?—me pregunta, volviendo a esgrimir la tablet. La agarro y la lanzo contra la pared, donde se rompe en una decena de cristales. Neil me sonríe—. ¿Mejor?

—No mucho. Avisa a dios. A ver por qué coño me ha despertado sin haber descansado lo suficiente. Querrá algo.

***

Nos encontramos en lo alto de un rascacielos propiedad del Instituto. A nuestro alrededor se extiende la megalópolis de Europa del oeste, Eureo. Tanto suelo como techos son perfectamente lisos, y dan a las cristaleras de cuatro metros hacia la que se precipita la voluntad. He muerto de mil maneras diferentes, y sigo teniendo la sensación de querer saltar desde este edificio.

—No lo hagas, por favor—McQuirte, dios, hace su aparición mientras corta mis pensamientos—. Ya sabes lo que cuestan esos cuerpos.

—El mío sigue dando fallos—digo.

—Ya lo sabes, Irvin, los cuerpos son estándar. El problema debe de estar en el software.—Mira a mi frente y consigue que me enfurezca más aún. Pero aunque tenga ganas de arrancarle la cabeza a McQuirte y triturarla, no serviría de nada. Dentro de un mes, renacería de nuevo mientras alguien maneja el imperio.—Irvin, te necesito para algo.

Oh, sorpresa. La persona medio demente e hiperciclada es un esbirro de quien cuida su cuerpo y psique para que le dure varios milenios.

—¿Qué es lo que quieres?—pregunto, sabiendo que mi única condición es aceptar. Si no acepto, el Instituto retirará mi permiso de reencarnación, y con este cuerpo habré muerto en varias semanas la muerte verdadera. Sin embargo, si me espero hasta los sesenta años de servicio, el Instituto me dará un cuerpo decente y una tarjeta universal de reencarnación. Luego, probablemente, también acabe matándome. Pero esta vez lo habré elegido yo.

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