La vida, fuera de la caja de hormigón

Se quedan inmóviles, en su sitio. En el pequeño cubículo rectangular en el que trabajan. Salen de allí, se meten en otro similar con más puertas y lo conducen hacia el cubículo donde duermen. A eso, lo llaman vida.

La vida, fuera de la caja de hormigón

Analizado desde fuera, esta vida resulta triste, pero estoy seguro de que es más triste vivida desde dentro. No lo sé, no me imagino a mí mismo viviendo en un único lugar, trabajando en una oficina, poseyendo un coche privado. Gastos, ataduras, restricciones. Eso es lo que oigo en mis oídos cuando alguien me susurra, fruto de este sistema absurdo, que es hora de comprarse un piso o que es tiempo de invertir en un coche.

Paseo por las calles frías de invierno bajo una fina capa de lluvia, esquivando los autómatas que circulan con sus paraguas negros. A diferencia de ellos, yo prefiero mojarme. Disfrutar de lo poco de naturaleza que nos queda en las urbes. Añoro las montañas, y estoy deseando llegar de nuevo a ellas. El olor a humedad y tierra mojada, el fresco, la claridad de un horizonte no bañada por una bóveda de contaminación.

Un vehículo se salta un semáforo y llena el aire de gases nocivos mientras se incorpora mal a una calle más grande de la que sale. La gente ya no tose cuando el aire entra en su nariz. Yo estornudo varias veces. Cruzo el semáforo y camino hasta el portal de mi editor.

Vive aquí, en uno de los edificios más altos de la ciudad. Vive en la planta setenta y dos –con unas vistas decentes de la decrepitud humana– y trabaja en la siete. Hace vida en un bloque de hormigón. Solo ha realizado un cambio en su vida, y fue malvender la caja con la que conducía de casa al trabajo por una que lo eleva por el edificio.

El ascensor me deja en el séptimo piso y mi cerebro me pide que huya nada más entrar. El techo, a tres metros, está más alto que en la vivienda donde duermo, pero cubre toda la visión, y amenaza con desplomarse sobre nosotros, apretando hacia abajo hasta licuar a los humanos que trabajan para él. A diferencia de dos mesas amplias junto al ascensor y una pequeña espacio de espera abierto, toda la planta es un enrejado de cubículos donde las personas viven un tercio de su vida.

Me acerco a ellas y veo dos secretarios, una mujer y un varón que se esfuerza por ignorarme. Ella me mira, más interesada en mi vestuario que en mi persona. Ambos son nuevos, contratados durante los últimos cuatro meses, y no nos conocemos. Por lo visto, mi presentación se ha vuelto de moda estos últimos años. Botas y pantalones de montaña, con tirantes, camiseta térmica y una mochila enorme para hacer contrapeso de la larga barba. Pero, a diferencia de mí, aquellos que llevan esta indumentaria no la tienen ajada de la roca y las inclemencias del tiempo, y la llevan solo porque otros la llevan.

—Buenos días—digo mientras sonrío con los ojos. Arrugo las patas de gallo y recibo el estallido de un chicle en la boca de ella, y algo que se parece bastante a un «buenos días».

Es joven, no puede haber cumplido treinta años, y está profundamente amargada. Lo veo en sus ojos, perdidos. No la interesa estar aquí. No quiere, pero ha venido. Ha entrado a trabajar en un armazón del que no podrá salir, y que crece alrededor de todas las personas de esta oficina, atrapándoles. Muevo los pies del lugar donde los he puesto, con la sensación de que me crecerán raíces si tardo demasiado en retirarlos.

—Vale, pues tienes que esperar un poquitín—me dice mientras me señala las butacas que conozco bien. El varón ni siquiera me presta atención, y se afana en manejar su teléfono móvil.

Antiguas, y gastadas, las sillas de espera no terminan de convencerme del todo. Sin embargo, cuentan con una mesita perfecta para dejar el portátil y escribir. Coloco la mochila en una de ellas, me siento en el suelo con las piernas cruzadas, y extraigo el ordenador. Tras media hora, escribo para uno de mis clientes, hasta que mi editor viene a por mí.

—¿No sabes para lo que vale esto?—Da una patada a una silla y la hace girar ligeramente sobre una de sus patas. Las otras tres dejan una marca visible en el suelo de la moqueta allí donde han descansado durante años.

—Hola, Rober.—Me levanto y le abrazo con cariño. A pesar de la vida que ha elegido llevar, no puedo evitar que me caiga bien. Lo ha hecho desde el momento que le conocí. Cenizo, siniestro, y cínico, las cualidades ideales para mantener una conversación sobre cómo todo se estaba yendo a la mierda.

En el abrazo, mi cara choca en su pecho. Es mucho más alto que yo, aunque anda desgarbado y hundido. Me da varias palmaditas en la espalda, haciéndome saber que se encuentra incómodo, y me hace seguirle a su despacho. Ya sé que se siente incómodo, quizá por eso lo hago siempre que puedo. Camina delante de mí con un periódico en la mano. Siempre lleva algo en la mano. Un periódico, una grapadora o un sándwich, rara vez manipula el aire, como si necesitase agarrarse a algo para no caer desde la altura desde la que me habla.

Una conversación intrascendente después, me paga el cheque de cuatro meses de trabajo, que guardo en una cartera de cuero que él mismo me regaló hace dos décadas. Salgo de allí en dirección a algún restaurante que no haya perdido sus valores, e ingreso el cheque en el único banco de la ciudad que me paga en efectivo una cantidad tan grande. Prefiero no llevar tarjetas, ya que rara vez puedo usarlas allá donde viajo.

De nuevo a ras de asfalto, vuelvo a encontrarme con la gente, y con sus paraguas, hasta que cojo el tren que me dejará a cinco kilómetros de donde duermo últimamente. Me bajo en una estación en la que solo se apean tres personas, incluyéndome a mí. Ya estamos en la naturaleza, a pesar de los chalets adosados que se ven aquí y allá por la falda de la montaña. Yo empiezo a ascender, consciente y contento de que mi cama se encuentre a una hora de distancia hacia arriba.

Entro a la casa y doy las buenas tardes. Nadie me responde. Vivo en un refugio poco transitado que restauré hace unos años, y reabrí para todo aquél que necesitase un par de camas. La tercera, algo apartada de las otras dos, es la mía. Dejo mi mochila en el suelo, prendo la chimenea, y salgo a la calle, desnudo, con una toalla y jabón casero.

El río está frío. Siempre lo está al principio. Luego, tras cinco minutos flotando en la poza, el agua adquiere la temperatura ideal, e incluso salir del agua a un aire solo por encima del punto de congelación resulta placentero. Me quedo flotando en el agua uno minutos, mirando hacia el cielo, hacia las estrellas. Son las mismas que la gente de la ciudad se está perdiendo, encerrados en sus cajas. Me pregunto si son conscientes de lo absurdos que parecen desde aquí, y si ellos me ven del mismo modo.

Yo no puedo evitar relacionarles con el relato de aquella rana que se quedaba dentro de la olla mientras se calentaba, incapaz de percibir el aumento de temperatura hasta morir cocinada. Quizá la gente no se de cuenta de que está siendo cocinada. Quizá haya demasiado hormigón a su alrededor como para percibirlo.

Me seco los pies en la roca para evitar que se me llenen de tierra, y camino a casa con la toalla alrededor de la cintura. Cuando entro, una oleada de calor me invade y me entibia. Realizo unos estiramientos básicos antes de vestirme y preparo una cena consistente en algo de carne con verduras.

Tras ello, enciendo la única lámpara eléctrica del lugar, conectada a una batería solar, y vuelvo a sacar el portátil mientras lo cargo. Tengo dos horas de energía para seguir trabajando. Me conecto a la red que me provee la antena satelital del tejado y comienzo el texto de hoy.

«Se quedan inmóviles, en su sitio. En su pequeño cubículo rectangular en el que trabajan…»

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